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04 febrero 2009

A LA CAZA DE CLINTON EN BCN


Al director adjunto del diario le habían dado un soplo: el expresidente de EEUU Bill Clinton iba a cenar en un restaurante de la Barceloneta. Y además, el periódico de la competencia tenía una entrevista exclusiva con él (de pago, claro). "Hay que reventarles el tema", pidió el jefe de turno. Y nos pusimos en marcha.

Dos fotógrafos y yo nos colocamos en las inmediaciones del restaurante, en el paseo de Joan de Borbó. Eran las ocho de la tarde. Los tres periodistas nos separamos. Si los agentes del Servicio Secreto nos veían juntos, podrían intentar evitar que nos abalanzáramos sobre Clinton. Era una cena privada y no necesitaban testigos. Vimos a esos agentes en todas partes: dos negros super cachas con ropa de marca que corrían juntos por el paseo, un hombre de más edad leyendo un periódico en un banco frente al restaurante, una joven que hablaba por teléfono sin cesar en la única cabina a la vista... de tanto en tanto, los fotógrafos me iban llamando y yo a ellos.

Debíamos seguir al acecho hasta que llegara el objetivo. Pasó una hora y allí no aparecía nadie. El restaurante seguía casi vacío. Ni limusina, ni despliegue policial, ni nada. Y los supuestos agentes del servicio secreto o se habían esfumado o habían cambiado de disfraz. Y nosotros seguíamos ahí, ahora muertos de hambre. Por suerte, había un restaurante chino un poco cutre que lindaba con el del expresidente. Decidimos repartirnos. Mientras dos cenábamos , el tercero estaba de guardia, vigilando. En cuanto nos avisara el vigía, dejaríamos la mesa e iríamos a interceptar al 'One'. Tuvimos que pagar la cena en cuanto nos la sirvieron para que, si nos íbamos corriendo, nadie saliera corriendo detrás nuestro. Al que estaba de guardia incluso le pasamos la cerveza a través de la jardinera que nos protegía del paseo para pasmo de la camarera asiática, que no dejaba de sonreír como si no fuéramos los únicos alienígenas que aterrizaban en la terraza de su local.

La llamada providencial

Se hicieron las 10 y todo seguía igual. Evidentemente, Clinton no iba a cenar ahí. Un poco contrariados, llamamos a la redacción y les dijimos que volvíamos. Antes, sin embargo, patrullamos con el coche por algunos de los restaurantes más conocidos en busca de la comitiva presidencial estacionada en el exterior con el mismo pésimo resultado.

Ya en la redacción, casi las 11 de la noche, sonó el teléfono de la sección. "¿Está Sandoval?", dijo una voz. "No, no trabaja aquí", le contesté. "Mire es que le llamo del Botafumeiro", añadió. Y estallaron chispas. "Oiga no me dirá Vd. que Clinton está cenando ahí?". "Sí por eso llamo". "No se preocupe por Sandoval (que trabaja el el diario de la competencia) que nosotros ya vamos para allí", le solté.

Cuando llegué al Botafumeiro, un flamante todo terreno blanco con cristales tintados brillaba en la puerta, entre varios coches oficiales. Junto a la fachada, varios agentes con pinganillo orejil incluido, miraban de un lado a otro de la calle. "Primer filtro", me dije mientras caminaba hacia ellos. Me miraron, solté un 'Bona nit' y entré. Me senté en la barra y pregunté por Clinton. El y sus amigos, catalanes y americanos, estaban en el piso superior.

En chancletas

Llamé al diario y pedí que me enviaran a un fotógrafo lo antes posible. Hasta que caí en que, si venía mi amigo Álvaro, el mismo que había estado conmigo tras las plantas del chino, podríamos tener problemas. Y no porque dudara de su profesionalidad, que supera la excelencia, sino porque yo mismo cuestionaba que sus chancletas de goma, de esas que dejan ver los dedos al desnudo, fueran una buena tarjeta de presentación para entrar allí sin llamar la atención del ejército de escoltas de los distintos perímetros de seguridad.

