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30 mayo 2007

UN LADRÓN EN LA REDACCIÓN

Creo que nunca he estado tan cerca de un ladrón como cuando hace muchos años trabajé en un pequeño diario de provincias. Y no es que el propietario o el director lo fueran. Ni mucho menos. Sino que tanto yo como mis compañeros periodistas y fotógrafos comprobábamos, con una frecuencia mensual, que nos desaparecía el dinero de algunas de nuestras carteras. Curiosamente el robo coincidía con el día de cobro (nos pagaban en efectivo).

Como no había forma de pillar al ladrón, se me ocurrió recurrir a mis contactos en la policía. De algo me tenía que servir acudir a diario a la comisaría. Me sinceré con los inspectores y enseguida me propusieron cómo capturar al ladrón.

Preparar la trampa

Tenía que conseguir un bolso y un monedero que actuarían como cebos. Para ello me fue de gran utilidad mi vecina jienense, que aprovechó para deshacerse de uno de sus bolsos más anticuados. El monedero fue más fácil de conseguir.

Y el dinero que había que poner en su interior... Bueno, ahí sí que arriesgué mis propios billetes, pero el objetivo final era loable y compensaba.

Rojo delator

Con toda la trampa preparada, volví la comisaría. Los agentes de Policía Científica (ahora conocidos como los CSI) cubrieron los billetes y los recovecos del monedero de un polvillo oscuro. Uno de ellos puso después sus dedos tiznados bajo el grifo y su mano se tiñó de un rojo sanguíneo, perpetuo, imborrable.

"Ahora pones el bolso donde el ladrón pueda cogerlo. En cuanto detectes que han robado, nos avisas y nosotros nos encargaremos de mojar las manos de todos los empleados. El que las tenga rojas es el ladrón", me explicó uno de los agentes.

Sólo cuatro personas

Pusimos la trampa en una percha de la redacción. Y a esperar. Sólo cuatro personas sabíamos de su existencia. Cada día, una guapa fotógrafa (que ya había sido víctima) ponía y quitaba el bolso en un perchero de la redacción.

Llegó el día de cobro y repetimos el ritual. Pero el bolso siguió intacto. Nadie abrió el monedero que había en su interior ni cogió los billetes chivatos.

De los cuatro que conocíamos el secreto, uno era la joven que se prestó a llevarlo consigo. Los otros dos eran el director y el subdirector. Y el cuarto era yo. Nunca aclaramos aquellos robos, que cesaron desde que pusimos el señuelo. El ladrón se esfumó tan rápido como la posibilidad de atraparlo.

Y si alguno de los 20 que trabajábamos en el periódico se lavó la manos y se asustó al ver cómo se teñían de rojo, nunca nos lo dijo.

23 mayo 2007

AL ACECHO DE UNA PRESA NOCTURNA


Mi padre nunca se cansó de repetirme aquello de que "de noche todos los gatos son pardos". Y creo que tiene razón. No es la primera vez que cuando salgo de trabajar, a las tres de la madrugada, me topo de narices con el suceso más inesperado, como el de la ciclista ensangrentada. A veces me pregunto si soy yo el que los atrae o si es la noche la que los multiplica.

Aquella madrugada, cuando me detuve en el semáforo de la calle Marina con Aragó (en el centro del gráfico), en Barcelona, me inquietó aquella imagen disonante. Una chica esperaba para cruzar (tenía el semáforo verde), pero no lo hacía. Parecía nerviosa. Miraba a uno y otro lado.

A tan sólo cinco metros, en el mismo paso de peatones, dos jóvenes no dejaban de mirarla y de cuchichear entre ellos. Pero ella, que no, que no cruzaba. Y yo, enseguida, temí lo peor.

Delante mío

Instintivamente, llamé a la policía y les pedí que vinieran. "No estoy seguro, pero me parece que van a atacar a una chica en el cruce de Marina con Aragó", les dije. Mientras hablaba con el operador del 091, la chica comenzó a cruzar a paso rápido. Pasó por delante de mi capó. Y los dos jóvenes, detrás.

Ella se dirigía ligera hacia la plaza de Pablo Neruda, un pequeño y oscuro parque urbano. Iba directa a la boca de lobo, pensé. Y ellos detrás, un poco más rápido. De repente, ella dio un giro rápido y cruzó la calle de Aragó, una avenida grande de seis carriles, y ellos emprendieron la carrera tras ella.

