08 febrero 2009

UN SOPLO DE VIDA


Cuando con apenas 18 años estaba en Cruz Roja del Mar nunca imaginé que me tocaría salvar una vida en la playa. De hecho, siempre había tenido un cierto miedo al agua. Creo que se debía a la mucha que tragué en los horribles cursillos de natación cuando era niño en las Piscinas Picornell. Con apenas 8 años, el profesor te tiraba al agua y tenías que espabilarte... Aquel trauma posiblemente fue paradójicamente el que me animó a enfrentarme a la playa con otra mirada.

Me apunté de voluntario de vigilante de la playa en Castelldefels, realicé varios cursillos de socorrismo y salvamento acuático y, los fines se semana, me ponía mi bañador rojo al igual que mis compañeros y nos repartíamos en los diferentes puestos de socorro.

Ya me habían explicado que la hora crítica comenzaba a partir de las 4 de la tarde. Con la paella en el estómago y empujados por el calor sofocante siempre había quien se atrevía a retar los cortes de digestión arrojándose a las olas. Si a eso añadimos que la playa de Castelldefels normalmente no cubre hasta que la rompiente forma una zanja traicionera, el susto, y algunas veces el drama, está servido.

La playa estaba semivacía

Aquella tarde estábamos tres compañeros en 5-1, el puesto de socorro más cercano a Les Botigues de Sitges. Ya habíamos comido y teníamos ganas de cerrar. Eran las 5. La playa estaba semivacía. De repente, a lo lejos, vimos que los pocos bañistas comenzaban a desplazarse desde todos los sentidos a un mismo punto en la orilla, a unos 300 metros de donde estábamos. No fue necesario que nos avisaran por la emisora. Una acumulación de gente en la arena es ya un signo de alerta. Fernando y yo cogimos corriendo la camilla y el botiquín y corrimos hasta la orilla.

Tenía unos 5 años y estaba cubierto totalmente de arena. Nos costó hacernos un hueco entre los familiares, amigos y curiosos. El pequeño estaba ya un poco azulado y Fernando, mucho más vereano que yo, le limpió la boca y comenzó a insuflarle vida mientras me pedía que comenzara el masaje cardíaco. Cinco empujes en el torax y y una respiración, cinco y una, cinco y una... Y las voces se iban apagando. Y las olas enmudecían. De repente, un primer latido imperceptible, una tos, un pequeño vómito, un temblor... Los padres se abrazaron llorando mientras sus gemidos de emoción se fundían con la monótona cadencia de la ambulancia que se acercaba.

Susto de camino al hospital

Ya dentro de la R-12, Fernando se subió de copiloto y yo me quedé detrás con el niño, al que ya le habíamos puesto la mascarilla de oxígeno. La radio nos avisó de que en el Hospital de Bellvitge nos estaban esperando. Aquel trayecto, de no más de 20 minutos, se nos hizo interminable. Sobre todo cuando, a medio camino el pequeño dejó de respirar. Grité a mis compañeros que pararan la ambulancia y me ayudaran, auque enseguida me acordé de que a veces basta con subir un poco el cuello y echar la barbilla hacia arriba para abrir la vía respiratoria. Y el niño volvió a respirar y su pequeño pecho, a moverse.

Al llegar a la puerta de Urgencias, seis personas con batas blancas y verdes nos estaban esperando. Cogieron la camilla entre todos y el pequeño desapareció por un largo pasillo. Fernando y yo no nos dijimos nada. Pero ambos cruzamos mentalmente los dedos. El regreso al puesto fue triste pero esperanzado. No sabíamos cómo se llamaba el niño, ni volvimos jamás a preguntar por él. Ignorábamos si habíamos actuado todo lo bien que debíamos, si nos habíamos dado cuenta del accidente a tiempo, si fuimos lo suficientemente rápidos...

Gratitud

Aquella amarga incertidumbre se disipó al cabo de dos meses. Casi al final del verano un hombre se acercó a 5-1, donde ni Fernando ni yo estábamos de guardia. Le dijo a nuestros compañeros que su hijo estaba vivo y que no había sufrido secuelas por la hipoxia (ausencia de oxígeno en el cerebro). Quería darnos las gracias por haberle salvado.