Mientras me preguntaba cómo entraría Álvaro, oí un "hola" en mi espalda. Y allí estaba él, sin afeitar, con tejanos y con sus inseparables chancletas de goma de los deditos a la vista. "¿Cómo has conseguido pasar?", le dije. "Muy fácil. Les he saludado y ya está", me dijo refiriéndose a los agentes del Servicio Secreto. Pese a que me quedé unos instantes en estado de shock, nos pusimos a diseñar la estrategia de cómo asaltaríamos a Clinton.

La última pregunta

El camarero al que había pedido información me avisó. Y al cabo de unos instantes unos gigantescos policías comenzaron a abrir camino al ex presidente y su séquito. Al pasar a nuestro lado le solté un "Mr. Clinton, please!". El se giró, sonriendo, me miró y mientras Álvaro disparaba su cámara, yo aproveché para formularle varias preguntas que abrí con un "Do you like BCN?" para romper el hielo.

Todo fue muy bien hasta que toqué un tema tabú, el despliegue de tropas de EEUU en Irak. Y entonces, sólo entonces, Clinton dejo de sonreír y una mano enorme empujó mi pecho, me levantó por los aires (creí que levitaba) y apenas pude ver como el expresidente, cada vez más pequeño, se alejaba de mí a la misma rapidez con la que yo lo hacía involuntariamente de él. Entrevista concluida y exclusiva lograda. Dos páginas de vuelta a la redacción. Y de aquel momento glorioso quedó la foto que encabeza este 'post'. Ah, y el diario de la competencia nunca publicó la entrevista y creo que fue porque yo respondí la llamada equivocada.

30 mayo 2007

UN LADRÓN EN LA REDACCIÓN

Creo que nunca he estado tan cerca de un ladrón como cuando hace muchos años trabajé en un pequeño diario de provincias. Y no es que el propietario o el director lo fueran. Ni mucho menos. Sino que tanto yo como mis compañeros periodistas y fotógrafos comprobábamos, con una frecuencia mensual, que nos desaparecía el dinero de algunas de nuestras carteras. Curiosamente el robo coincidía con el día de cobro (nos pagaban en efectivo).

Como no había forma de pillar al ladrón, se me ocurrió recurrir a mis contactos en la policía. De algo me tenía que servir acudir a diario a la comisaría. Me sinceré con los inspectores y enseguida me propusieron cómo capturar al ladrón.

Preparar la trampa

Tenía que conseguir un bolso y un monedero que actuarían como cebos. Para ello me fue de gran utilidad mi vecina jienense, que aprovechó para deshacerse de uno de sus bolsos más anticuados. El monedero fue más fácil de conseguir.

Y el dinero que había que poner en su interior... Bueno, ahí sí que arriesgué mis propios billetes, pero el objetivo final era loable y compensaba.

Rojo delator

Con toda la trampa preparada, volví la comisaría. Los agentes de Policía Científica (ahora conocidos como los CSI) cubrieron los billetes y los recovecos del monedero de un polvillo oscuro. Uno de ellos puso después sus dedos tiznados bajo el grifo y su mano se tiñó de un rojo sanguíneo, perpetuo, imborrable.

"Ahora pones el bolso donde el ladrón pueda cogerlo. En cuanto detectes que han robado, nos avisas y nosotros nos encargaremos de mojar las manos de todos los empleados. El que las tenga rojas es el ladrón", me explicó uno de los agentes.

Sólo cuatro personas

Pusimos la trampa en una percha de la redacción. Y a esperar. Sólo cuatro personas sabíamos de su existencia. Cada día, una guapa fotógrafa (que ya había sido víctima) ponía y quitaba el bolso en un perchero de la redacción.

Llegó el día de cobro y repetimos el ritual. Pero el bolso siguió intacto. Nadie abrió el monedero que había en su interior ni cogió los billetes chivatos.

