10 octubre 2007

UNA BOMBA PARA EL MUSEU OLÍMPIC



Sucedió hace apenas unos meses. Barcelona estaba a punto de inaugurar el flamante Museu Olímpic. Tenían que venir los Reyes, invitados por Samaranch y el alcalde de Barcelona, al nuevo edificio, excavado literalmente en la tierra de la montaña de Montjuïc, junto al Estadi Olímpic cuyo pebetero inmortalizó el arquero Rebollo en la inauguración de los Juegos de 1992. (Ufff ya han pasado 15 años)

Cuando me llamó M. para pedirme que le ayudara a llevar una bomba al Museo Olímpic, no me lo pensé dos veces. Y no porque yo fuera un terrorista, sino porque me moría de curiosidad de ver cómo eran esos artefactos de la Segunda Guerra Mundial.

Entrega con papeles

Cuando llegamos al castillo militar de Montjuïc, a apenas dos kilómetros del Museo Olímpic, nos esperaba un oficial del Ejército vestido de civil. Nos mostró la bomba, que cogí cuidadosamente entre mis brazos como si se tratara de un bebé, mientras M. firmaba los documentos que permitían sacar de allí el artefacto, sin explosivo ni detonador, claro.

Lo colocamos en el maletero de mi flamante Scénic y nos dirigimos al Museu. Cuando íbamos de camino, avisaron a M. de que no podíamos dejar el artefacto en la sala de exposiciones, pues decenas de trabajadores estaban dando los últimos retoques a sólo dos días de la inaguración real. La orden fue llevar la bomba al vecino Estadi Olímpic, donde se había improvisado un almacén.

El primer vigilante nos dejó acceder al recinto, ignorando lo que llevábamos en el maletero. "Es un objeto para el museo", dijimos.

Chóferes y escoltas

Cuando aparcamos el coche en una de las puertas laterales del Estadi, nos sorprendió ver un grupo de cuatro coches oficiales con chóferes y supuestos escoltas hablando entre ellos. Cuando me vieron con la bomba entre las manos (que casi parecía de tebeo por su tópica forma) comenzaron a señalarnos y hablar entre ellos. Y yo disfrutaba de lo lindo sujetándola con mis manos y llevándola como si nada hubiera pasado hasta el almacén del Estadi.

Cuando ya por la tarde llegué a la redacción me enteré de que los coches oficiales eran de distintas personalidades catalanas e "israelís" ya que esa misma noche un equipo de fútbol de ese país iba a jugar un partido en el Estadi.

Sin disparos

Menos mal que los agentes del Mossad todavía no habían tomado posiciones en el campo, pues ahora me pregunto si, al verme con la bomba oxidada en los brazos, habrían tenido la delicadeza de preguntar antes de disparar.

Aunque a decir verdad el único disparo que tanto M. como yo lamentamos no haber hecho aquella mañana fue el de la cámara digital para inmortalizarnos juntos con aquella histórica bomba.

31 julio 2007

DOS DORMITORIOS PARA UNA MISMA PAREJA


Acabo de leer un reportaje en el que aseguran que la mitad de los berlineses viven solos, es decir, sin pareja. Hogares únicos. Y que la tendencia va en aumento. Por eso, aseguran, las webs de contactos (para conocer pareja, que no exclusivamente sexuales) están en auge.

Una compañera de trabajo me acaba de comentar que ella no lo entienden. "¿Cómo es posible que tanta gente viva sola?", se pregunta. A mí también me cuesta comprender que haya personas dispuestas a vivir sin más compañía que sus paredes, sus pertenencias y, en el mejor de los casos, algún perro, gato, pez o hámster.

A por el piso

Me acuerdo de una amiga que estaba preparando su boda. Tras llevar un montón de años de soltera, por fin se decidió a compartir su vida con alguien. Y ahí empezó uno de sus problemas. Me contó las dificultades que tenía para encontrar un piso de cuatro dormitorios en el que meterse con su flamante novio.

"¿Cuatro dormitorios?", le pregunté. "Pero ¿cuántos niños pensáis tener?".

"No sé. Uno o dos", me contestó.

En mis pupilas se formaron dos gigantescos interrogantes por lo que, antes de que me atreviera a abrir boca, ella me aclaró:

"Dos de los dormitorios son para mí y mi pareja. Uno, para utilizarlo aquellas veces en las que apetece dormir juntos y hacer cosas. Pero también hay noches en las que yo prefiero dormir sola. Para eso quiero el segundo dormitorio".

Y me lo dijo, con una sonrisa, absolutamente convencida. ¿Secuelas de una soltería prolongada? ¿Miedo a una inmersión total con su pareja? ¿Demasiado egoísmo? ¿Un exceso de sentido práctico?

Víctima desconocida

No pude evitar imaginarme a su entonces novio, a quien también conozco, mirando desde el comedor las puertas de dos de los cuatro dormitorios, intentado descubrir cuál le tocaría esa noche y si, por fin, iba a tener derecho a roce.

Por suerte, nunca se llegó a casar con él. Aunque sí con otro novio posterior al que afortunadamente nunca conocí. Aunque tal vez le distinguiría en una rueda de reconocimiento por su semblante triste y resignado.

27 julio 2007

HUMILLADO EN UN AUTOBÚS NOCTURNO


Acababa de salir de trabajar, a las 2 de la madrugada. Cogí mi bicicleta en la misma puerta del periódico y me fui a toda prisa por el carril bici hasta la plaza de Catalunya para coger el autobús nocturno.

Es un vehículo largo, que dispone de una gran plataforma central en la que se pueden colocar dos sillas de ruedas o varias bicicletas. Le hice una señal al chófer quien, al verme, abrió la puerta de atrás para que subiera mi bici. La até como siempre a la barra, para que no volcase, y me dirigí a fichar con mi tarjeta multiviaje. Después, como siempre, me senté, abrí el libro de Murakami y me sumergí en el fascinante Kafka en la orilla hasta que oí:

- "Eh, tú. La bicicleta, abajo".
- "¿Cómo?"
- "Que las bicicletas no se pueden llevar en el autobús".

No entendía nada. Por un momento dudé de que hubiera sido un bucle temporal generado por la novela el que me colocaba de frente a la ficción. Pero el chófer del autobús, plantado delante de mí con los brazos en jarras, no parecía sacado de la pluma del autor de Tokio blues.

- "Pero yo siempre la he traído", insistí yo.
- "Ya. Pero las normas han cambiado".

Todos los pasajeros, una decena, me miraban incómodos. Como yo, esperaban llegar pronto a casa tras una larga jornada de trabajo.

- "Al menos déjeme que la ate y vuelvo a subir".
- "Yo no me espero", me dijo el muy...

Cuando bajé, empecé a empujar mi bicicleta, pensando en cómo volvería a casa de madrugada (está a unos 25 kilómetros). Estaba tan indignado que al pasar por delante del conductor levanté mi brazo con un gesto de desprecio tipo 'vete a la m.'

La agresión

Y sucedió. El chófer frenó el autobús, abrió las puertas, se quitó las gafas, se las puso en el bolsillo delantero de su uniforme y me soltó una especie de colleja frontal en el ojo al grito de "gilipollas" mientras me espetaba:
- "Pégame, venga, pégame".

No pude pegarle. Me quedé petrificado. Y vi en cámara lenta interminable cómo cuatro viajeros bajaban y cogían por los brazos al conductor y lo empujaban hacia el autobús. Una mujer aterrada me gritó:
- "Váyase, váyase".

Apunté la matrícula y llame a la policía. Me invitaron a ir a una comisaría a denunciar. Y así lo hice. Lamenté no poder presentar lesiones. Tan sólo la varilla de mis gafas un poco torcida y la asquerosa huella de la palma de la mano del energúmeno autobusero impresa en mi cristal de miope.

Dolor íntimo

No les pude mostrar la secuela de la humillación, el quejido de mi dignidad, el dolor de saberme golpeado por un desconocido prepotente.

Tras poner la denuncia y estampar en ella mi firme me tocaba volver a la parada del autobús nocturno. Eran ya las 4.30 y volvería a ser el mismo conductor (pasan por los mismos puntos cada dos horas). Y les pregunté a los policías que qué hacía si me lo encontraba.

- "Iremos a la parada a esperarle y así, de paso, le tomaremos los datos para la denuncia", me dijeron.

Cuando llegué a la parada me encontré el coche de policía en contradirección y atravesado frente al enorme autobús amarillo. En su interior, dos policías hablan con el chófer. Me relamo las heridas invisibles y me acerco. Primero me mira él. Luego los policías. Y con gusto les digo: "El es el que me pegó".

Uno de los policías baja y me pregunta el nombre. Añade que ya lo sabe todo, que le han llamado de la central y que ahora están tomando los datos al conductor. Y me invita a irme.

Deseo de justicia

Tuve que esperar hasta las cinco de la mañana para coger el primer tren de la mañana. Pero me fui convencido de que aquella colleja frontal no iba a quedar impune y fantaseé con que yo mismo le iba a susurrar aquel insulto al chófer cuando nos encontremos en el juzgado.
Y cuando el juez me pregunte si pido alguna indemnización, le diré: "¿Por cuánto dinero dejaría usted que le dieran un bofetón y que le insultaran?"

No soy vengativo ni reconroso, pero tampoco soy imbécil.

10 julio 2007

YA TENEMOS LOS PASAPORTES



Lo conseguí. Mis hijos ya tienen pasaporte y DNI (bueno, el DNI aún tardará cinco semanas). La verdad es que no me lo puedo creer. Cuando me enteré que este mes de julio todas las comisarías están desbordadas con los pasaportes recurrí a mis contactos para ver si me colaban de alguna forma.