"!Que vengan ya, que están a punto de tirarse encima!", grité al policía que intentaba confirmar si mis sospechas estaban fundadas.

Rodar por el suelo

En un segundo vi a la chica rodar por el suelo en medio de la calle, aferrada a su bolso, liándose a patadas con los dos ladrones. Bajé del coche y les grité: "¡Dejadla en paz!". Ellos me miraron y salieron corriendo.

Cuando me acerqué a levantar a la chica, se alejó de mí, asustada. Se pensaba que yo también iba a atacarla. Un frenazo en seco retomó la situación. "Alto, policía", gritaron dos tipos desde un Clio de cuatro puertas. Era un coche camuflado de la policía.

Los dos explicamos lo ocurrido. Los agentes recogieron a la joven y se la llevaron en su coche para tratar de localizar a los tironeros antes de que se toparan con otra víctima.

Yo volvía a mi coche, aún con las puertas abiertas. Pensé, sin ánimo de parecer un héroe, que si todos tuviéramos una actitud más vigilante y solidaria, ellos, los que están al otro lado, lo tendrían un poco más difícil.

09 mayo 2007

EL VIRUS EQUINO POLICIAL

En 20 años de profesión periódística sólo una vez me han citado para tener que dar explicaciones a la autoridad competente sobre una información. Y no se trató de que hubiera injuriado a alguien o que hubiera mentido. El asunto tuvo que ver con caballos y también con la policía.

Fue en el verano de 1991. Ese año anterior a los Juegos Olímpìcos de Barcelona se detectó un brote de peste equina en Andalucía y todos estábamos muy susceptibles con todo lo que tuviera que ver con caballos y epizootias (enfermedad en animales). Un brote de esas características podía estropear la imagen de los JJOO. Y eso no se podía permitir.

Y fue en ese contexto cuando recibí una misteriosa llamada en la redacción. Una garganta profunda me aseguró que todos los caballos del Cuerpo Nacional de Policía en Barcelona estaban en cuarentena por una extraña enfermedad.

La confirmación de un veterinario

Enseguida me puse manos a la obra. En esos casos tiras de agenda. Localicé a un veterinario que me confirmó la enfermedad. No era grave, pero los equinos tenían diarrea y, claro, no podían patrullar.

Publiqué la información y me quedé tan ancho. Hasta que un día me encontré un sobre en la mesa. Era una citación policial. Pero no me invitaban exactamente a ir a una comisaría, sino al cuartel policial de la plaza de Espanya (hoy ya desaparecido).

Como yo para esas cosas soy muy desconfiado, hablé con el abogado de la empresa y nos presentamos los dos juntos el día y la hora señalados. En el típico despacho policial, cutre y rancio, un agente comenzó a hacerme preguntas mientras su compañero escribía a máquina las respuestas. Iba rápido, muy rápido, entre otras cosas porque yo no decía nada que no fuera que símplemente me negaba a contestar.

Asuntos internos

Al parecer, eran agentes de asuntos internos y pretendían que yo les desvelara cómo me había enterado de la existencia del virus intestinal equino. No parecían interesados en sus caballos, sino en pillar a mi confidente.

Los aplicados funcionarios parecían ignorar que estábamos en 1991, que la Constitución garantiza la libertad de prensa, que los periodistas no solemos cantar... Imagino que lo intentaron por si picaba y, asustado, les contaba todo lo que ningún informador osaría contar.

Aunque no me las quiero dar de chulo, no me sentí intimidado, ni cohibido. Aunque no negaré que me tranquilizaba sobremanera acudir acompañado de mi abogado. Y es que en una depedencia policial sabes cómo y cuándo entras, pero a veces no puedes calcular cuándo vas a salir.

30 abril 2007

UN POLICÍA ATÍPICO


Ignacio es un policía atípico: romántico, idealista, de izquierdas, utópico, de los que creen en las personas aunque sean delincuentes. Es inspector de la Brigada de Policía Judicial. Luce barba y en invierno esos tópicos jerseys de lana años 60 que le dan un aspecto aún más progre.

El mismo me explicó, en uno de los muchos cafés que compartimos, que nunca llevaba encima su revólver reglamentario. Ni tan siquiera se preocupaba demasiado de su obligado mantenimiento, como engrasarlo o limpiarlo. Y un día estuvo a punto de perder su empleo por ello.