De los cuatro que conocíamos el secreto, uno era la joven que se prestó a llevarlo consigo. Los otros dos eran el director y el subdirector. Y el cuarto era yo. Nunca aclaramos aquellos robos, que cesaron desde que pusimos el señuelo. El ladrón se esfumó tan rápido como la posibilidad de atraparlo.

Y si alguno de los 20 que trabajábamos en el periódico se lavó la manos y se asustó al ver cómo se teñían de rojo, nunca nos lo dijo.

18 mayo 2007

MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL REY

La primera vez que hablé con el Rey, con Juan Carlos I, claro, fue hace 25 años. Era un crío y acababa de entrar a colaborar (no tenía sueldo) en el diario El Noticiero Universal, ahora desaparecido. Una noche me pidieron que a la mañana siguiente me fuera a la Academia de Suboficiales de Talarn (Lleida) porque el entonces joven rey iba a entregar los títulos a los nuevos mandos.

Recuerdo perfectamente que recogí al fotógrafo, César, en la Diagonal de Barcelona cuando apenas había salido el sol y nos fuimos con mi flamante Seat 850 a Lleida. Cuando quedaba poco para llegar a la base militar nos paró al Guardia Civil para identificarnos y preguntarnos a dónde íbamos. Nos pidieron la acreditación de prensa, pero no teníamos, ni siquiera un mísero carnet de nuestro periódico.

El penúltimo control

Me debieron ver la cara de bueno y jovencito, así como la bolsa del fotógrafo, no tan jovencito pero igual de bueno, y nos dejaron pasar. ¡Bien! Pero un par de kilómetros más allá, en la puerta del campamento, nos esperaba otro control, esta vez de policías militares:

-- "¿La invitación?"
-- "No tenemos. Verá, es que nos avisaron anoche y no ha dado tiempo".
-- "¿Carnet de prensa?"
-- "No, es que, mire, soy estudiante y no trabajo todavía en el diario..."

Miradas de perplejidad bajo los cascos, dudas, cuchicheos y, ¡milagro!, nos levantaron la barrera.

Aparcamos el coche y César y yo nos dirigimos a la gran explanada donde ya habían comenzado a desfilar decenas de jóvenes suboficiales, contemplados por cientos de familiares.

En la tribuna de prensa

Nos metimos donde estaban los periodistas con sus cámaras, blocs (que no blogs) y casetes hasta que comenzamos a ver que varios hombres muy bien vestidas nos señalaban nerviosos. Enseguida supimos que eran escoltas de paisano, que se acercaron a pedirnos explicaciones. No teníamos la credencial colgada del cuello (ni en el bolsillo, porque no teníamos nada que nos identificara como periodistas). Dimos nuevas explicaciones, que se creyeron, porque eran ciertas, y ahí nos quedamos.

Después, todo fue más fácil. Seguimos al séquito de personalidades y acabamos metidos en una sala repleta de oficiales. Yo, iluso de mí, me acerqué al Rey mientras tomaba un aperitivo y comencé a preguntarle sobre lo que le había parecido el acto. El, amable y simpático, me contestó atentamente mientras yo intentaba memorizar lo que me decía.

La ingenuidad del principiante

Cuando horas después llegué a la redacción, me puse a escribir mi entrevista con el Rey. Le pasé los folios a mi jefe, que comenzó a leer con cierta sorpresa e incredulidad. Tras unas risas, que no entendí muy bien a qué venían, me miró fijamente y me preguntó: "¿Pero a ti nadie te ha dicho que el rey no da entrevistas así como así? ¿No te han explicado que lo que dice en un acto informal no se puede publicar?"

Y me exclusiva real se fue al traste. Comenzaba a aprender mi oficio.

16 mayo 2007

EL ATROPELLADO Y LOS DOS SAMARITANOS


Me pasó en Tarragona. Normalmente, siempre llevaba en el bolso mi cámara Konica Pop, de color rojo brillante (nada discreta para mi trabajo). Y aquel día, cuando vi a un hombre tirado sobre el asfalto de la Rambla Nova no me lo pensé dos veces.