Esta es la única vida que he resucitado. Jamás podré olvidarlo. Tengo claro que el mérito no fue mío, ni de Fernando. Otros hacen los mismo cada día en miles de lugares. Voluntarios o profesionales. Siempre hay alguien dispuesto a mezclar su aliento con el de un desconocido para ahuyentar la inoportuna muerte, más irracional todavía cuando intenta apagar la mirada de un niño.

04 febrero 2009

A LA CAZA DE CLINTON EN BCN


Al director adjunto del diario le habían dado un soplo: el expresidente de EEUU Bill Clinton iba a cenar en un restaurante de la Barceloneta. Y además, el periódico de la competencia tenía una entrevista exclusiva con él (de pago, claro). "Hay que reventarles el tema", pidió el jefe de turno. Y nos pusimos en marcha.

Dos fotógrafos y yo nos colocamos en las inmediaciones del restaurante, en el paseo de Joan de Borbó. Eran las ocho de la tarde. Los tres periodistas nos separamos. Si los agentes del Servicio Secreto nos veían juntos, podrían intentar evitar que nos abalanzáramos sobre Clinton. Era una cena privada y no necesitaban testigos. Vimos a esos agentes en todas partes: dos negros super cachas con ropa de marca que corrían juntos por el paseo, un hombre de más edad leyendo un periódico en un banco frente al restaurante, una joven que hablaba por teléfono sin cesar en la única cabina a la vista... de tanto en tanto, los fotógrafos me iban llamando y yo a ellos.

Debíamos seguir al acecho hasta que llegara el objetivo. Pasó una hora y allí no aparecía nadie. El restaurante seguía casi vacío. Ni limusina, ni despliegue policial, ni nada. Y los supuestos agentes del servicio secreto o se habían esfumado o habían cambiado de disfraz. Y nosotros seguíamos ahí, ahora muertos de hambre. Por suerte, había un restaurante chino un poco cutre que lindaba con el del expresidente. Decidimos repartirnos. Mientras dos cenábamos , el tercero estaba de guardia, vigilando. En cuanto nos avisara el vigía, dejaríamos la mesa e iríamos a interceptar al 'One'. Tuvimos que pagar la cena en cuanto nos la sirvieron para que, si nos íbamos corriendo, nadie saliera corriendo detrás nuestro. Al que estaba de guardia incluso le pasamos la cerveza a través de la jardinera que nos protegía del paseo para pasmo de la camarera asiática, que no dejaba de sonreír como si no fuéramos los únicos alienígenas que aterrizaban en la terraza de su local.

La llamada providencial

Se hicieron las 10 y todo seguía igual. Evidentemente, Clinton no iba a cenar ahí. Un poco contrariados, llamamos a la redacción y les dijimos que volvíamos. Antes, sin embargo, patrullamos con el coche por algunos de los restaurantes más conocidos en busca de la comitiva presidencial estacionada en el exterior con el mismo pésimo resultado.

Ya en la redacción, casi las 11 de la noche, sonó el teléfono de la sección. "¿Está Sandoval?", dijo una voz. "No, no trabaja aquí", le contesté. "Mire es que le llamo del Botafumeiro", añadió. Y estallaron chispas. "Oiga no me dirá Vd. que Clinton está cenando ahí?". "Sí por eso llamo". "No se preocupe por Sandoval (que trabaja el el diario de la competencia) que nosotros ya vamos para allí", le solté.

Cuando llegué al Botafumeiro, un flamante todo terreno blanco con cristales tintados brillaba en la puerta, entre varios coches oficiales. Junto a la fachada, varios agentes con pinganillo orejil incluido, miraban de un lado a otro de la calle. "Primer filtro", me dije mientras caminaba hacia ellos. Me miraron, solté un 'Bona nit' y entré. Me senté en la barra y pregunté por Clinton. El y sus amigos, catalanes y americanos, estaban en el piso superior.

En chancletas

Llamé al diario y pedí que me enviaran a un fotógrafo lo antes posible. Hasta que caí en que, si venía mi amigo Álvaro, el mismo que había estado conmigo tras las plantas del chino, podríamos tener problemas. Y no porque dudara de su profesionalidad, que supera la excelencia, sino porque yo mismo cuestionaba que sus chancletas de goma, de esas que dejan ver los dedos al desnudo, fueran una buena tarjeta de presentación para entrar allí sin llamar la atención del ejército de escoltas de los distintos perímetros de seguridad.