Sabía que había una comisaría en Barcelona donde a los periodistas nos podían hacer el pasaporte en un plisplás. La idea es buena. Si surge un conflicto, digamos, en Yemen, y hay que salir pitando, la policía nos hace el pasaporte en apenas unas horas y sin colas. De ahí, a presentarse con la familia entera a hacerse los pasaportes sólo va un mini paso.

Pero aunque intenté usar mi privilegio, me lo denegaron :-(

Sin enchufe

Ya sé que algunos pensaréis que me está bien, que por qué los periodistas deben tener ventajas, etc. Pero si vosotros estuvierais en mi lugar seguro que habríais intentado lo mismo.

Pero el intento de colarme me salió rana primero porque ahora las comisarías catalanas son de Mossos d'Esquadra y estos, además de no casarse con nadie, encima no hacen documentos nacionales de identidad. Y son las comisarías de la casi extinta Policía Nacional las que prácticamente se limitan ahora a hacer carnets y pasaportes.

Horario de verano

Además, los nacionales, los muy astutos, en julio hacen horario de verano. Las dos comisarías que el resto del año permiten en Barcelona hacer el pasaporte por la tarde, en verano no lo hacen. Y eso que julio es el mes en que más pasaportes se expiden, entre otras cosas porque es cuando más gente viaja. Pero parece que les da igual.

A lo mejor es que añoran aquello de volver a tener las comisarías repletas de gente, aunque no sea de delincuentes. O quizás es que quieren provocar, porque en Catalunya están perdiendo competencias y poder...

El caso es que tienes que presentarte a las 8 de la mañana en la comisaría, hacer cola en plena calle durante una hora y a las nueve en punto sale un agente que reparte números de tanda, como en el súper. Eso sí, no puedes doblar el cartoncito que te entregan (así les cunden más).

Comienza la cuenta atrás

El policía que me entregó los números (66, 67, 68 y 69 ¡vaya!) me dijo que podía volver a las 10.15, pero si perdía la tanda, debería volver a coger números otro día. Total que me fui corriendo a casa, saqué a mis hijos de la cama y literalmente los arrastré hasta la extinta inspección de guardia para hacernos con el deseado documento.

Una vez en el vestíbulo de la comisaría, decorado al rancio estilo de Cuéntame, el goteo de carnets y pasaportes era suave pero constante, hasta que dieron las 11 de la mañana. A partir de ese instante el tiempo se detuvo. Entramos en lo podría llamarse la dimensión desconocida.

A mí ya me pareció sospechoso que durante una hora no nos llamaran a nadie. Todo se atascó en el 48. Ya podría haber sido en el 69 (porque era mi número, malpensados)... Pero al cabo de ese larga hora de quietud vi como por la puerta de atrás iban regresando las funcionarias bolso en ristre. No venían del lavabo, todas juntas, no. ¡Habían ido a desayunar! Faltaría más.

En el ansiado mostrador

Fue a las 13.20 horas cuando gritaron (es un decir) nuestros números. Ya en le mostrador, cuando la satisfacción del objetivo logrado rezumaba por todos los costados, comienza el cuestionario. Me piden certificado de empadronamiento, DNI, libro de familia, fotos, copia literal del Registro... ¡Lo llevaba todo!. La funcionaria pareció contrariada por mi eficacia, pero yo me las sé todas.

Entre otros trámites me hicieron firmar una autorización para que mis hijos tuvieran pasaporte en la que me preguntaban mi profesión y el estado civil (creía que estaba prohibido pedir esos datos). Luego comprobé, al poner la fecha, que el documento era de 199_. Y lo entendí todo. No modernizan ni los impresos.

El documentado precoz

Luego metieron las fotos y los papeles en una máquina, comprobaron absolutamente todo, me advirtieron de que si había algún error y no lo veía en ese momento, la responsabilidad sería mía ¡encima! hasta que, a las 14.15 horas (seis horas después de mi llegada), mis hijos y yo salimos sonrientes (es otro decir) de la comisaría con los pasaportes en el bolsillo.

En el mostrador vimos a un matrimonio jovencísimo que quería hacer el carnet a su niña ¡¡de un mes !!. Casi la ponen perdida al untar el mini dedo en tinta. Yo creo que los padres pretendían ahorrar a la pequeña el trámite de hacerse el documento de mayor.

Vamos, como cuando a las niñas les hacen el agujerito en las orejas nada más nacer. "¡Así de mayor no le dolerá!". Y la recién nacida, como no puede hablar, se limita a llorar y a intentar olvidar.

03 julio 2007

VUELVA USTED DENTRO DE CUATRO DÍAS



Hay cosas que nunca cambian, sobre todo en lo que respecta a la Administración. La semana pasada quise tramitar el carnet de identidad para mis hijos y comprobé que eso de la ventanilla única y el acceso online al todo poderoso Estado es una utopía.

En la comisaría de policía me dicen que para tramitar el DNI debo volver a las ocho de la mañana y coger número para ese mismo día. Imposible hacerlo de otro modo. Pruebo de cambiar de comisaría, pero en todas pasa lo mismo: están saturadas en verano.

Me explican que debo llevar dos fotos, un certificado municipal de empadronamiento y, ahora viene lo bueno, una "certificación literal de nacimiento" que tengo que recoger en el Registro Civil de la ciudad donde nacieron mis hijos.

80 personas delante

Al día siguiente, llego al Registro Civil dispuesto a despacharme el trámite en 10 minutitos de nada, pero descubro horrorizado dos cosas: que delante mío hay 80 personas esperando y que hay que presentar el Libro de Familia si se quiere pedir la partida de nacimiento.

"¿Libro de familia? Pero a mí nadie me ha dicho nada", le digo a la mujer que va delante y me muestra su libro azul toda orgullosa. "Pues lo tiene mal", me dice la señora mientras me señala uno de los múltiples carteles que empapelan la sala (uno de los cuales aparece en la foto superior).

Me resisto a marcharme y volver mañana, como Lara, y espero mi turno. Cuando llega, me abalanzo sobre la funcionaria, después de que ella y sus compañeras hagan un receso para firmar la tarjeta de felicitación para un compañero. Le suplico que me admita la solicitud, que no puedo volver otro día, y descubro entonces que el Libro de Familia no es obligatorio, aunque facilita las cosas. A ellos, claro.

Pido el certificado, pero la funcionaria me indica, con cara de tedio, que para recogerlo debo volver dentro de ¡¡¡ cuatro días !!!. En otro mostrador, claro.

Fotocopia con tampón

Me voy al pueblo y me resigno a regresar dentro de esos cuatro días. Cuando lo hago, me pongo en una cola distinta, la de recogida de partidas de nacimiento. Allí me entregan las dos fotocopias, pero justo después de que una mujer suplique que la deje colar. Explica a la única funcionaria, y a todos los que esperamos, que ha ido a la comisaria y le han dicho que su certificado-fotocopia no sirve, porque le falta el sello que indica que esa copia sólo puede ser utilizada para hacerse el DNI. No vaya a ser que a alguien le de por empapelarse la habitación...

Yo, asustado, escruto mis dos certificados y compruebo aliviado cómo los dos papeles llevan el minúsculo sello en tinta azul.

Ahora sólo espero no tener más problemas cuando los presente en la comisaría. Aunque no sé cuando será. Trabajo de noche, por eso soy Luciérnago, y dudo que pueda estar a las ocho de la mañana en la policía para coger número. Igual un día al salir del periódico. Hasta me podría llevar un saco de dormir y un termo con café...

20 junio 2007

ME EXPULSARON DE UN TAXI


Casi todo el mundo ha tenido alguna experiencia vital interesante con un taxista. Los hay que ejercen de psicólogos, de asesores financieros, de confidentes, de detectives, de kamikaces, de comadronas y hasta de policías. Seguro que habría muchísimas historias apasionantes que escribir sobre este colectivo. Pero también las hay cafres, como ésta.

Caía una tromba sobre Barcelona. El agua resonaba en el tejado de la redacción y el subdirector de información se puso nervioso. Como en otras ocasiones a mí me tocó salir a la calle y hacer un reportaje. Pretendía que recorriera toda Barcelona en pleno aguacero para explicar cómo sobrevivía la ciudad a semejante inundación.

Y es que una cosa es lo que se piensa dentro de la redacción sobre lo que sucede ahí fuera y otra muy distinta lo que uno se encuentra. Vamos, que llovía, pero tampoco era para coger una zódiac.

A por los peores atascos

Paré un taxi en la anchísima calle de Aragó, que estaba casi colapsada de vehículos a causa de la tormenta y del apagón inevitable de semáforos. Cuando me senté en el asiento trasero le solté al conductor mi increíble petición: "Hola. Lléveme por favor a los sitios donde haya más problemas de tráfico y de lluvia".

Yo creo que el taxista debió de pensar que yo estaba loco o que me había tocado el Euromillones y quería fundirme el premio en una interminable carrera de taxi.

Y justo antes de que enfilara hacia el instituto psiquiátrico hice algo que casi nunca hago por si las moscas y que es revelarle mi condición de periodista. "Verá -le dije- es que me han encargado un reportaje y por eso tengo que ir a los sitios donde haya más problemas con el agua. Pero no se preocupe por la carrera que se la pago igual".

La pregunta clave

"¿Y dónde me ha dicho que trabaja?", me preguntó el muy chafardero, con cierta malicia porque yo no se lo había mencionado ni pensaba decírselo. Pero acorralado por la pregunta le contesté el nombre de mi periódico.

¡Dios mío! Menudo frenazo. El vándalo frenó de repente en medio de la calle y me gritó: "Bájese ahora mismo de mi coche. Yo no llevo a nadie de su periódico".