Primero acudí a ver si podía ayudar al herido, pero ya había dos personas, un hombre y una mujer, atendiendo al peatón atropellado. Y un buen número de curiosos arremolinados en la arteria principal de la pequeña ciudad.

Suceso poco frecuente

Así que opté por tomar unas cuantas fotografías. Trabajaba en el Diari de Tarragona y aquellas fotos podían llenar un buen espacio en las páginas de Local. No todos los días atropellan a alguien en una ciudad de 90.000 habitantes, en nada comparable a otras fagocitadoras de peatones y motoristas como Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia o Bilbao.

Llegué a la redacción con mi foto bajo el brazo. Bueno en realidad en la cámara, dentro de un rollo de negativo (entonces no existían las digitales), y la entregué a los compañeros del laboratorio para que la revelaran.

No había muerto

Salió en la sección de Sucesos. "Atropello en la Rambla", decía el titular. Era una noticia a pie de página. Una más, en un diario saturado de novedades. El atropellado no había muerto y eso, mal que nos pese, marca la diferencia en la extensión de la noticia.

Al día siguiente, cuando yo ya estaba metido en nuevas historias, me avisaron de que tenía una visita en la entrada de la redacción. Allí me encontré con una pareja indignada. Me dijeron que estaban dispuestos a denunciarme por la foto del atropello.

"¿Son familia del herido?", les pregunté. "No. Somos los que estamos ayudándole", contestaron. Y yo repliqué: "¿?" (estos signos significan la mueca perpleja de mi cara).

En el lugar equivocado

Y entonces, los dos comenzaron a explicarme que eran amigos, buenos amigos, muy buenos amigos... tanto que no podían salir juntos en una foto, porque ni uno ni otro debían estar allí en ese momento y muchos menos juntos. Aunque fuera realizando una buena acción.

Yo me excusé, aunque no sé muy bien porqué, pero les dije que ya no se podía hacer nada. No sabía que los dos estaban casados (cada uno con su respectiva pareja) y ellos estaban en la vía pública, en el epicentro de una noticia.

No volví a saber más de los dos infieles. Una pena. ¿Se rompió una de las parejas? ¿Las dos? ¿O tal vez las tres? ¿Tenían derecho a denunciarme?

Si os apetece, escribidme vuestra opinión, aunque os adelanto que tengo la conciencia tranquila.

29 marzo 2007

UN FOTÓGRAFO EN EL CALABOZO

Carlos, el fotógrafo, es un buen tipo, aunque un poco impulsivo. Si se mete en líos es, a veces, precisamente por eso. De hecho, no me extrañó nada cuando nos llamaron a la redacción del diario para decirnos que Carlos estaba retenido en una comisaría por intentar defender a unos inmigrantes africanos detenidos por la policía.

Por la tarde, en una concurridísima avenida. Unos policías de paisano tienen en el suelo a dos personas negras en una escena muy de película. Dos coches atravesados en la calzada con las puertas abiertas. Uno de ellos es un camuflado de la policía. Y la gente se amontona alrededor por pura curiosidad.

Y entonces aparece Carlos con su cámara en ristre y les suelta a los agentes: “¿Pero qué hacen? ¿Qué les hacen a esos pobres negros? Racistas, que son ustedes unos racistas”. Y claro, los policías se ponen nerviosos y le piden a Carlos que “circule”, que se vaya. Pero Carlos insiste y, al final, los agentes le detienen y se lo llevan a la comisaría, dicen que para evitar una reacción en masa del público.

Rescate en la comisaría

A medianoche, estábamos en el diario trabajando cuando una llamada nos avisó de la detención. Yo mismo telefoneé a un responsable policial para interesarnos por nuestro compañero y me contó que el altruismo justiciero de Carlos estuvo a punto de desbaratar una operación antidroga.

El director del diario decidió acudir esa misma noche a la comisaría de policía donde estaba Carlos. El comisario también acudió y comenzó la negociación. “Usted comprenda que él no sabía lo que ustedes hacían con los inmigrantes”, dijo el director.