Mientras me preguntaba cómo entraría Álvaro, oí un "hola" en mi espalda. Y allí estaba él, sin afeitar, con tejanos y con sus inseparables chancletas de goma de los deditos a la vista. "¿Cómo has conseguido pasar?", le dije. "Muy fácil. Les he saludado y ya está", me dijo refiriéndose a los agentes del Servicio Secreto. Pese a que me quedé unos instantes en estado de shock, nos pusimos a diseñar la estrategia de cómo asaltaríamos a Clinton.

La última pregunta

El camarero al que había pedido información me avisó. Y al cabo de unos instantes unos gigantescos policías comenzaron a abrir camino al ex presidente y su séquito. Al pasar a nuestro lado le solté un "Mr. Clinton, please!". El se giró, sonriendo, me miró y mientras Álvaro disparaba su cámara, yo aproveché para formularle varias preguntas que abrí con un "Do you like BCN?" para romper el hielo.

Todo fue muy bien hasta que toqué un tema tabú, el despliegue de tropas de EEUU en Irak. Y entonces, sólo entonces, Clinton dejo de sonreír y una mano enorme empujó mi pecho, me levantó por los aires (creí que levitaba) y apenas pude ver como el expresidente, cada vez más pequeño, se alejaba de mí a la misma rapidez con la que yo lo hacía involuntariamente de él. Entrevista concluida y exclusiva lograda. Dos páginas de vuelta a la redacción. Y de aquel momento glorioso quedó la foto que encabeza este 'post'. Ah, y el diario de la competencia nunca publicó la entrevista y creo que fue porque yo respondí la llamada equivocada.

21 junio 2008

LOS MIL Y UN RODEOS DEL 112 Y EL HOMBRE COLGADO

Me ha pasado hoy mismo. Circulaba por la autopista de entrada a Barcelona cuando de repente, al pasar bajo uno de los puentes de la C-31, delante mío observé medio cuerpo de un hombre colgando del alféizar del paso elevado. ¡Ahhhh! Tenía que pasar por debajo y en apenas un segundo decidir si frenaba, si esquiaba el espacio destinado a su caída o si cerraba los ojos y aguantaba firmemente el volante como aconsejan hacer cuando te encuentras un animal en la calzada.

Cuando medio me decidí, ya había pasado por debajo de las piernas colgantes que aún no habían caído a la calzada. Y al mirar por el retrovisor vi que se trataba de un muñeco de tamaño natural (tipo muñeca hinchable o maniquí de escaparate). Posiblemente, se trataba el anuncio de una despedida de soltero o, peor aún, la amenaza a un empresario sin escrúpulos.

Vericueto de llamadas

Las piernas colgantes podrían causar una tragedia. Por eso me animé a llamar al 112. La primera complicación fue explicarle al telefonista lo que había visto y que resultara convincente, pero más lo fue detallar el lugar exacto del suceso, una zona en la que se unen dos términos municipales (Sant Adrià de Besós y Barcelona) y en la que cambian las competencias policiales (Mossos d'Esquadra en el primer caso y Guardia Urbana en el segundo).

Media hora después aún recibí una nueva llamada de la Guardia Urbana para que les explicara qué había pasado y, sobre todo, dónde estaba el muñeco colgado para ir a retirarlo. "Pero si ya se lo he dicho al 112 y después a los Mossos", les dije. "Sí, pero es que la información no nos ha llegado muy bien". Y vuelta a empezar con el increíble relato. "Muchas gracias y ahora mismo enviamos una patrulla", me contestó casi 40 minutos después de mi primera llamada.

Mirada al cielo

Menos mal que se trataba de un muñeco y no de un suicida de verdad pués éste no habría tenido la posibilidad de negociar un arrepentimiento con la policía o de pactar una caída suave sobre la colchoneta de los bomberos. Aunque ignoro si algún conductor más vio las piernas y provocó un accidente al reaccionar impulsivamente.

"Lo que te pasa a ti es que todos miran adelante cuando conducen en la autopista y sólo tú miras hacia arriba", me dijo un compañero periodista cuando le conté lo que me acababa de ocurrir. "Será eso", le contesté, convencido de que para tirar adelante hay que saber verlas caer.

