20 junio 2007

ME EXPULSARON DE UN TAXI


Casi todo el mundo ha tenido alguna experiencia vital interesante con un taxista. Los hay que ejercen de psicólogos, de asesores financieros, de confidentes, de detectives, de kamikaces, de comadronas y hasta de policías. Seguro que habría muchísimas historias apasionantes que escribir sobre este colectivo. Pero también las hay cafres, como ésta.

Caía una tromba sobre Barcelona. El agua resonaba en el tejado de la redacción y el subdirector de información se puso nervioso. Como en otras ocasiones a mí me tocó salir a la calle y hacer un reportaje. Pretendía que recorriera toda Barcelona en pleno aguacero para explicar cómo sobrevivía la ciudad a semejante inundación.

Y es que una cosa es lo que se piensa dentro de la redacción sobre lo que sucede ahí fuera y otra muy distinta lo que uno se encuentra. Vamos, que llovía, pero tampoco era para coger una zódiac.

A por los peores atascos

Paré un taxi en la anchísima calle de Aragó, que estaba casi colapsada de vehículos a causa de la tormenta y del apagón inevitable de semáforos. Cuando me senté en el asiento trasero le solté al conductor mi increíble petición: "Hola. Lléveme por favor a los sitios donde haya más problemas de tráfico y de lluvia".

Yo creo que el taxista debió de pensar que yo estaba loco o que me había tocado el Euromillones y quería fundirme el premio en una interminable carrera de taxi.

Y justo antes de que enfilara hacia el instituto psiquiátrico hice algo que casi nunca hago por si las moscas y que es revelarle mi condición de periodista. "Verá -le dije- es que me han encargado un reportaje y por eso tengo que ir a los sitios donde haya más problemas con el agua. Pero no se preocupe por la carrera que se la pago igual".

La pregunta clave

"¿Y dónde me ha dicho que trabaja?", me preguntó el muy chafardero, con cierta malicia porque yo no se lo había mencionado ni pensaba decírselo. Pero acorralado por la pregunta le contesté el nombre de mi periódico.

¡Dios mío! Menudo frenazo. El vándalo frenó de repente en medio de la calle y me gritó: "Bájese ahora mismo de mi coche. Yo no llevo a nadie de su periódico".

"Pero, oiga, si está diluviando", le contesté justo antes de preguntarle por el motivo.

"¡Que te bajes!", me soltó.

"Pues tendré que apuntar la matrícula y denunciarle", le solté, pero él ni se inmutó.

Yo me quedé en medio de la calle, notando como el agua comenzaba a anegar mis tobillos y con la boca abierta por el alucine de un reservado el derecho de admisión en vehículos que desconocía. Hasta me miré los calcetines, por si los llevaba blancos, como en las discotecas.

60 euros de nada

Como soy un hombre de palabra, denuncié al taxista. Y al cabo de un tiempo recibí una carta en la que me informaban que le habían abierto un expediente. El tipo ni siquiera presentó alegaciones y tuvo que pagar una sanción de 60 euros.

Sobre las causas de aquel suceso, sólo he podido imaginarlas. Nuestro diario ha denunciado manipulaciones de taxímetros, abusos a turistas, cobros de comisiones en restaurantes y hoteles, mafias en el párking del aeropuerto... Y claro eso no le ha gustado a algunos.

"Pues menos mal que no te partió la cara", me dijo un compañero, ya en la redacción. Pues eso, menos mal.

16 junio 2007

¿QUÉ PASA CON LOS CUARENTONES?



Indignado. Perplejo. Conmocionado. Irritado. Enojado. Cualquiera de estos calificativos sirve para mostrar mi estado de ánimo después de que el otro día quisiera darme de alta en la web PubliTV, que ofrece la posibilidad de bajarte buenos vídeos de anuncios televisivos.

Hasta aquí todo bien. El siguiente paso, y ahí vino el problema, es el de registrarte. No es que pidan más datos de la cuenta (país, código postal, sexo, email, ocupación, sector (de la ocupación) y, tachán tachán, EDAD). pero es en ese último ítem donde comienzan los problemas.