"Pero usted debe saber también el riesgo que supone para los policías que un desalmado anime al público contra ellos cuando están realizando una detención”, contestó el comisario.

Olvidarlo todo

Al final, el comisario, consciente de que todo había sido un malentendido y que es mejor no llevarse mal con el cuarto poder, cogió el montón de papeles en los que se recogía el incidente y los rompió delante de Carlos y el director mientras decía: "Pues esto lo olvidamos y aquí no ha pasado nada”.

Y de repente, mientras todos esbozaban una sonrisa leve, de aquellas que se te dibujan cuando sales de un gran apuro, Carlos, muy serio, soltó: “De olvidar, nada. Ahora yo me voy al juzgado de guardia a denunciar esta detención ilegal”. Cuando la cara del comisario comenzaba a desdibujarse, el director le propinó una colleja al fotógrafo de los líos y le dijo: “Tú te vienes conmigo y olvidas todo esto pare siempre”.

27 marzo 2007

SINFONÍA DE PECHOS

Hay veces que es necesario dar un do de pecho. Pero otras, lo único que funciona es la sinfonía. Frente al reciente revuelo por el topless de Elsa Pataki y el machaque, de cara al verano, de las campañas de Corporación Dermoestética y similares, hay que reivindicar el trabajo del fotógrafo estadounidense Jordan Matter.


En la página web de Jordan Matter podemos deleitarnos con 100 fotografías de mujeres en topless en las calles de NuevaYork, una de las pocas ciudades de ese país en la que no es delito mostrar los pechos en público.

Las cien fotos muestran otros tantos pares de pechos de todas las formas, edades y tamaños posibles en un entorno urbano. Son retratos sin complejos que denuncian también esta sociedad de la buena imagen en la que nos ha tocado vivir.

El encanto de la diferencia

A los que tienen problemas de autoestima; a los que sólo valoran la belleza, siempre caduca; a los que se consideran superiores a los demás; a los que no valoran la diferencia e incluso la desprecian, espero que esta galeria fotográfica de Jordan Matter les agite la conciencia.

Y a todos los demás nos recordará, otra vez, que la vida es bella y que entre todos componemos con nuestras notas individuales la gran sinfonía global.

02 marzo 2007

“TENGO QUE SUBIR EN ESE AVIÓN”, VOCIFERÓ CARLOS

Una de las habilidades de Carlos, mi compañero fotógrafo y cuyo nombre aquí es supuesto, es la de hacer ostentación de su condición allá donde va. Mientras que yo procuro pasar desapercibido, pues creo que la inserción disimulada en el conflicto ayuda a describirlo sin alterarlo, Carlos es otra cosa. Se hace notar, pase lo que pase.

Aquella tarde estábamos en la redacción como casi cada día cuando el teletipo que el conserje depositó en la bandeja de la sección de Sociedad activó el inicio de nuestra nueva y peculiar historia: el coche del ministro de Sanidad había atropellado y matado a una adolescente en un pueblo de Madrid.

El redactor jefe me interrogó con la mirada si estaba dispuesto a volar a Madrid. ¿Cómo no? El arrepentimiento vendría después. No por el escabroso tema a cubrir, sino por lo que iba a suponer aquel primer reportaje con Carlos, el fotógrafo.

Primer choque en el aeropuerto

La señal de alarma se me activó cuando llegamos al aeropuerto dispuestos a a coger el Puente Aéreo. El primer vuelo salía a los 10 minutos. Antes de que yo abriera la boca y cuando estaba tendiendo los dos billetes a la azafata de Iberia, el grito de Carlos resonó a mi espalda: “Señorita. Somos periodistas y tenemos que coger el avión de las 20.30”.

Y entonces la azafata, enfundada en azul, levantó la mirada y sin pestañear le soltó: “Pues yo soy azafata de Iberia y le aseguro que en el avión de las 20.30 no va a subir y ya veremos si sube en el de las 21.30”. Mientras en su frente, un neón inexistente decía: “¡No te me pongas chulo que te dejo en tierra!”.