10 octubre 2007

UNA BOMBA PARA EL MUSEU OLÍMPIC



Sucedió hace apenas unos meses. Barcelona estaba a punto de inaugurar el flamante Museu Olímpic. Tenían que venir los Reyes, invitados por Samaranch y el alcalde de Barcelona, al nuevo edificio, excavado literalmente en la tierra de la montaña de Montjuïc, junto al Estadi Olímpic cuyo pebetero inmortalizó el arquero Rebollo en la inauguración de los Juegos de 1992. (Ufff ya han pasado 15 años)

Cuando me llamó M. para pedirme que le ayudara a llevar una bomba al Museo Olímpic, no me lo pensé dos veces. Y no porque yo fuera un terrorista, sino porque me moría de curiosidad de ver cómo eran esos artefactos de la Segunda Guerra Mundial.

Entrega con papeles

Cuando llegamos al castillo militar de Montjuïc, a apenas dos kilómetros del Museo Olímpic, nos esperaba un oficial del Ejército vestido de civil. Nos mostró la bomba, que cogí cuidadosamente entre mis brazos como si se tratara de un bebé, mientras M. firmaba los documentos que permitían sacar de allí el artefacto, sin explosivo ni detonador, claro.

Lo colocamos en el maletero de mi flamante Scénic y nos dirigimos al Museu. Cuando íbamos de camino, avisaron a M. de que no podíamos dejar el artefacto en la sala de exposiciones, pues decenas de trabajadores estaban dando los últimos retoques a sólo dos días de la inaguración real. La orden fue llevar la bomba al vecino Estadi Olímpic, donde se había improvisado un almacén.

El primer vigilante nos dejó acceder al recinto, ignorando lo que llevábamos en el maletero. "Es un objeto para el museo", dijimos.

Chóferes y escoltas

Cuando aparcamos el coche en una de las puertas laterales del Estadi, nos sorprendió ver un grupo de cuatro coches oficiales con chóferes y supuestos escoltas hablando entre ellos. Cuando me vieron con la bomba entre las manos (que casi parecía de tebeo por su tópica forma) comenzaron a señalarnos y hablar entre ellos. Y yo disfrutaba de lo lindo sujetándola con mis manos y llevándola como si nada hubiera pasado hasta el almacén del Estadi.

Cuando ya por la tarde llegué a la redacción me enteré de que los coches oficiales eran de distintas personalidades catalanas e "israelís" ya que esa misma noche un equipo de fútbol de ese país iba a jugar un partido en el Estadi.

Sin disparos

Menos mal que los agentes del Mossad todavía no habían tomado posiciones en el campo, pues ahora me pregunto si, al verme con la bomba oxidada en los brazos, habrían tenido la delicadeza de preguntar antes de disparar.

Aunque a decir verdad el único disparo que tanto M. como yo lamentamos no haber hecho aquella mañana fue el de la cámara digital para inmortalizarnos juntos con aquella histórica bomba.

31 julio 2007

DOS DORMITORIOS PARA UNA MISMA PAREJA


Acabo de leer un reportaje en el que aseguran que la mitad de los berlineses viven solos, es decir, sin pareja. Hogares únicos. Y que la tendencia va en aumento. Por eso, aseguran, las webs de contactos (para conocer pareja, que no exclusivamente sexuales) están en auge.

Una compañera de trabajo me acaba de comentar que ella no lo entienden. "¿Cómo es posible que tanta gente viva sola?", se pregunta. A mí también me cuesta comprender que haya personas dispuestas a vivir sin más compañía que sus paredes, sus pertenencias y, en el mejor de los casos, algún perro, gato, pez o hámster.

A por el piso

Me acuerdo de una amiga que estaba preparando su boda. Tras llevar un montón de años de soltera, por fin se decidió a compartir su vida con alguien. Y ahí empezó uno de sus problemas. Me contó las dificultades que tenía para encontrar un piso de cuatro dormitorios en el que meterse con su flamante novio.

"¿Cuatro dormitorios?", le pregunté. "Pero ¿cuántos niños pensáis tener?".

"No sé. Uno o dos", me contestó.

En mis pupilas se formaron dos gigantescos interrogantes por lo que, antes de que me atreviera a abrir boca, ella me aclaró:

"Dos de los dormitorios son para mí y mi pareja. Uno, para utilizarlo aquellas veces en las que apetece dormir juntos y hacer cosas. Pero también hay noches en las que yo prefiero dormir sola. Para eso quiero el segundo dormitorio".

Y me lo dijo, con una sonrisa, absolutamente convencida. ¿Secuelas de una soltería prolongada? ¿Miedo a una inmersión total con su pareja? ¿Demasiado egoísmo? ¿Un exceso de sentido práctico?