Una citación judicial

Una mañana le asignaron a él y a un compañero un servicio de rutina. Debían acudir a entregar una citación judicial a un sospechoso en un barrio conflictivo de la periferia.

Aparcaron el coche camuflado en la puerta. Cuando iban a entrar en el edificio, Ignacio prefirió esperar abajo mientras el otro inspector subía con el papel. Pero cuando este llamó a la puerta, varios pisos más arriba, el receptor de la nota le abrió apuntándole con una escopeta.

Largo asedio policial

Ignacio oyó los gritos e instintivamente echó la mano a su cintura para sacar el revólver ausente. El compañero voló hasta donde estaba Ignacio y enseguida pidieron refuerzos con la emisora del coche K.

El asedio policial duró varias horas, hasta que se entregó el delincuente. Por suerte, este no llegó a disparar. Y nadie supo que Ignacio había ido a trabajar sin su arma al cinto. Ni que él cree en las personas y sabe que llevarlo supone, la mayoría de las veces, tener que utilizarlo.

Sí, lo sé. Es un policía atípico.

17 abril 2007

SI ALGUIEN VE EL ANUNCIO...


Cuando recibí el email de RTVE con la convocatoria de un concurso de ideas para un espot de TV contra los malos tratos, me entusiasmé. Y no por el premio, 6.000 euros, sino por la posibilidad de poder hacer algo para acabar de una vez por todas con la violencia de género, sexista, conyugal, de pareja... cobarde en definitiva.

En pocos minutos me monté la película. Y nunca mejor dicho. A saber:

COMIENZA EL ESPOT

Una familia (matrimonio de 40 años y dos niños de 10 y 12) cenan en el salón de su casa. De fondo se oyen gritos femeninos de ayuda y golpes. Ellos se miran, y a un gesto de la madre bajan la vista al plato siguen comiendo.

Segundo plano. Una pareja joven se lo está montando en el sofá, mientras suena una música romántica. Se oyen los gritos y los golpes. Dejan de besarse. Se miran, interrogativos. Pero él, coge la barbilla de ella y le vuelve a besar.

Tercera secuencia. Dos ancianos ven la tele. Ambos oyen los gritos y los ruidos. Ella se levanta y sube aún más el sonido de la tele para ahogar los lamentos ajenos.

Después, se ve la escalera de vecinos, antigua, señorial y amplia. Un hombre con barriga cervecera y unos 50 años baja con una camiseta tipo paleta y con las manos esposadas a la espalda acompañado de dos policías de uniforme.

Tras él, dos funcionarios transportan a pulso una bolsa negra con lo que se supone que es el cadáver de la víctima. Mientras bajan las escaleras, la cámara realiza un larguísimo plano secuencia en el que se ven, una detrás de otra, las puertas entreabiertas de los vecinos. La familia, la pareja de amantes y los ancianos observan atónitos la última bajada a la calle de su ahora exvecina.

El mazazo final llega con un mensaje rotundo: "Ella no pudo hacer nada. ¿Y tú?". Y una invitació para llamar a ún 900 de ayuda a mujeres maltratatadas o al 112.

FIN DEL ESPOT

Pero para llevar cabo la idea necesitaba la ayuda de algún aficionado al cine o, mejor aún, de una agencia de publicidad. Y la oportunidad me llegó el pasado domingo. Me encontré con un admirado creativo, autor de un impactante anuncio de cervezas, y le solté orgulloso mi idea.

Respuesta: Como punto de partida está bien, pero hay que darle la vuelta totalmente. La idea es demasiado previsible. Se tiene que ira más allá.

Y me propone, como ejemplo, el siguiente espot. La niña de la primera familia pega una patada a la maltratada. La vecina le da una bofetada. El hombre le propina un puñetazo. Todos maltratan a la víctima. Impacto, con mensaje. Todos la maltratamos con nuestra ignorancia.

Y me lo dijo en dos segundos. Con una sonrisa satisfecha.

Conclusión: Escribiré cien veces: No volveré a hacer campañas de publicidad. Y me dedicaré exclusivamente al periodismo y a mantener vivo este blog. Pero si alguien ve mi idea en algún anuncio, que me avise ¿eh?.

12 abril 2007

EL 205 DELATOR


Trabajar de periodista en una ciudad pequeña tiene sus ventajas, pero si además eres el redactor de sucesos, entonces los privilegios pueden llegar a desbordarte.