"Pero, oiga, si está diluviando", le contesté justo antes de preguntarle por el motivo.

"¡Que te bajes!", me soltó.

"Pues tendré que apuntar la matrícula y denunciarle", le solté, pero él ni se inmutó.

Yo me quedé en medio de la calle, notando como el agua comenzaba a anegar mis tobillos y con la boca abierta por el alucine de un reservado el derecho de admisión en vehículos que desconocía. Hasta me miré los calcetines, por si los llevaba blancos, como en las discotecas.

60 euros de nada

Como soy un hombre de palabra, denuncié al taxista. Y al cabo de un tiempo recibí una carta en la que me informaban que le habían abierto un expediente. El tipo ni siquiera presentó alegaciones y tuvo que pagar una sanción de 60 euros.

Sobre las causas de aquel suceso, sólo he podido imaginarlas. Nuestro diario ha denunciado manipulaciones de taxímetros, abusos a turistas, cobros de comisiones en restaurantes y hoteles, mafias en el párking del aeropuerto... Y claro eso no le ha gustado a algunos.

"Pues menos mal que no te partió la cara", me dijo un compañero, ya en la redacción. Pues eso, menos mal.

16 junio 2007

¿QUÉ PASA CON LOS CUARENTONES?



Indignado. Perplejo. Conmocionado. Irritado. Enojado. Cualquiera de estos calificativos sirve para mostrar mi estado de ánimo después de que el otro día quisiera darme de alta en la web PubliTV, que ofrece la posibilidad de bajarte buenos vídeos de anuncios televisivos.

Hasta aquí todo bien. El siguiente paso, y ahí vino el problema, es el de registrarte. No es que pidan más datos de la cuenta (país, código postal, sexo, email, ocupación, sector (de la ocupación) y, tachán tachán, EDAD). pero es en ese último ítem donde comienzan los problemas.

Activas la pestañita y aparece un scroll con todas las edades ordenadas de menor a mayor y en fila. La primera opción es -17 (o sea, menor de esa edad). Después con el marcador azul y dirigido por la flechita del ratón vas bajando: 18, 19, 20, 21, 22 ... 32, 33, 34 ... y, de repente, llegas a 41 y después, requete tachán, +41.

Y es que no hay más. Los mayores de 41 años van a parar a la misma estadística. En PubliTV da lo mismo que tengas 42, que 64, que 78, que 86.

Algunos tienen ventajas

Es como aquello de los mayores de 65, quienes al menos por entrar en ese grupo tienen algunas ventajas por ser jubilados: no pagan medicinas, gozan de descuentos en museos y hasta tienen prioridad para sentarse en algunos sitios.

Yo, como ya habréis intuido, soy 41+. Y por poco ¿eh?. Nací en 1962. Por eso me parece totalmente injusto que arrinconen a los cuarentones al final de la estadística.

A lo mejor el administrador de PubliTV piensa que los mayores de 41 no accedemos a internet, o no somos representativos, o no contamos nada. Salvo años, aunque al parecer ya ni eso.

Al menos, dicho queda.

12 junio 2007

FUEGO EN EL CRUCE


Iba a clases de narración oral, o de contar cuentos, o de hablar en público, o de seducir con la palabra, o de atrapar con el verbo... Y la profesora, la experta narradora chilena afincada en Barcelona Numancia Rojas, nos propuso un ejercicio de observación humana.

Debíamos fijarnos en alguna de las personas con las que nos cruzáramos en la calle y mirar detenidamente sus gestos, sus rostros, sus movimientos para deducir quiénes eran y adónde iban, algo de lo que muchos a veces ni intuimos sobre nosotros mismos.

Estaba en la esquina de las calles Nàpols y Consell de Cent, en Barcelona. Eran las 8.45. Quedaban 15 minutos para subir al taller de narración oral y yo tomaba un café en la granja que hay en el cruce. Y entonces le vi.

Alto, fuerte, pelo largo, negro y algo rizado. Lo descubrió al quitarse el caso integral de su moto de gran cilindrada, que dejó sobre el asiento. Se sacudió la melena con la mano. Y miró el reloj mientras oteaba hacia un lado de la calle. Ese detalle me activó las alertas.

Esbelta, elegante, rubia

Pagué mi café y salí a la calle. El seguía allí, esperando. De repente, hizo un ademán un poco más brusco de lo que se podría considerar normal a esas horas de la mañana. Miré yo en la misma dirección que él y la vi.

Unos 40 años, esbelta, elegante, rubia. Caminaba como quien avanza esperando estrellarse con algo o alguien. El deseo emanaba de sus apresurados pasos, que a su vez trataba de contener con el cimbreado distinguido de su figura armónica. Pero las gafas de sol y la sonrisa comenzaban a delatar su pecado.

Ella se paró a apenas medio metro de él. No se besaron. Se sonrieron, eso sí. Sonrisa chivata de tanta pasión oculta. Se les notaba también en los ojos. Eran dos cuerpos ansiando fundirse el uno con el otro. La calle entera se paralizó. Como si el japonés de Héroes hubiera hecho de las suyas.

Ya tenía claro que eran amantes. Qué el iba de camino a su trabajo con la moto. Que ella acababa de dejar a los niños en el colegio. Que los dos iban directos a una cita clandestina.

El mueblé del barrio

Sólo tuve que seguirles. Yo conocía el mueblé del barrio, un hotel para parejas con habitaciones decoradas de los estilos más exóticos: África, Roma, Francia... La puerta del edificio es muy discreta (foto superior), pero todo el barrio conoce y envidia lo que pasa allí dentro.

Ellos caminaron hacia esa puerta blanca de cristal traslúcido. Al llegar, se detuvieron en seco. Seguían sin tocarse, aunque se lamían con los ojos y el pensamiento. Miraron a uno y a otro lado, para comprobar que nadie les seguía. Tan rápida y nerviosamente que no repararon en mí. Y enseguida cruzaron el portal.

Yo sonreí. Por ellos, porque iban a sumergirse por fin el uno en el otro. Por mí, porque mi primera práctica de observación humana había sido un éxito, aunque los objetos a analizar habían intentado infructuosamente que nadie descubriera su infidelidad.

30 mayo 2007

UN LADRÓN EN LA REDACCIÓN

Creo que nunca he estado tan cerca de un ladrón como cuando hace muchos años trabajé en un pequeño diario de provincias. Y no es que el propietario o el director lo fueran. Ni mucho menos. Sino que tanto yo como mis compañeros periodistas y fotógrafos comprobábamos, con una frecuencia mensual, que nos desaparecía el dinero de algunas de nuestras carteras. Curiosamente el robo coincidía con el día de cobro (nos pagaban en efectivo).

Como no había forma de pillar al ladrón, se me ocurrió recurrir a mis contactos en la policía. De algo me tenía que servir acudir a diario a la comisaría. Me sinceré con los inspectores y enseguida me propusieron cómo capturar al ladrón.

Preparar la trampa

Tenía que conseguir un bolso y un monedero que actuarían como cebos. Para ello me fue de gran utilidad mi vecina jienense, que aprovechó para deshacerse de uno de sus bolsos más anticuados. El monedero fue más fácil de conseguir.

Y el dinero que había que poner en su interior... Bueno, ahí sí que arriesgué mis propios billetes, pero el objetivo final era loable y compensaba.

Rojo delator

Con toda la trampa preparada, volví la comisaría. Los agentes de Policía Científica (ahora conocidos como los CSI) cubrieron los billetes y los recovecos del monedero de un polvillo oscuro. Uno de ellos puso después sus dedos tiznados bajo el grifo y su mano se tiñó de un rojo sanguíneo, perpetuo, imborrable.

"Ahora pones el bolso donde el ladrón pueda cogerlo. En cuanto detectes que han robado, nos avisas y nosotros nos encargaremos de mojar las manos de todos los empleados. El que las tenga rojas es el ladrón", me explicó uno de los agentes.

Sólo cuatro personas

Pusimos la trampa en una percha de la redacción. Y a esperar. Sólo cuatro personas sabíamos de su existencia. Cada día, una guapa fotógrafa (que ya había sido víctima) ponía y quitaba el bolso en un perchero de la redacción.

Llegó el día de cobro y repetimos el ritual. Pero el bolso siguió intacto. Nadie abrió el monedero que había en su interior ni cogió los billetes chivatos.

De los cuatro que conocíamos el secreto, uno era la joven que se prestó a llevarlo consigo. Los otros dos eran el director y el subdirector. Y el cuarto era yo. Nunca aclaramos aquellos robos, que cesaron desde que pusimos el señuelo. El ladrón se esfumó tan rápido como la posibilidad de atraparlo.

Y si alguno de los 20 que trabajábamos en el periódico se lavó la manos y se asustó al ver cómo se teñían de rojo, nunca nos lo dijo.

26 mayo 2007

UN MUERTO EN LA AMBULANCIA



Sólo una vez le he visto la cara a la muerte. Y no me gustó. Me pareció triste. Hace 25 años y no lo he olvidado.

Era voluntario de Cruz Roja y estaba destinado en un pequeño puesto de socorro de carretera cerca de Barcelona. Un día gris y aburrido. No es que deseáramos que se produjeran accidentes de tráfico, pero un poco de acción servía para dar sentido nuestra tarea y acelerar un poco el reloj.

En Intensivos

Una llamada nos pidió que nos desplazáramos al Hospital Comarcal con nuestra ambulancia para hacer un traslado. Me pareció curioso que en lugar de llevar a un paciente o a un herido hasta el hospital, tuviéramos que hacerlo al revés. Y más me sorprendió cuando al llegar a Urgencias nos dijeron que teníamos que esperar un poco porque el enfermos estaba en la UCI.