Víctima desconocida

No pude evitar imaginarme a su entonces novio, a quien también conozco, mirando desde el comedor las puertas de dos de los cuatro dormitorios, intentado descubrir cuál le tocaría esa noche y si, por fin, iba a tener derecho a roce.

Por suerte, nunca se llegó a casar con él. Aunque sí con otro novio posterior al que afortunadamente nunca conocí. Aunque tal vez le distinguiría en una rueda de reconocimiento por su semblante triste y resignado.

27 julio 2007

HUMILLADO EN UN AUTOBÚS NOCTURNO


Acababa de salir de trabajar, a las 2 de la madrugada. Cogí mi bicicleta en la misma puerta del periódico y me fui a toda prisa por el carril bici hasta la plaza de Catalunya para coger el autobús nocturno.

Es un vehículo largo, que dispone de una gran plataforma central en la que se pueden colocar dos sillas de ruedas o varias bicicletas. Le hice una señal al chófer quien, al verme, abrió la puerta de atrás para que subiera mi bici. La até como siempre a la barra, para que no volcase, y me dirigí a fichar con mi tarjeta multiviaje. Después, como siempre, me senté, abrí el libro de Murakami y me sumergí en el fascinante Kafka en la orilla hasta que oí:

- "Eh, tú. La bicicleta, abajo".
- "¿Cómo?"
- "Que las bicicletas no se pueden llevar en el autobús".

No entendía nada. Por un momento dudé de que hubiera sido un bucle temporal generado por la novela el que me colocaba de frente a la ficción. Pero el chófer del autobús, plantado delante de mí con los brazos en jarras, no parecía sacado de la pluma del autor de Tokio blues.

- "Pero yo siempre la he traído", insistí yo.
- "Ya. Pero las normas han cambiado".

Todos los pasajeros, una decena, me miraban incómodos. Como yo, esperaban llegar pronto a casa tras una larga jornada de trabajo.

- "Al menos déjeme que la ate y vuelvo a subir".
- "Yo no me espero", me dijo el muy...

Cuando bajé, empecé a empujar mi bicicleta, pensando en cómo volvería a casa de madrugada (está a unos 25 kilómetros). Estaba tan indignado que al pasar por delante del conductor levanté mi brazo con un gesto de desprecio tipo 'vete a la m.'

La agresión

Y sucedió. El chófer frenó el autobús, abrió las puertas, se quitó las gafas, se las puso en el bolsillo delantero de su uniforme y me soltó una especie de colleja frontal en el ojo al grito de "gilipollas" mientras me espetaba:
- "Pégame, venga, pégame".

No pude pegarle. Me quedé petrificado. Y vi en cámara lenta interminable cómo cuatro viajeros bajaban y cogían por los brazos al conductor y lo empujaban hacia el autobús. Una mujer aterrada me gritó:
- "Váyase, váyase".

Apunté la matrícula y llame a la policía. Me invitaron a ir a una comisaría a denunciar. Y así lo hice. Lamenté no poder presentar lesiones. Tan sólo la varilla de mis gafas un poco torcida y la asquerosa huella de la palma de la mano del energúmeno autobusero impresa en mi cristal de miope.

Dolor íntimo

No les pude mostrar la secuela de la humillación, el quejido de mi dignidad, el dolor de saberme golpeado por un desconocido prepotente.

Tras poner la denuncia y estampar en ella mi firme me tocaba volver a la parada del autobús nocturno. Eran ya las 4.30 y volvería a ser el mismo conductor (pasan por los mismos puntos cada dos horas). Y les pregunté a los policías que qué hacía si me lo encontraba.

- "Iremos a la parada a esperarle y así, de paso, le tomaremos los datos para la denuncia", me dijeron.

Cuando llegué a la parada me encontré el coche de policía en contradirección y atravesado frente al enorme autobús amarillo. En su interior, dos policías hablan con el chófer. Me relamo las heridas invisibles y me acerco. Primero me mira él. Luego los policías. Y con gusto les digo: "El es el que me pegó".

Uno de los policías baja y me pregunta el nombre. Añade que ya lo sabe todo, que le han llamado de la central y que ahora están tomando los datos al conductor. Y me invita a irme.