Entrevista con el padre

Llegamos a Madrid tras superar varias peripecias, que mejor no contar. Pasamos la noche buscando testigos del accidente y visitando la discoteca a la que se dirigía la joven atropellada. A la mañana siguiente, fuimos a visitar a su padre. Nos recibió en su casa, compungido. Su hija aún estaba en el depósito.

Yo intenté ser amable y comprensivo. Le pregunté cómo había ocurrido el atropello y el hombre me dijo que su hija iba a la discoteca como cada viernes por la noche y caminaba por el arcén con unas amigas cuando el coche oficial la alcanzó y la mató.

El momento más crítico

Y entonces pasó. Carlos no se pudo reprimir y le lanzó al dolorido padre en su propia casa: “¿Pero a quién se le ocurre dejar ir a la niña andando a la discoteca?”. El hombre comenzó a balbucear. Yo saqué de la casa a Carlos y me deshice luego en disculpas con el padre. “Está nervioso. También tiene una hija., No ha dormido…”, le dije. Todo lo que se me ocurrió.

Volvimos a Barcelona ese mismo día casi sin hablarnos. No hubo más incidentes, aunque yo comencé a conocer con quién tenía que evitar compartir los reportajes de ahí en adelante.

23 febrero 2007

"¿DÓNDE ESTÁ EL MUERTO?", GRITÓ CARLOS

El día que nos llamaron a la Redacción para avisarnos de que habían apuñalado al dueño de un bar del Casc Antic, podría haber sido el último de mi existencia. De entrada, tuve la desgracia de que aquella noche Carlos (nombre supuesto, para no ofender) fuera el fotógrafo de guardia.

Bajamos la Via Laietana en su flamante moto BMW. Yo, de paquete. Sin que me diera cuenta, se saltó el primer semáforo en rojo. Parecía que éramos nosotros los de la ambulancia. Cuando se disponía a cruzar también en rojo los siete carriles de la Gran Via tuve que gritarle que, si no paraba, saltaría de la moto en marcha.

Entrada triunfal en el bar

Al llegar al bar, había varios policías interrogando a los testigos en la calle. Dentro, sentada en una silla, una mujer recibía consuelo de un par de personas. Carlos, presa de su propia excitación profesional, desenfundó la cámara y se puso a gritar: "¿Dónde está el muerto? ¿Dónde está el muerto?".

Nunca olvidaré el grito desgarrador que dio la mujer: "¡Mi marido ha muerto! Ahhhh". Y los policías se miraban confundidos entre ellos y nos repasaban al fotógrafo y a mí con cara de odio. "Pero si no ha muerto, señora", intentó aclarar uno de los agentes.

Se acabaron las fotos. Nos sacaron del bar y nos identificaron. Nos tuvimos que volver de vacío a la Redacción sin otra historia que contar que la nuestra, que aún no había terminado...

La llamada

La noche siguiente, sonó mi teléfono. "Hola. Soy el muerto", me dijo una voz, justo antes de ametrallarme con insultos. Su mujer y su hijo le habían explicado el numerito del bar, mientras él estaba convalenciente por una herida de arma blanca en el hospital.

Yo sobreviví y Carlos sigue haciendo fotos como si nada. Volvimos a tener sustos. Tantos, que ya no quiero hacer más reportajes con él. Os los contaré en próximos posts. Seguro que entonces me entenderéis.

12 febrero 2007

FOTÓGRAFA DE BODAS

Siempre había pensado que la faceta profesional más dura del fotógrafo era la de los reportajes de bodas, bautizos y comuniones. Pero mira por donde que acabo de descubrir que esta actividad puede tener su parte divertida. Tanto es así, que estoy cuestionándome si comprar una Nikon digital de las buenas y anunciarme como reportero de eventos sentimentales. Seguro que después de ver este vídeo vosotros pensáis lo mismo.