De entrada, cada mañana me tomaba dos cafés. Primero uno con los inspectores de la brigada de policía judicial de la comisaría y luego otro con los guardias civiles de la comandancia. Y de tanto roce, pues uno al final les va cogiendo confianza.

Poco a poco crees que ya sabes mucho de ellos, pero la verdad es que son sólo ellos los que ya pueden escribir una enciclopedia sobre ti. No en vano su trabajo es un poco eso, observar y redactar lo visto y oído en interminables atestados. O al menos eso es lo que les deben enseñar en sus respectivas academias.

El coche cazado

El día en que confirmé que los secretas lo sabían casi todo sobre mí fue cuando recibí una llamada de teléfono a la redacción del diario local. Era uno de los inspectores, que me preguntó: “¿Te han robado el coche, el 205?”. “Que yo sepa no, ¿por qué?”, le contesté. “Es que acabamos de ver a una chica conduciéndolo por la rambla”.

Mi interlocutor, el policía, se quedó en silencio, esperando mi respuesta, pensando quizás si todavía estaba a tiempo de dar el alto al vehículo sospechoso. Pero yo enseguida le desvelé el misterio. “Ah sí, es mi novia, que me ha cogido el coche prestado”.

Ya sabían otra cosa más de mí. Aunque yo todavía me pregunto cómo dedujeron que aquel Peugeot 205 XR era el mío si nunca fui con él a la comisaría.

29 marzo 2007

UN FOTÓGRAFO EN EL CALABOZO

Carlos, el fotógrafo, es un buen tipo, aunque un poco impulsivo. Si se mete en líos es, a veces, precisamente por eso. De hecho, no me extrañó nada cuando nos llamaron a la redacción del diario para decirnos que Carlos estaba retenido en una comisaría por intentar defender a unos inmigrantes africanos detenidos por la policía.

Por la tarde, en una concurridísima avenida. Unos policías de paisano tienen en el suelo a dos personas negras en una escena muy de película. Dos coches atravesados en la calzada con las puertas abiertas. Uno de ellos es un camuflado de la policía. Y la gente se amontona alrededor por pura curiosidad.

Y entonces aparece Carlos con su cámara en ristre y les suelta a los agentes: “¿Pero qué hacen? ¿Qué les hacen a esos pobres negros? Racistas, que son ustedes unos racistas”. Y claro, los policías se ponen nerviosos y le piden a Carlos que “circule”, que se vaya. Pero Carlos insiste y, al final, los agentes le detienen y se lo llevan a la comisaría, dicen que para evitar una reacción en masa del público.

Rescate en la comisaría

A medianoche, estábamos en el diario trabajando cuando una llamada nos avisó de la detención. Yo mismo telefoneé a un responsable policial para interesarnos por nuestro compañero y me contó que el altruismo justiciero de Carlos estuvo a punto de desbaratar una operación antidroga.

El director del diario decidió acudir esa misma noche a la comisaría de policía donde estaba Carlos. El comisario también acudió y comenzó la negociación. “Usted comprenda que él no sabía lo que ustedes hacían con los inmigrantes”, dijo el director.

"Pero usted debe saber también el riesgo que supone para los policías que un desalmado anime al público contra ellos cuando están realizando una detención”, contestó el comisario.

Olvidarlo todo

Al final, el comisario, consciente de que todo había sido un malentendido y que es mejor no llevarse mal con el cuarto poder, cogió el montón de papeles en los que se recogía el incidente y los rompió delante de Carlos y el director mientras decía: "Pues esto lo olvidamos y aquí no ha pasado nada”.

Y de repente, mientras todos esbozaban una sonrisa leve, de aquellas que se te dibujan cuando sales de un gran apuro, Carlos, muy serio, soltó: “De olvidar, nada. Ahora yo me voy al juzgado de guardia a denunciar esta detención ilegal”. Cuando la cara del comisario comenzaba a desdibujarse, el director le propinó una colleja al fotógrafo de los líos y le dijo: “Tú te vienes conmigo y olvidas todo esto pare siempre”.

24 marzo 2007

SOLOS EN EL ANDÉN


Había oído hablar de los robos en el metro. Y también de la insolidaridad de la gente que presencia estos delitos. De hecho, puedes estar en un vagón repleto y, si intentan quitarte la cartera, es muy difícil que alguien salga en tu ayuda. Y esa pasividad siempre me ha indignado.