"¿Por qué lo tenemos que llevar a su casa si está en Intensivos?", le pregunté a mi compañero, conductor y más veterano que yo. "Es que se está muriendo y la familia quiere que lo haga en su casa", me soltó sin darle importancia.

Era un anciano. Tenía la piel muy amarilla y la mirada perdida. Llevaba una mascarilla de oxígeno que conectamos a la bombona de la ambulancia. No decía nada. Yo creo que ni nos miraba. Le hablé, pero no parecía que oyera.

Adiós en silencio

A mí me tocó sentarme detrás, a su lado. Cuando iniciamos la marcha hacia un pueblo próximo, sin luces ni sirenas, él cerró los ojos. Oía el rumor del oxígeno, pero no así su respiración. No se movía. Al poco rato noté un olor desagradable. Se lo había hecho encima. Se lo dije a mi compañero, que me contestó: "Eso es porque ya se ha muerto". Dilatación de esfínteres, dicen los entendidos.

Se fue sin que nos enteráramos, como un suplo imperceptible. Cuando llegamos a la casa, su familia nos esperaba ya en la calle. El médico del pueblo también. Comprobó que había fallecido. La familia había preparado su dormitorio. Y lo llevamos hasta allí. Lo dejamos en la cama. Parecía dormido.

Nos fuimos de nuevo al puesto de socorro y el conductor retiró las sábanas y las puso a lavar. Yo preparé la camilla para el próximo servicio. Me sentía raro.

Tema de portada

A los pocos años, aquella experiencia fue el embrión de un reportaje periodístico en el desaparecido Noticiero Universal. El traslado de enfermos críticos a sus casas, para que pudieran morir con los suyos, era una práctica habitual, aunque de dudosa legalidad. Y eso era portada.

Destapamos el supuesto escándalo, pero no pasó nada. Es como cuando ahora a los pacientes críticos se les aumenta la medicación para que descansen en paz de una vez. Todos lo saben. Tal vez sea lo mejor. Aunque se tenga que buscar un resquicio en la a veces absurda ley.

23 mayo 2007

AL ACECHO DE UNA PRESA NOCTURNA


Mi padre nunca se cansó de repetirme aquello de que "de noche todos los gatos son pardos". Y creo que tiene razón. No es la primera vez que cuando salgo de trabajar, a las tres de la madrugada, me topo de narices con el suceso más inesperado, como el de la ciclista ensangrentada. A veces me pregunto si soy yo el que los atrae o si es la noche la que los multiplica.

Aquella madrugada, cuando me detuve en el semáforo de la calle Marina con Aragó (en el centro del gráfico), en Barcelona, me inquietó aquella imagen disonante. Una chica esperaba para cruzar (tenía el semáforo verde), pero no lo hacía. Parecía nerviosa. Miraba a uno y otro lado.

A tan sólo cinco metros, en el mismo paso de peatones, dos jóvenes no dejaban de mirarla y de cuchichear entre ellos. Pero ella, que no, que no cruzaba. Y yo, enseguida, temí lo peor.

Delante mío

Instintivamente, llamé a la policía y les pedí que vinieran. "No estoy seguro, pero me parece que van a atacar a una chica en el cruce de Marina con Aragó", les dije. Mientras hablaba con el operador del 091, la chica comenzó a cruzar a paso rápido. Pasó por delante de mi capó. Y los dos jóvenes, detrás.

Ella se dirigía ligera hacia la plaza de Pablo Neruda, un pequeño y oscuro parque urbano. Iba directa a la boca de lobo, pensé. Y ellos detrás, un poco más rápido. De repente, ella dio un giro rápido y cruzó la calle de Aragó, una avenida grande de seis carriles, y ellos emprendieron la carrera tras ella.

"!Que vengan ya, que están a punto de tirarse encima!", grité al policía que intentaba confirmar si mis sospechas estaban fundadas.

Rodar por el suelo

En un segundo vi a la chica rodar por el suelo en medio de la calle, aferrada a su bolso, liándose a patadas con los dos ladrones. Bajé del coche y les grité: "¡Dejadla en paz!". Ellos me miraron y salieron corriendo.

Cuando me acerqué a levantar a la chica, se alejó de mí, asustada. Se pensaba que yo también iba a atacarla. Un frenazo en seco retomó la situación. "Alto, policía", gritaron dos tipos desde un Clio de cuatro puertas. Era un coche camuflado de la policía.

Los dos explicamos lo ocurrido. Los agentes recogieron a la joven y se la llevaron en su coche para tratar de localizar a los tironeros antes de que se toparan con otra víctima.

Yo volvía a mi coche, aún con las puertas abiertas. Pensé, sin ánimo de parecer un héroe, que si todos tuviéramos una actitud más vigilante y solidaria, ellos, los que están al otro lado, lo tendrían un poco más difícil.

18 mayo 2007

MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL REY

La primera vez que hablé con el Rey, con Juan Carlos I, claro, fue hace 25 años. Era un crío y acababa de entrar a colaborar (no tenía sueldo) en el diario El Noticiero Universal, ahora desaparecido. Una noche me pidieron que a la mañana siguiente me fuera a la Academia de Suboficiales de Talarn (Lleida) porque el entonces joven rey iba a entregar los títulos a los nuevos mandos.

Recuerdo perfectamente que recogí al fotógrafo, César, en la Diagonal de Barcelona cuando apenas había salido el sol y nos fuimos con mi flamante Seat 850 a Lleida. Cuando quedaba poco para llegar a la base militar nos paró al Guardia Civil para identificarnos y preguntarnos a dónde íbamos. Nos pidieron la acreditación de prensa, pero no teníamos, ni siquiera un mísero carnet de nuestro periódico.

El penúltimo control

Me debieron ver la cara de bueno y jovencito, así como la bolsa del fotógrafo, no tan jovencito pero igual de bueno, y nos dejaron pasar. ¡Bien! Pero un par de kilómetros más allá, en la puerta del campamento, nos esperaba otro control, esta vez de policías militares:

-- "¿La invitación?"
-- "No tenemos. Verá, es que nos avisaron anoche y no ha dado tiempo".
-- "¿Carnet de prensa?"
-- "No, es que, mire, soy estudiante y no trabajo todavía en el diario..."

Miradas de perplejidad bajo los cascos, dudas, cuchicheos y, ¡milagro!, nos levantaron la barrera.

Aparcamos el coche y César y yo nos dirigimos a la gran explanada donde ya habían comenzado a desfilar decenas de jóvenes suboficiales, contemplados por cientos de familiares.

En la tribuna de prensa

Nos metimos donde estaban los periodistas con sus cámaras, blocs (que no blogs) y casetes hasta que comenzamos a ver que varios hombres muy bien vestidas nos señalaban nerviosos. Enseguida supimos que eran escoltas de paisano, que se acercaron a pedirnos explicaciones. No teníamos la credencial colgada del cuello (ni en el bolsillo, porque no teníamos nada que nos identificara como periodistas). Dimos nuevas explicaciones, que se creyeron, porque eran ciertas, y ahí nos quedamos.

Después, todo fue más fácil. Seguimos al séquito de personalidades y acabamos metidos en una sala repleta de oficiales. Yo, iluso de mí, me acerqué al Rey mientras tomaba un aperitivo y comencé a preguntarle sobre lo que le había parecido el acto. El, amable y simpático, me contestó atentamente mientras yo intentaba memorizar lo que me decía.

La ingenuidad del principiante

Cuando horas después llegué a la redacción, me puse a escribir mi entrevista con el Rey. Le pasé los folios a mi jefe, que comenzó a leer con cierta sorpresa e incredulidad. Tras unas risas, que no entendí muy bien a qué venían, me miró fijamente y me preguntó: "¿Pero a ti nadie te ha dicho que el rey no da entrevistas así como así? ¿No te han explicado que lo que dice en un acto informal no se puede publicar?"

Y me exclusiva real se fue al traste. Comenzaba a aprender mi oficio.

16 mayo 2007

EL ATROPELLADO Y LOS DOS SAMARITANOS


Me pasó en Tarragona. Normalmente, siempre llevaba en el bolso mi cámara Konica Pop, de color rojo brillante (nada discreta para mi trabajo). Y aquel día, cuando vi a un hombre tirado sobre el asfalto de la Rambla Nova no me lo pensé dos veces.

Primero acudí a ver si podía ayudar al herido, pero ya había dos personas, un hombre y una mujer, atendiendo al peatón atropellado. Y un buen número de curiosos arremolinados en la arteria principal de la pequeña ciudad.

Suceso poco frecuente

Así que opté por tomar unas cuantas fotografías. Trabajaba en el Diari de Tarragona y aquellas fotos podían llenar un buen espacio en las páginas de Local. No todos los días atropellan a alguien en una ciudad de 90.000 habitantes, en nada comparable a otras fagocitadoras de peatones y motoristas como Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia o Bilbao.

Llegué a la redacción con mi foto bajo el brazo. Bueno en realidad en la cámara, dentro de un rollo de negativo (entonces no existían las digitales), y la entregué a los compañeros del laboratorio para que la revelaran.

No había muerto

Salió en la sección de Sucesos. "Atropello en la Rambla", decía el titular. Era una noticia a pie de página. Una más, en un diario saturado de novedades. El atropellado no había muerto y eso, mal que nos pese, marca la diferencia en la extensión de la noticia.

Al día siguiente, cuando yo ya estaba metido en nuevas historias, me avisaron de que tenía una visita en la entrada de la redacción. Allí me encontré con una pareja indignada. Me dijeron que estaban dispuestos a denunciarme por la foto del atropello.