Activas la pestañita y aparece un scroll con todas las edades ordenadas de menor a mayor y en fila. La primera opción es -17 (o sea, menor de esa edad). Después con el marcador azul y dirigido por la flechita del ratón vas bajando: 18, 19, 20, 21, 22 ... 32, 33, 34 ... y, de repente, llegas a 41 y después, requete tachán, +41.

Y es que no hay más. Los mayores de 41 años van a parar a la misma estadística. En PubliTV da lo mismo que tengas 42, que 64, que 78, que 86.

Algunos tienen ventajas

Es como aquello de los mayores de 65, quienes al menos por entrar en ese grupo tienen algunas ventajas por ser jubilados: no pagan medicinas, gozan de descuentos en museos y hasta tienen prioridad para sentarse en algunos sitios.

Yo, como ya habréis intuido, soy 41+. Y por poco ¿eh?. Nací en 1962. Por eso me parece totalmente injusto que arrinconen a los cuarentones al final de la estadística.

A lo mejor el administrador de PubliTV piensa que los mayores de 41 no accedemos a internet, o no somos representativos, o no contamos nada. Salvo años, aunque al parecer ya ni eso.

Al menos, dicho queda.

12 junio 2007

FUEGO EN EL CRUCE


Iba a clases de narración oral, o de contar cuentos, o de hablar en público, o de seducir con la palabra, o de atrapar con el verbo... Y la profesora, la experta narradora chilena afincada en Barcelona Numancia Rojas, nos propuso un ejercicio de observación humana.

Debíamos fijarnos en alguna de las personas con las que nos cruzáramos en la calle y mirar detenidamente sus gestos, sus rostros, sus movimientos para deducir quiénes eran y adónde iban, algo de lo que muchos a veces ni intuimos sobre nosotros mismos.

Estaba en la esquina de las calles Nàpols y Consell de Cent, en Barcelona. Eran las 8.45. Quedaban 15 minutos para subir al taller de narración oral y yo tomaba un café en la granja que hay en el cruce. Y entonces le vi.

Alto, fuerte, pelo largo, negro y algo rizado. Lo descubrió al quitarse el caso integral de su moto de gran cilindrada, que dejó sobre el asiento. Se sacudió la melena con la mano. Y miró el reloj mientras oteaba hacia un lado de la calle. Ese detalle me activó las alertas.

Esbelta, elegante, rubia

Pagué mi café y salí a la calle. El seguía allí, esperando. De repente, hizo un ademán un poco más brusco de lo que se podría considerar normal a esas horas de la mañana. Miré yo en la misma dirección que él y la vi.

Unos 40 años, esbelta, elegante, rubia. Caminaba como quien avanza esperando estrellarse con algo o alguien. El deseo emanaba de sus apresurados pasos, que a su vez trataba de contener con el cimbreado distinguido de su figura armónica. Pero las gafas de sol y la sonrisa comenzaban a delatar su pecado.

Ella se paró a apenas medio metro de él. No se besaron. Se sonrieron, eso sí. Sonrisa chivata de tanta pasión oculta. Se les notaba también en los ojos. Eran dos cuerpos ansiando fundirse el uno con el otro. La calle entera se paralizó. Como si el japonés de Héroes hubiera hecho de las suyas.

Ya tenía claro que eran amantes. Qué el iba de camino a su trabajo con la moto. Que ella acababa de dejar a los niños en el colegio. Que los dos iban directos a una cita clandestina.

El mueblé del barrio

Sólo tuve que seguirles. Yo conocía el mueblé del barrio, un hotel para parejas con habitaciones decoradas de los estilos más exóticos: África, Roma, Francia... La puerta del edificio es muy discreta (foto superior), pero todo el barrio conoce y envidia lo que pasa allí dentro.

Ellos caminaron hacia esa puerta blanca de cristal traslúcido. Al llegar, se detuvieron en seco. Seguían sin tocarse, aunque se lamían con los ojos y el pensamiento. Miraron a uno y a otro lado, para comprobar que nadie les seguía. Tan rápida y nerviosamente que no repararon en mí. Y enseguida cruzaron el portal.

Yo sonreí. Por ellos, porque iban a sumergirse por fin el uno en el otro. Por mí, porque mi primera práctica de observación humana había sido un éxito, aunque los objetos a analizar habían intentado infructuosamente que nadie descubriera su infidelidad.