Por eso, cuando aquella tarde de domingo vi en un vagón de la línea 3 del metro de Barcelona cómo dos hombres jóvenes manchaban a posta la americana de un turista estadounidense, no dudé en sumarme a otro ocupante del vagón para gritarle a aquel buena fe que agarrara bien su cartera.

En busca de ayuda

Los carteristas se quedaron sin botín gracias a nuestras voces. Pero pensé que seguramente buscarían otra víctima. Por eso, decidí salir del vagón en la siguiente parada, Passeig de Gràcia, para avisar al jefe de estación y pedirle que alertara a la policía. “Tal vez pueden pillarlos en la próxima parada”, pensé. Para cumplir con mi deber ciudadano, memoricé la descripción de los cacos, desde su ropa a sus rasgos físicos.

Tan enfrascado estaba en mis ejercicios de memorización a lo CSI que, una vez en el andén y cuando el metro se alejaba, comprobé con espanto que sólo nos habíamos bajado tres personas: los ladrones y yo, los delincuentes y el ¿chivato?. Ellos empezaron a mirarme y hablar en árabe o en un idioma parecido. Parecía claro que yo iba a ser la próxima víctima.

Tenía dos alternativas: darles la cartera directamente o salir corriendo. Pero antes de decidirlo comprobé que había cámaras de seguridad en el andén. Aunque nadie llegue a tiempo de rescatarte, siempre puede ser un consuelo ver unos meses después el patético vídeo de tu propio robo en Youtube.

Un interfono en la pared

Luego, busqué inútilmente a algún empleado del metro o al jefe de estación. Ni tan siquiera había más pasajeros, ni en nuestro andén (seguíamos estando solos los tres) ni en el de enfrente. De la pared colgaba un intercomunidor que no me atreví a pulsar. Así que caminé a paso rápido hacia la primera salida mientras aquellos sujetos me imitaban.

Cuando llegué al vestíbulo, le pedí al jefe de estación que me dejara entrar con él en la taquilla blindada porque unos ladrones me persiguían. Pero el empleado me contestó que ya llamaría a la policía, pero que no me podía dejar pasar.

Al girarme vi a los dos delincuentes agazapados en la escalera e invitándome con la mano a que me acercara hacia ellos. Tal vez también confiaban en que el jefe de estación saliera a ayudarme. Pero no me esperé a comprobarlo.

No sé todavía si fueron segundos o décimas lo que tardé en huir. Sólo recuerdo que sentí en mi pecho el aire contaminado de la calle Aragó como un auténtico viento de libertad y alivio.

22 marzo 2007

SE FUE A BUSCAR TABACO Y ...

Puede parecer una leyenda urbana, pero no lo es. Yo mismo fui testigo casi en primera persona. David, entonces un buen amigo, le dijo a su mujer que iba a buscar tabaco. Una vez en la calle, y mientras se dirigía a un bar cercano, vio un paquete en la repisa de la cabina de teléfonos que había delante de su casa. “Estaba convencido de que alguien lo había olvidado y por eso lo cogí”, me explicó después.

Cuando salía de la cabina con el paquete bajo el brazo y sin haber mirado lo que había dentro, escuchó los gritos que jamás olvidará: “¡Alto! ¡Policía!”. Notó entonces que caía por el suelo rodeado de varios hombres. Uno le arrebató el paquete de las manos. Otro le puso las esposas. Y dos más le cogieron en volandas y le metieron en un coche camuflado de la Policía.

El coche se dirigió a la Jefatura Superior de Policía. Los inspectores le decían cosas como “ya te tenemos”, “¿no te lo esperabas ¿eh?” y “ahora te vas a enterar”. David no entendía nada. Intentó explicarles que iba a llevar el paquete a la comisaría de la policía local, a unos 300 metros de su casa, pero no le creyeron.

Asalto al domicilio

En su casa, su mujer comenzó a intranquilizarse por su tardanza hasta que un par de horas después llamaron a la puerta. Los policías entraron en tromba en busca de la máquina de escribir supuestamente utilizada por su marido. Registraron el piso. También buscaban sobres y folios con los que David habría escrito los anónimos para chantajear a un empresario de la ciudad.