"¿Son familia del herido?", les pregunté. "No. Somos los que estamos ayudándole", contestaron. Y yo repliqué: "¿?" (estos signos significan la mueca perpleja de mi cara).

En el lugar equivocado

Y entonces, los dos comenzaron a explicarme que eran amigos, buenos amigos, muy buenos amigos... tanto que no podían salir juntos en una foto, porque ni uno ni otro debían estar allí en ese momento y muchos menos juntos. Aunque fuera realizando una buena acción.

Yo me excusé, aunque no sé muy bien porqué, pero les dije que ya no se podía hacer nada. No sabía que los dos estaban casados (cada uno con su respectiva pareja) y ellos estaban en la vía pública, en el epicentro de una noticia.

No volví a saber más de los dos infieles. Una pena. ¿Se rompió una de las parejas? ¿Las dos? ¿O tal vez las tres? ¿Tenían derecho a denunciarme?

Si os apetece, escribidme vuestra opinión, aunque os adelanto que tengo la conciencia tranquila.

15 mayo 2007

¡ ¡ ¡ ABRO NUEVO BLOG DE VÍDEOS ! ! !

Tengo el placer de comunicaros que estreno un nuevo blog.

Desde hoy reservaré este blog que estáis leyendo para contaros mis experiencias personales, que son muchas.

En el nuevo, Un vídeo cada día, os ofreceré precisamente eso. Bastará que el vídeo me haya hecho reír, emocionado, estremecido, conmovido, ilusionado...

Sólo si el vídeo consigue rozarme el corazón, lo que no es fácil, me animaré a compartirlo con vosotros.

Eso sí, será uno al día, para empezar el ídem con una sonrisa ;-)

14 mayo 2007

LOS CERDOS NOCTÁMBULOS (y 2)



Aquí lo tenéis. Es la voz del chófer que amenazó con soltar 300 cerdos en la Rambla de Barcelona. En un post anterior os conté cómo hasta yo mismo salí del periódico de madrugada y me fui a buscar el tráiler con los gorrinos.

Ahora acabo de encontrar en Youtube este documento sonoro impagable, la conversación que mantuvo el transportista con Cristina Lasvignes en Hablar por Hablar, de la Cadena Ser, el programa ideal para los luciérnagos como yo.

Dicen que al final el camionero consiguió que le pagaran y no soltó los cerdos. ¡Qué pena!

12 mayo 2007

MALDITOS ROEDORES...


Cuando me encargaron que hiciera un reportaje sobre ellas, no imaginé que me iban a fascinar tanto. No pensaba que fueran listas, sociales y organizadas. Sólo sabía que eran nuestras enemigas y que debíamos mantenerlas a raya.

Fue un veterinario experto en zoonosis y responsable de la lucha contra las plagas en Barcelona el que me contó algunas curiosas peculiaridades de esas temibles mickey mouse que viven bajo nuestros pies.

Tantas como habitantes

De entrada, cualquier gran ciudad, por muchas medidas que tome, tiene siempre en el subsuelo tantas ratas como habitantes. Y eso suponiendo que se coloque raticida para mantenerlas bajo control.

Pero con ellas no funciona cualquier veneno. ¿El motivo? Es que las ratas son tan espabiladas que si alguna de ellas ve a una compañera muriéndose mientras come un cebo envenenado, ya no se acerca después a esa comida tóxica.

Como el hombre es aparentemente más listo, inventó el veneno con anticoagulante. La rata come, y repite, y vuelve a probar, hasta que al cabo de un cierto tiempo, y ya lejos del veneno, empieza a encontrarse mal y se muere de una hemorragia interna. Sus compañeras no descubren el motivo del fallecimiento y prueban también el cebo.

Convivencia

Pese a todo, las ratas se reproducen tan rápidamente, que no hay veneno suficiente para matarlas a todas. Ni tampoco existe flautista alguno que se las lleve con la música a otra parte. El secreto está en conseguir una coexistencia digamos que tolerada. Mientras ellas no suban...

Este veterinario me contó también que nunca hay que plantarles cara. Normalmente, las ratas tienen miedo y huyen ante el más mínimo riesgo. "Si alguna vez te encuentras con una de cara, en una habitación por ejemplo, no la acorrales, ella debe tener siempre una salida", me contó.

Y para ilustrar el consejo recordó el caso de un empleado municipal que trabajaba en las cloacas que intentó dar una patada a una rata, pero ésta le clavó los dientes en su enorme bota de goma y se quedó enganchada. El drama fue conseguir librarse de ella...

Comida por el desagüe

También me explicó el porqué de tanta rata bajo las ciudades. Miles de personas las alimentan sin saberlo arrojando la comida por el desagüe y el inodoro. Ellas lo saben y se limitan a esperar y a comer.

Pero mientras sigan encontrando la comida allá abajo, no subirán a buscarla.

11 mayo 2007

HOY TIENE QUE SER UN GRAN DÍA



¿Estáis un poco depres? ¿Os sentís desgraciados? ¿Creéis que los años pasan demasiado rápido? ¿Habéis sido padres y sólo ahora comenzáis a entender a los vuestros?

La mayoría nunca nos planteábamos de jóvenes qué queríamos ser de mayores ¿Y ahora? ¿Nos da miedo el futuro? ¿Sentimos nostalgia por el pasado?

Echad un vistazo a este vídeo, fijaros bien en el mensaje, y disfrutad. Hoy, como mañana, puede ser un gran día.

Sólo hay que usar crema solar y tener algunas cosas claras. ¡Ánimo!


El texto de este videoclip es el de una columna de opinión publicada el 10 de junio de 1997 en el diario estadounidense Chicago Tribune por la periodista Mary Schmich y que podéis leer aquí.

09 mayo 2007

EL VIRUS EQUINO POLICIAL

En 20 años de profesión periódística sólo una vez me han citado para tener que dar explicaciones a la autoridad competente sobre una información. Y no se trató de que hubiera injuriado a alguien o que hubiera mentido. El asunto tuvo que ver con caballos y también con la policía.

Fue en el verano de 1991. Ese año anterior a los Juegos Olímpìcos de Barcelona se detectó un brote de peste equina en Andalucía y todos estábamos muy susceptibles con todo lo que tuviera que ver con caballos y epizootias (enfermedad en animales). Un brote de esas características podía estropear la imagen de los JJOO. Y eso no se podía permitir.

Y fue en ese contexto cuando recibí una misteriosa llamada en la redacción. Una garganta profunda me aseguró que todos los caballos del Cuerpo Nacional de Policía en Barcelona estaban en cuarentena por una extraña enfermedad.

La confirmación de un veterinario

Enseguida me puse manos a la obra. En esos casos tiras de agenda. Localicé a un veterinario que me confirmó la enfermedad. No era grave, pero los equinos tenían diarrea y, claro, no podían patrullar.

Publiqué la información y me quedé tan ancho. Hasta que un día me encontré un sobre en la mesa. Era una citación policial. Pero no me invitaban exactamente a ir a una comisaría, sino al cuartel policial de la plaza de Espanya (hoy ya desaparecido).

Como yo para esas cosas soy muy desconfiado, hablé con el abogado de la empresa y nos presentamos los dos juntos el día y la hora señalados. En el típico despacho policial, cutre y rancio, un agente comenzó a hacerme preguntas mientras su compañero escribía a máquina las respuestas. Iba rápido, muy rápido, entre otras cosas porque yo no decía nada que no fuera que símplemente me negaba a contestar.

Asuntos internos

Al parecer, eran agentes de asuntos internos y pretendían que yo les desvelara cómo me había enterado de la existencia del virus intestinal equino. No parecían interesados en sus caballos, sino en pillar a mi confidente.

Los aplicados funcionarios parecían ignorar que estábamos en 1991, que la Constitución garantiza la libertad de prensa, que los periodistas no solemos cantar... Imagino que lo intentaron por si picaba y, asustado, les contaba todo lo que ningún informador osaría contar.

Aunque no me las quiero dar de chulo, no me sentí intimidado, ni cohibido. Aunque no negaré que me tranquilizaba sobremanera acudir acompañado de mi abogado. Y es que en una depedencia policial sabes cómo y cuándo entras, pero a veces no puedes calcular cuándo vas a salir.

04 mayo 2007

LA CUCARACHA QUE NO PODÍA CAMINAR


Sé que hay muchísimas personas que no soportan las cucarachas. Por eso he tomado hoy dos precauciones. Escoger una ilustración que no les provoquen náuseas (lo que me ha costado muchísimo) y avisarles de que este ‘post’ tiene que ver con ese insecto revulsivo y la comida.

Me ofrecieron hacer un reportaje para Informe Semanal sobre un joven que hace más de 20 años mató y descuartizó a su vecina en Cambrils (Tarragona). TVE envió un equipo de reporteros, a los que me tenía que unir.

Cuando nos dirigíamos hacia Girona para grabar imágenes de una prisión y hablar con gente que había compartido celda con el homicida nos pilló la hora de la comida. Como que yo era el anfitrión catalán, aconsejé al equipo que paráramos a comer en un restaurante de montaña en el macizo del Montseny. Pero era lunes y estaba cerrado.

Postre recomendado

Entramos en otro restaurante próximo, que sí estaba abierto. Primer error. Yo aconsejé a mis compañeros que pidieran platos catalanes: pan con tomate, butifarra con judías, etc. Y de postre, crema catalana o, mejor aún, mel i mató (miel con requesón).