La mujer insistió en que su marido no era un delincuente y que había ido a buscar tabaco, pero no sirvió de nada. Fue entonces cuando ella me llamó, desesperada. Sabía que me dedicaba a las noticias de sucesos y confiaba en que yo aclararía de qué acusaban a su marido.

Me senté en el despacho del jefe de la Brigada de Policía Judicial y le hablé de David, de lo bueno que era, de las veces que me había ido con él de vacaciones, de lo bien que le conocía y le insistí en que en este caso se habían equivocado. Pero tampoco me creyó.

Incomprensión judicial

El pobre David, que había estudiado Derecho, pidió un habeas corpus, para que el juez le sacara del calabozo policial y le tomara declaración en seguida. Pero los saturados juzgados de la ciudad pocas veces cumplen con un trámite que piden casi todos los detenidos.

Tras dormir en una celda compartida en jefatura, e interrumpirle el sueño varias veces para interrogatorios de poli bueno y poli malo, David pasó a disposición judicial. El juez de guardia comprobó que la policía no tenía ninguna prueba de que David hubiera enviado mensajes a un empresario para extorsionarlo. Ni siquera pudieron relacionarlos, pues no se conocían de nada.

La única evidencia contra David fue coger el botín de la extorsión de una cabina en la que se habia pactado una entrega y situada ¡justo delante de su casa!. El juez le dejó inmediatamente en libertad sin cargos. El juicio nunca llegó a celebrarse.

David no se atrevió a denunciar a los policías. Y aprendió que jamás hay que coger un paquete abandonado. Me lo dijo cuando le expliqué, compungido, que yo también me lo habría llevado.

23 febrero 2007

"¿DÓNDE ESTÁ EL MUERTO?", GRITÓ CARLOS

El día que nos llamaron a la Redacción para avisarnos de que habían apuñalado al dueño de un bar del Casc Antic, podría haber sido el último de mi existencia. De entrada, tuve la desgracia de que aquella noche Carlos (nombre supuesto, para no ofender) fuera el fotógrafo de guardia.

Bajamos la Via Laietana en su flamante moto BMW. Yo, de paquete. Sin que me diera cuenta, se saltó el primer semáforo en rojo. Parecía que éramos nosotros los de la ambulancia. Cuando se disponía a cruzar también en rojo los siete carriles de la Gran Via tuve que gritarle que, si no paraba, saltaría de la moto en marcha.

Entrada triunfal en el bar

Al llegar al bar, había varios policías interrogando a los testigos en la calle. Dentro, sentada en una silla, una mujer recibía consuelo de un par de personas. Carlos, presa de su propia excitación profesional, desenfundó la cámara y se puso a gritar: "¿Dónde está el muerto? ¿Dónde está el muerto?".

Nunca olvidaré el grito desgarrador que dio la mujer: "¡Mi marido ha muerto! Ahhhh". Y los policías se miraban confundidos entre ellos y nos repasaban al fotógrafo y a mí con cara de odio. "Pero si no ha muerto, señora", intentó aclarar uno de los agentes.

Se acabaron las fotos. Nos sacaron del bar y nos identificaron. Nos tuvimos que volver de vacío a la Redacción sin otra historia que contar que la nuestra, que aún no había terminado...

La llamada

La noche siguiente, sonó mi teléfono. "Hola. Soy el muerto", me dijo una voz, justo antes de ametrallarme con insultos. Su mujer y su hijo le habían explicado el numerito del bar, mientras él estaba convalenciente por una herida de arma blanca en el hospital.

Yo sobreviví y Carlos sigue haciendo fotos como si nada. Volvimos a tener sustos. Tantos, que ya no quiero hacer más reportajes con él. Os los contaré en próximos posts. Seguro que entonces me entenderéis.

22 febrero 2007

LOS CAZADORES CAZADOS



Julio de 1992. Apenas quedaban unos días para comenzar los Juegos Olímpicos de Barcelona cuando tres amigos decidieron tomarse una semana de vacaciones en Cuba. A sus mujeres les explicaron que se iban a cazar a Extremadura.

Para que ellas no descubrieran el engaño se despidieron pertrechados con el disfraz de cazador, la escopeta, los cartuchos... Una vez consumada la primera parte de la mentira, los tres amiguetes, ávidos de sexo caribeño, dejaron el coche en el parking de El Prat y volaron a Cuba.

Férrea vigilancia en Barcelona

No contaron los tres cazadores con que Barcelona estaba aquellos días sometida a un férreo control de seguridad. Ni imaginaron que un perro detector de explosivos, en una rutinaria patrulla en el aeropuerto, iba a marcar el maletero de su coche al detectar el aroma dulce de la pólvora prensada de los cartuchos.

Mientras ellos tonteaban con cubanas de pago a 9.000 kilómetros de distancia, aquí los artificieros de los Tedax se disponían a forzar el maletero del coche sospechoso para descubrir y explosionar la supuesta bomba.

Sonriente vuelta a casa

Tras incautarse de los cartuchos y las escopetas, los agentes se dirigieron al domicilio del propietario del coche y allí explicaron a una incrédula mujer que su vehículo no estaba en un coto extremeño, sino en el aeropuerto de El Prat, y que sus ocupantes se habían dejado allí todo el equipo de caza. No les costo nada a los guardias civiles comprobar que los tres compañeros de aventura habían ido a cazar, pero al otro lado del Atlántico.

Pasada una semana, cuando los tres amigos bajaron del avión sonrientes y satisfechos llamaron a sus casas para avisar que estaban a punto de llegar. Luego, al acercarse al parking, comprobaron, horrorizados, que el maletero de su coche estaba forzado y vacío. Deprisa, se fueron a El Corte Inglés a comprar ropa de caza y armas antes de presentarse en sus casas. Allí, sus mujeres les estaban esperando.

18 febrero 2007

LEER LOS LABIOS DE ESPALDAS

Cuando uno acaba de entrar a trabajar en un periódico tiene que pagar varios peajes. Uno de ellos es el de atender a todo aquel que se presenta en la redacción para contar sus problemas.

Cuando el conserje llamó por el teléfono interior para avisarnos de que teníamos una visita, el redactor jefe no dudó ni un instante en pasarme el encargo. Me dirigí a la sala que hay junto a la entrada, una pequeña biblioteca en la que se consultaban los diarios atrasados encuadernados en gruesos tomos. Allí, sentado de espaldas al enorme ventanal que daba a la calle, estaba un hombre, pequeño de estatura, correctamente vestido y que denotaba un cierto nerviosismo por la forma en que se frotaba las manos colocadas encima de la larga mesa.

Una habilidad policial

Yo me presenté, aunque él evitó a hacerlo, lo que indicaba ya que estaba dispuesto a explicarme algo demasiado importante. “He venido a verles porque existe una mafia policial que se dedica a cobrar dinero a todos los bares de la ciudad”, dijo. Y a partir de ahí comenzó a detallar cómo lo descubrió un día mientras tomaba un café en la barra de un local y cómo aquellos policías corruptos habían empezado a perseguirle y a vigilarle para que no contara a nadie la existencia de la supuesta extorsión.

La verdad es que comencé a ponerme nervioso. Sin duda aquel caso me iba grande. Me aseguró que había dos hombres vigilándole desde el semáforo de la esquina, a apenas 20 metros de donde nos encontrábamos. Y añadió que aquellos dos policías vestidos de paisano eran capaces de leerle los labios. Aunque me sorprendió, también pensé que esa habilidad podía ser muy útil en muchas investigaciones.

La receta en la cartera

Cuando el anónimo visitante afirmó que tenía miedo porque los agentes le acababan de leer en su boca lo que me explicaba, pese a que él estaba sentado de espaldas al enorme ventanal, no hizo falta que comprobara que aquellos dos supuestos policías ya no estaban en el semáforo, ni que aquel extraño visitante siguiera trufándome en detalles las habilidades de la policía española para hacer seguimientos mentales de sus sospechosos. Ni tan siquiera fue necesario que me mostrara los importantes documentos que guardaba en su cartera. Yo ya había sacado mis propias conclusiones cuando vi que uno de esos papeles era una receta médica de un instituto de salud mental.

Al llegar a ese punto, claramente esfumada la exclusiva noticia, yo ya me había relajado y me afanaba en seguir la corriente a mi peculiar confidente para tranquilizarlo. Le convencí de que había dejado su secreto en buenas manos y de que a partir de entonces seríamos los periodistas los que investigaríamos la red de extorsión policial a los bares. Y él respiró aliviado. Prometió volver si averiguaba algún detalle más, pero no lo hizo. Tal vez le descubrieron o tal vez él mismo entró en razón. Sea como fuere, nunca le olvidaré. Ni a él, ni a los policías lectores de labios.