Cuando degustábamos los postres (es un decir), vi cómo el cámara tapaba su vasito de barro con la servilleta. “¿Ocurre algo? ¿No te gusta?”, le pregunté. “No, nada, tranquilo”, me dijo. Como que yo insistía, quitó la servilleta de encima del recipiente y me lo pasó: “¡Mira!”.

Y lo que yo vi que yacía en el fondo, ligeramente cubierto de requesón, era una cucaracha tan grande que no cabía echada en la base de la tarrina y había tenido que apoyar sus patas superiores en las paredes de barro.

Indignado, llamé a la dueña, quien sin darle la menor importancia y, con un rostro emorme e impasible, se limitó a decir: “Ahora les traigo otra”. “De eso nada -repliqué yo-. Lo que nos va a traer es la hoja de reclamaciones”.

Encerrona con garrote

Al cabo del rato, la mujer volvió y me pidió que subiera al piso de arriba donde, en una especie de salón (el restaurante parecía ser también una vivienda) me esperaba el dueño del restaurante armado con un palo. “¿Con que me queréis arruinar el negocio metiendo una cucaracha en el mel i mató?”, me gritó. Menos mal que mis compañeros oyeron las voces y subieron a rescatarme.

Tuvimos tiempo y paciencia para rellenar la hoja de reclamaciones después de pagar la factura, que incluía por supuesto el postre con sorpresa. Después, me arrepentí de no haber gritado en medio del comedor: “¡Hay una cucaracha en mi postre!”. Pero es que entonces yo estaba más preocupado por el periodista que había descubierto el aporte proteínico extra en la cuajada que por provocar la evacuación en desbandada del local.

Curtido por experiencias anteriores

El afectado por el descubrimiento intentó tranquilizarme contándome que había comido insectos en otros países de África, Asia y América y que no le había impresionado nada el original hallazgo en el postre catalán. Y su sonrisa parecía sincera.

Al cabo de unas semanas, recibí una carta de la Conselleria de Comerç. Tras una inspección, habían obligado al dueño del restaurante a reformar las cocinas por su pésimo estado. También le cayó una multa.
Aunque yo todavía me pregunto cómo vertieron la cuajada en el vaso de barro sin ver que bañaban y ahogaban a aquella gigantesca cucaracha.

01 mayo 2007

“MANÁ MANÁ…”



¡Qué tiempos aquellos! Descubrimos el mundo, el lenguaje, los números, las letras y el sentido del humor a través de los peluches de los Teleñecos, Barrio Sésamo y compañía. Y es que entre tanta noticia dramática que pasa por mis dedos esta madrugada en la redacción del diario, me apetecía sonreír y recordar.

Y de aquel “maná maná”, os propongo acercaros a otro Maná bien distinto, acompañado esta vez de mi idolatrado Juan Luis Guerra, que arrasa ahora en EEUU y el mes que viene vuelve a España. Para soñar...

30 abril 2007

UN POLICÍA ATÍPICO


Ignacio es un policía atípico: romántico, idealista, de izquierdas, utópico, de los que creen en las personas aunque sean delincuentes. Es inspector de la Brigada de Policía Judicial. Luce barba y en invierno esos tópicos jerseys de lana años 60 que le dan un aspecto aún más progre.

El mismo me explicó, en uno de los muchos cafés que compartimos, que nunca llevaba encima su revólver reglamentario. Ni tan siquiera se preocupaba demasiado de su obligado mantenimiento, como engrasarlo o limpiarlo. Y un día estuvo a punto de perder su empleo por ello.

Una citación judicial

Una mañana le asignaron a él y a un compañero un servicio de rutina. Debían acudir a entregar una citación judicial a un sospechoso en un barrio conflictivo de la periferia.

Aparcaron el coche camuflado en la puerta. Cuando iban a entrar en el edificio, Ignacio prefirió esperar abajo mientras el otro inspector subía con el papel. Pero cuando este llamó a la puerta, varios pisos más arriba, el receptor de la nota le abrió apuntándole con una escopeta.

Largo asedio policial

Ignacio oyó los gritos e instintivamente echó la mano a su cintura para sacar el revólver ausente. El compañero voló hasta donde estaba Ignacio y enseguida pidieron refuerzos con la emisora del coche K.

El asedio policial duró varias horas, hasta que se entregó el delincuente. Por suerte, este no llegó a disparar. Y nadie supo que Ignacio había ido a trabajar sin su arma al cinto. Ni que él cree en las personas y sabe que llevarlo supone, la mayoría de las veces, tener que utilizarlo.

Sí, lo sé. Es un policía atípico.

27 abril 2007

TRABAJADORES MULTIFUNCIONALES EN EURODISNEY


Pensábamos que la especialización iba a ser la panacea, pero nos equivocamos. Cada vez más se buscan trabajadores polivalentes. El objetivo, siempre el mismo: reducir costes de producción. Y es que nosotros, los curritos, somos parte de esos costes de producción.

Pese a que intento hacerme a la idea de que cada vez más en mi trabajo de periodista tengo que aprender hacer nuevas cosas (no para sustituir otras tareas anteriores sino para ampliar el número de ellas), el otro día lo vi todo más claro en un viaje a Eurodisney.

Impecable presentación

Unas 200 personas entramos en la atracción Armageddon, de Disney Studios. Hay que imaginarse una sala amplia, con varias pantallas de plasma y un atril desde el que la empleada del parque, vestida de astronauta, explica todo lo que vamos a experimentar en la atracción espacial.

La joven, medio presentadora, medio actriz, lo hace impecablemente en cuatro idiomas. Llegas a creerte que vas a viajar al espacio. Es convincente, divertida, espontánea. Luego, sin perder la sonrisa, invita al grupo a entrar a través de un largo pasillo en el centro de la atracción, la sala de control de una nave espacial que va a ser bombardeada por meteoritos.

Ahorro de salarios

Mientras todos nos dirigimos al escenario principal, ella se queda rezagada. De detrás del atril coge una escoba y un recogedor y se pone a barrer el suelo. Con eficacia, en menos de 30 segundos, mientras cree que ya nadie la ve.

Después, la eficiente y polivalente empleada va a la sala de mando y pone en marcha la atracción. Varios salarios en uno. Y los demás, nos dispusimos a disfrutar de la magia Disney, sin preguntarnos por el salario de una presentadora, animadora, actriz, técnica, basurera multilingüe.

23 abril 2007

LAS NUTRIAS TAMBIÉN SE QUIEREN



No todo está perdido. No solamente lo más cutre triunfa en internet. Todavía hay esperanza. Y lo demuestra el éxito que tiene este vídeo en Youtube. Más de cinco millones de visitas ha recibido este documento en el que se ve cómo dos nutrias nadan juntas cogidas de la pata.

Lo más sorprendente, como en las mejores historias, está al final, cuando las dos mutrias se separan empujadas por la corriente.

El vídeo, grabado en el acuario de Vancouver, fue colgado en Youtube hace un par de semanas. Sus protagonistas tienen nombre, Nyack y Milo, y son ya unas estrellas en la red.

18 abril 2007

SOBREVIVIR A UN CHOQUE BRUTAL



Este vídeo, en el que se ve cómo un policía de EEUU acude a ayudar a un compañero, me ha recordado aquella madrugada en la que un fotógrafo y yo tuvimos que salir disparados a cubrir un accidente de tráfico mortal en la Ronda de Dalt de Barcelona. Un coche se había estrellado contra una palmera de la mediana de esta miniautopista que circunvala la ciudad.

El coche accidentado, los bomberos, las ambulancias y la Guardia Urbana estaban todos aparcados en fila en el carril más rápido, el de la izquierda. Nosotros, ignorantes, detuvimos nuestro coche en el más lento, el de la derecha. Y no había arcén.

Un policía nos gritó que saliéramos de allí. "Somos periodistas. Vamos a hacer fotos", contestamos. Y no dio tiempo para más. Un coche que venía a toda velocidad se estrelló contra nuestro vehículo al intentar pasar por el único carril que dejamos libre, el del centro.

Corazón a mil

Todavía recuerdo el estruendo y la extraña sensación de una lluvia fina de cristales sobre mi cuerpo. También el latido desconmensurado en el pecho. Tanto el fotógrafo como yo salimos ilesos. El otro conductor resultó herido.

Los policías casi nos detienen por nuestra imprudencia. Pero nos salvó que el hombre que nos embistió iba tan borracho que le delataba el aliento.

Fue entonces cuando aprendimos que en un accidente de tráfico nunca hay que pararse en otro carril distinto al del accidente. Y además, hay que hacerlo siempre, después del coche siniestrado, para que sea éste el que actúe de parapeto.

17 abril 2007

SI ALGUIEN VE EL ANUNCIO...


Cuando recibí el email de RTVE con la convocatoria de un concurso de ideas para un espot de TV contra los malos tratos, me entusiasmé. Y no por el premio, 6.000 euros, sino por la posibilidad de poder hacer algo para acabar de una vez por todas con la violencia de género, sexista, conyugal, de pareja... cobarde en definitiva.

En pocos minutos me monté la película. Y nunca mejor dicho. A saber:

COMIENZA EL ESPOT

Una familia (matrimonio de 40 años y dos niños de 10 y 12) cenan en el salón de su casa. De fondo se oyen gritos femeninos de ayuda y golpes. Ellos se miran, y a un gesto de la madre bajan la vista al plato siguen comiendo.

Segundo plano. Una pareja joven se lo está montando en el sofá, mientras suena una música romántica. Se oyen los gritos y los golpes. Dejan de besarse. Se miran, interrogativos. Pero él, coge la barbilla de ella y le vuelve a besar.

Tercera secuencia. Dos ancianos ven la tele. Ambos oyen los gritos y los ruidos. Ella se levanta y sube aún más el sonido de la tele para ahogar los lamentos ajenos.

Después, se ve la escalera de vecinos, antigua, señorial y amplia. Un hombre con barriga cervecera y unos 50 años baja con una camiseta tipo paleta y con las manos esposadas a la espalda acompañado de dos policías de uniforme.

Tras él, dos funcionarios transportan a pulso una bolsa negra con lo que se supone que es el cadáver de la víctima. Mientras bajan las escaleras, la cámara realiza un larguísimo plano secuencia en el que se ven, una detrás de otra, las puertas entreabiertas de los vecinos. La familia, la pareja de amantes y los ancianos observan atónitos la última bajada a la calle de su ahora exvecina.

El mazazo final llega con un mensaje rotundo: "Ella no pudo hacer nada. ¿Y tú?". Y una invitació para llamar a ún 900 de ayuda a mujeres maltratatadas o al 112.

FIN DEL ESPOT

Pero para llevar cabo la idea necesitaba la ayuda de algún aficionado al cine o, mejor aún, de una agencia de publicidad. Y la oportunidad me llegó el pasado domingo. Me encontré con un admirado creativo, autor de un impactante anuncio de cervezas, y le solté orgulloso mi idea.

Respuesta: Como punto de partida está bien, pero hay que darle la vuelta totalmente. La idea es demasiado previsible. Se tiene que ira más allá.

Y me propone, como ejemplo, el siguiente espot. La niña de la primera familia pega una patada a la maltratada. La vecina le da una bofetada. El hombre le propina un puñetazo. Todos maltratan a la víctima. Impacto, con mensaje. Todos la maltratamos con nuestra ignorancia.

Y me lo dijo en dos segundos. Con una sonrisa satisfecha.

Conclusión: Escribiré cien veces: No volveré a hacer campañas de publicidad. Y me dedicaré exclusivamente al periodismo y a mantener vivo este blog. Pero si alguien ve mi idea en algún anuncio, que me avise ¿eh?.

13 abril 2007

RITMO SURAFRICANO CON LA CUCHARA EN LA BOCA




Si el año pasado Amo a Laura y Opá yo viacé un korrá fueron los éxitos musicales del verano gracias a internet, éste le toca el turno a Hannes Coetzee, un guitarrista surafricano que interpreta una pegadiza melodía apoyando sobre las cuerdas del mástil una cuchara que sujeta con la boca. Es lo que se llama el Teaspoon Slide Guitar.

Hace sólo unos días que la pieza de Coetzee corre por internet, gracias a Youtube y otros distribuidores de vídeos, y ya se cuentan por cientos de miles los usuarios que se la han bajado. Y no es para menos.

Ya tiene imitadores

El fenómeno está cogiendo tal envergadura en la red que hay quien incluso sostiene que se trata de un montaje, que el tal Coetzee en realidad no existe y que su historia forma parte de una nueva leyenda urbana. Además, ya han surgido varios imitadores.

Sin embargo, su existencia es tan real como pegadizo su ritmo y sorprendente su actuación. De momento, Coetzee ya ha sido contratado para actuar el próximo mes de junio y durante una semana en el festival de Port Townsend Slide, en el estado de Washington, según anuncia su página web y me ha confirmado uno de sus responsables.

El organizador del concierto me explicó que no podía creerse cómo hay gente que duda de la existencia del músico y el conjunto, sobre el que además existen numerosas referencias en internet y hasta en Wikipedia.

Música étnica surafricana

Y es que Coetzee, que dona el dinero que recauda a cooperativas locales, ha participado en otros festivales de música folk, así como en algunos documentales y hasta una película. Lo ha hecho de la mano del Karoo Kitaar Blues, un show de músicos surafricanos dirigidos por David Kramer que recoge lo mejor de la música étnica del Karoo, una zona de aquel país.

Os invito a volverlo a escuchar al auténtico Coetzee en el vídeo de Youtube y a ver si, como a mí, su ritmo os inspira Caribe, África, raíces y, sobre todo, autenticidad.

12 abril 2007

EL 205 DELATOR


Trabajar de periodista en una ciudad pequeña tiene sus ventajas, pero si además eres el redactor de sucesos, entonces los privilegios pueden llegar a desbordarte.

De entrada, cada mañana me tomaba dos cafés. Primero uno con los inspectores de la brigada de policía judicial de la comisaría y luego otro con los guardias civiles de la comandancia. Y de tanto roce, pues uno al final les va cogiendo confianza.

Poco a poco crees que ya sabes mucho de ellos, pero la verdad es que son sólo ellos los que ya pueden escribir una enciclopedia sobre ti. No en vano su trabajo es un poco eso, observar y redactar lo visto y oído en interminables atestados. O al menos eso es lo que les deben enseñar en sus respectivas academias.

El coche cazado

El día en que confirmé que los secretas lo sabían casi todo sobre mí fue cuando recibí una llamada de teléfono a la redacción del diario local. Era uno de los inspectores, que me preguntó: “¿Te han robado el coche, el 205?”. “Que yo sepa no, ¿por qué?”, le contesté. “Es que acabamos de ver a una chica conduciéndolo por la rambla”.

Mi interlocutor, el policía, se quedó en silencio, esperando mi respuesta, pensando quizás si todavía estaba a tiempo de dar el alto al vehículo sospechoso. Pero yo enseguida le desvelé el misterio. “Ah sí, es mi novia, que me ha cogido el coche prestado”.

Ya sabían otra cosa más de mí. Aunque yo todavía me pregunto cómo dedujeron que aquel Peugeot 205 XR era el mío si nunca fui con él a la comisaría.

11 abril 2007

EL ESTUCHE CADUCO




Una amiga me confió el otro día el drama que estaba atravesando con su hija por culpa de la anorexia. Es una adolescente que no se gusta, que se siente desgraciada en su cuerpo y que no encuentra la salida.

A veces, sin quererlo, aceptamos el juego de una sociedad que nos impone unos absurdos clichés de belleza que no nos dejan ver que lo realmente hermoso lo tenemos dentro de nosotros mismos y no siempre se deja ver a simple vista.

Por eso, este anuncio me ha dejado triste. Por un lado me ayuda a comprender, pero por otro me indica que queda mucho por recorrer todavía para derribar el muro de las tallas, de las misses, de las top, de las pasarelas, de la publicidad, del culto a algo tan efímero, banal, evolutivo y caduco como el estuche que un buen día nos dieron para pasear el alma.

07 abril 2007

COMO UN PARTO, O CASI


¿Habés tenido alguna vez un cólico nefrítico? Los hombres solemos decir que es más doloroso que un parto, probablemente porque nunca hemos tenido que parir. Ya nos va bien difundir este bulo para demostrar que nosotros también tenemos mucho aguante y autoconvencernos de que tampoco en eso ellas nos van a superar.

Pero al margen de mayores o menores resistencias de género al sufrimiento físico, lo que me ocurrió aquella madrugada en la cama me ayudó a volver a creer en los médicos, esos grandes gurús del sufrimiento y el desconcierto.

Desencajado

Y no era para menos. Debían ser las tres de la madrugada cuando me desperté tan desencajado por el dolor que aún a veces me digo que aquello no ocurrió, sino que debió ser una pesadilla. Mi mujer saltó de la cama al oír mis gritos. Al verme la cara, comprobó que la situación era de alerta máxima: los labios se me habían desdibujado, mi tez palidecía y mis ojos destilaban sufrimiento puro y duro.

Ella se tiró sobre el teléfono y llamó al 061, que por aquellos años comenzaba a funcionar con eficacia, mientras yo intentaba en vano cambiar de postura entre las sábanas para mitigar el dolor en la parte inferior de mi espalda y en mi ingle.

En apenas cinco minutos, oímos una moto que paraba debajo de casa e inmediatamente después los pasos del ángel de la guarda subiendo las escaleras con el uniforme del 061 y un maletín metálico en la mano que debía devolverme la vida (es un decir, pero es que en esos momentos uno se siente más allá que aquí).

¡Qué alivio!

Miguel, el médico, me puso la inyección y el dolor empezó a retirarse mientras mis labios volvían a esbozarse en mi cara y los ojos dejaban de mostrar la agonía. ¡Qué alivio! Todavía lo noto y me sonrío satisfecho.

El doctor nos contó que había llegado tan rápido porque había venido en moto. En aquellos años, cuando un caso era realmente grave, primero enviaban al médico con la moto en plan avanzadilla y luego llegaba la ambulancia, cuya dotación se ponía a las órdenes del facultativo.

A mí no me tuvieron que llevar en ambulancia, pero me acortaron el sufrimiento. "Para nosotros es tan grave un cólico nefrítico como un infarto. No queremos que la gente sufra. Por eso venimos enseguida", me contó Miguel antes de irse a otra urgencia domiciliaria en su moto.

Mi cólico duró cinco minutos y fue tremendo. Y pensar las dolorosas contracciones de un parto duran horas...

Uffff! Prometo no volver a quejarme. Al menos, lo intentaré.

30 marzo 2007

Y AHORA EL ANUNCIO MÁS PREMIADO

Cuando publiqué en este blog el que para mí es el el mejor anuncio del mundo, el de Aerolíneas Argentinas, recibí algunas críticas. Un creativo me dijo que era demasiado exagerado. De todas formas, cada vez que lo veo se me sigue poniendo la piel de gallina. ¡Soy así!

Ahora, como entramos en el fin de semana, os propongo otro. Dicen que es el más premiado de la historia. Su director es Michel Gondry, un director de cine francés que borda sus spots y videoclips.

Esta vez no os voy a adelantar de qué trata. Es mejor que lo descubráis vosotros mismos, aunque el spot tiene un mérito añadido ¡¡ es de 1991 !!

¡ Buen fin de semana ! ! Y mejores vacaciones !

29 marzo 2007

UN FOTÓGRAFO EN EL CALABOZO

Carlos, el fotógrafo, es un buen tipo, aunque un poco impulsivo. Si se mete en líos es, a veces, precisamente por eso. De hecho, no me extrañó nada cuando nos llamaron a la redacción del diario para decirnos que Carlos estaba retenido en una comisaría por intentar defender a unos inmigrantes africanos detenidos por la policía.

Por la tarde, en una concurridísima avenida. Unos policías de paisano tienen en el suelo a dos personas negras en una escena muy de película. Dos coches atravesados en la calzada con las puertas abiertas. Uno de ellos es un camuflado de la policía. Y la gente se amontona alrededor por pura curiosidad.

Y entonces aparece Carlos con su cámara en ristre y les suelta a los agentes: “¿Pero qué hacen? ¿Qué les hacen a esos pobres negros? Racistas, que son ustedes unos racistas”. Y claro, los policías se ponen nerviosos y le piden a Carlos que “circule”, que se vaya. Pero Carlos insiste y, al final, los agentes le detienen y se lo llevan a la comisaría, dicen que para evitar una reacción en masa del público.

Rescate en la comisaría

A medianoche, estábamos en el diario trabajando cuando una llamada nos avisó de la detención. Yo mismo telefoneé a un responsable policial para interesarnos por nuestro compañero y me contó que el altruismo justiciero de Carlos estuvo a punto de desbaratar una operación antidroga.

El director del diario decidió acudir esa misma noche a la comisaría de policía donde estaba Carlos. El comisario también acudió y comenzó la negociación. “Usted comprenda que él no sabía lo que ustedes hacían con los inmigrantes”, dijo el director.

"Pero usted debe saber también el riesgo que supone para los policías que un desalmado anime al público contra ellos cuando están realizando una detención”, contestó el comisario.

Olvidarlo todo

Al final, el comisario, consciente de que todo había sido un malentendido y que es mejor no llevarse mal con el cuarto poder, cogió el montón de papeles en los que se recogía el incidente y los rompió delante de Carlos y el director mientras decía: "Pues esto lo olvidamos y aquí no ha pasado nada”.

Y de repente, mientras todos esbozaban una sonrisa leve, de aquellas que se te dibujan cuando sales de un gran apuro, Carlos, muy serio, soltó: “De olvidar, nada. Ahora yo me voy al juzgado de guardia a denunciar esta detención ilegal”. Cuando la cara del comisario comenzaba a desdibujarse, el director le propinó una colleja al fotógrafo de los líos y le dijo: “Tú te vienes conmigo y olvidas todo esto pare siempre”.

27 marzo 2007

SINFONÍA DE PECHOS

Hay veces que es necesario dar un do de pecho. Pero otras, lo único que funciona es la sinfonía. Frente al reciente revuelo por el topless de Elsa Pataki y el machaque, de cara al verano, de las campañas de Corporación Dermoestética y similares, hay que reivindicar el trabajo del fotógrafo estadounidense Jordan Matter.


En la página web de Jordan Matter podemos deleitarnos con 100 fotografías de mujeres en topless en las calles de NuevaYork, una de las pocas ciudades de ese país en la que no es delito mostrar los pechos en público.

Las cien fotos muestran otros tantos pares de pechos de todas las formas, edades y tamaños posibles en un entorno urbano. Son retratos sin complejos que denuncian también esta sociedad de la buena imagen en la que nos ha tocado vivir.

El encanto de la diferencia

A los que tienen problemas de autoestima; a los que sólo valoran la belleza, siempre caduca; a los que se consideran superiores a los demás; a los que no valoran la diferencia e incluso la desprecian, espero que esta galeria fotográfica de Jordan Matter les agite la conciencia.

Y a todos los demás nos recordará, otra vez, que la vida es bella y que entre todos componemos con nuestras notas individuales la gran sinfonía global.

25 marzo 2007

DOS EXTRAÑOS Y UN LIBRO EN EL TREN


Trabajo en la redacción de un periódico y en turno de noche. Eso tiene algunas ventajas y también inconvenientes. El más surrealista, de los inconvenientes, claro, es que siempre llego tarde a recoger los libros que abandonan los compañeros de Cultura.

Todos los redactores saben que el material impreso de deshecho se deposita en unas cajas de cartón a las que los que devoramos libros nos dirigimos con frecuencia como buitres en busca de carroña. Siempre hay un listo que se adelanta y arramba con todo.

Eso explica que yo me tenga que conformar casi siempre con las sobras de las sobras. Y ahí están precisamente dos grandes géneros literarios: los libros de poesía y los de autoayuda. Con los primeros yo tampoco puedo, lo reconozco, pero los segundos me han deparado alguna que otra curiosa sorpresa.

Buen título

De entrada, lo que me atrajo en aquella ocasión fue el título, Sexo sabio, porque a su autor, el sexólogo Antonio Bolinches, no lo conocía. Un rápido vistazo al índice me insinuó que aquello podía interesarme para hacer menos tediosos mis viajes en transporte público.

El libro explica técnicas y consejos para mejorar la relación sexual y potenciar el enamoramiento en la pareja. Y aunque en un principio me pareció un pelín moralista, la verdad es que no pude dejarlo hasta llegar al final.

Pero la anécdota que me deparó aquel manual nada tiene que ver con el sexo, o al menos poco. Entré en un vagón de los Ferrocarrils de la Generalitat en Sant Cugat con destino a Barcelona y me senté. Mientras leía a mi desconocido terapeuta sexual, reparé que justo a mi lado había una mujer, de mi edad, leyendo ¡¡¡ el mismo libro !!!

No me pude reprimir (pocas veces lo hago) y le solté: "Estamos leyendo el mismo libro". Tras la sorpresa inicial por mi atrevimiento, la conversación fluyó hacia los diferentes motivos que nos habían llevado hasta las palabras de Bolinches.

Sola en la consulta

Ella me contó que su pareja pasaba muchísimo, que no colaboraba nada en casa, que el hombre decía siempre que estaba cansado, que apenas se interesaba ni por ella ni por la hija de ambos....
La mujer lo había intentado todo. Hasta acudía a una terapeuta de parejas, que precisamente le recomendó el libro. Ella iba sola a la consulta. "El nunca quiere acompañarme", me confió, triste.

Llegamos a la estación de Provença. Ella guardó el libro, se despidió y bajó del tren. Nunca supe su nombre, ni la he vuelto a ver. Tal vez aún espere que su pareja se anime a ir al terapeuta, o a lo mejor ya ha cogido a la niña y el libro y ha dado un giro definitivo a su vida.

Y aunque nuestro único vínculo fue la casualidad, el libro y una charla apresurada, deseo que haya vuelto a ser feliz.

24 marzo 2007

SOLOS EN EL ANDÉN


Había oído hablar de los robos en el metro. Y también de la insolidaridad de la gente que presencia estos delitos. De hecho, puedes estar en un vagón repleto y, si intentan quitarte la cartera, es muy difícil que alguien salga en tu ayuda. Y esa pasividad siempre me ha indignado.

Por eso, cuando aquella tarde de domingo vi en un vagón de la línea 3 del metro de Barcelona cómo dos hombres jóvenes manchaban a posta la americana de un turista estadounidense, no dudé en sumarme a otro ocupante del vagón para gritarle a aquel buena fe que agarrara bien su cartera.

En busca de ayuda

Los carteristas se quedaron sin botín gracias a nuestras voces. Pero pensé que seguramente buscarían otra víctima. Por eso, decidí salir del vagón en la siguiente parada, Passeig de Gràcia, para avisar al jefe de estación y pedirle que alertara a la policía. “Tal vez pueden pillarlos en la próxima parada”, pensé. Para cumplir con mi deber ciudadano, memoricé la descripción de los cacos, desde su ropa a sus rasgos físicos.

Tan enfrascado estaba en mis ejercicios de memorización a lo CSI que, una vez en el andén y cuando el metro se alejaba, comprobé con espanto que sólo nos habíamos bajado tres personas: los ladrones y yo, los delincuentes y el ¿chivato?. Ellos empezaron a mirarme y hablar en árabe o en un idioma parecido. Parecía claro que yo iba a ser la próxima víctima.

Tenía dos alternativas: darles la cartera directamente o salir corriendo. Pero antes de decidirlo comprobé que había cámaras de seguridad en el andén. Aunque nadie llegue a tiempo de rescatarte, siempre puede ser un consuelo ver unos meses después el patético vídeo de tu propio robo en Youtube.

Un interfono en la pared

Luego, busqué inútilmente a algún empleado del metro o al jefe de estación. Ni tan siquiera había más pasajeros, ni en nuestro andén (seguíamos estando solos los tres) ni en el de enfrente. De la pared colgaba un intercomunidor que no me atreví a pulsar. Así que caminé a paso rápido hacia la primera salida mientras aquellos sujetos me imitaban.

Cuando llegué al vestíbulo, le pedí al jefe de estación que me dejara entrar con él en la taquilla blindada porque unos ladrones me persiguían. Pero el empleado me contestó que ya llamaría a la policía, pero que no me podía dejar pasar.

Al girarme vi a los dos delincuentes agazapados en la escalera e invitándome con la mano a que me acercara hacia ellos. Tal vez también confiaban en que el jefe de estación saliera a ayudarme. Pero no me esperé a comprobarlo.

No sé todavía si fueron segundos o décimas lo que tardé en huir. Sólo recuerdo que sentí en mi pecho el aire contaminado de la calle Aragó como un auténtico viento de libertad y alivio.