Deseo de justicia

Tuve que esperar hasta las cinco de la mañana para coger el primer tren de la mañana. Pero me fui convencido de que aquella colleja frontal no iba a quedar impune y fantaseé con que yo mismo le iba a susurrar aquel insulto al chófer cuando nos encontremos en el juzgado.
Y cuando el juez me pregunte si pido alguna indemnización, le diré: "¿Por cuánto dinero dejaría usted que le dieran un bofetón y que le insultaran?"

No soy vengativo ni reconroso, pero tampoco soy imbécil.

10 julio 2007

YA TENEMOS LOS PASAPORTES



Lo conseguí. Mis hijos ya tienen pasaporte y DNI (bueno, el DNI aún tardará cinco semanas). La verdad es que no me lo puedo creer. Cuando me enteré que este mes de julio todas las comisarías están desbordadas con los pasaportes recurrí a mis contactos para ver si me colaban de alguna forma.

Sabía que había una comisaría en Barcelona donde a los periodistas nos podían hacer el pasaporte en un plisplás. La idea es buena. Si surge un conflicto, digamos, en Yemen, y hay que salir pitando, la policía nos hace el pasaporte en apenas unas horas y sin colas. De ahí, a presentarse con la familia entera a hacerse los pasaportes sólo va un mini paso.

Pero aunque intenté usar mi privilegio, me lo denegaron :-(

Sin enchufe

Ya sé que algunos pensaréis que me está bien, que por qué los periodistas deben tener ventajas, etc. Pero si vosotros estuvierais en mi lugar seguro que habríais intentado lo mismo.

Pero el intento de colarme me salió rana primero porque ahora las comisarías catalanas son de Mossos d'Esquadra y estos, además de no casarse con nadie, encima no hacen documentos nacionales de identidad. Y son las comisarías de la casi extinta Policía Nacional las que prácticamente se limitan ahora a hacer carnets y pasaportes.

Horario de verano

Además, los nacionales, los muy astutos, en julio hacen horario de verano. Las dos comisarías que el resto del año permiten en Barcelona hacer el pasaporte por la tarde, en verano no lo hacen. Y eso que julio es el mes en que más pasaportes se expiden, entre otras cosas porque es cuando más gente viaja. Pero parece que les da igual.

A lo mejor es que añoran aquello de volver a tener las comisarías repletas de gente, aunque no sea de delincuentes. O quizás es que quieren provocar, porque en Catalunya están perdiendo competencias y poder...

El caso es que tienes que presentarte a las 8 de la mañana en la comisaría, hacer cola en plena calle durante una hora y a las nueve en punto sale un agente que reparte números de tanda, como en el súper. Eso sí, no puedes doblar el cartoncito que te entregan (así les cunden más).

Comienza la cuenta atrás

El policía que me entregó los números (66, 67, 68 y 69 ¡vaya!) me dijo que podía volver a las 10.15, pero si perdía la tanda, debería volver a coger números otro día. Total que me fui corriendo a casa, saqué a mis hijos de la cama y literalmente los arrastré hasta la extinta inspección de guardia para hacernos con el deseado documento.

Una vez en el vestíbulo de la comisaría, decorado al rancio estilo de Cuéntame, el goteo de carnets y pasaportes era suave pero constante, hasta que dieron las 11 de la mañana. A partir de ese instante el tiempo se detuvo. Entramos en lo podría llamarse la dimensión desconocida.

A mí ya me pareció sospechoso que durante una hora no nos llamaran a nadie. Todo se atascó en el 48. Ya podría haber sido en el 69 (porque era mi número, malpensados)... Pero al cabo de ese larga hora de quietud vi como por la puerta de atrás iban regresando las funcionarias bolso en ristre. No venían del lavabo, todas juntas, no. ¡Habían ido a desayunar! Faltaría más.

En el ansiado mostrador

Fue a las 13.20 horas cuando gritaron (es un decir) nuestros números. Ya en le mostrador, cuando la satisfacción del objetivo logrado rezumaba por todos los costados, comienza el cuestionario. Me piden certificado de empadronamiento, DNI, libro de familia, fotos, copia literal del Registro... ¡Lo llevaba todo!. La funcionaria pareció contrariada por mi eficacia, pero yo me las sé todas.

Entre otros trámites me hicieron firmar una autorización para que mis hijos tuvieran pasaporte en la que me preguntaban mi profesión y el estado civil (creía que estaba prohibido pedir esos datos). Luego comprobé, al poner la fecha, que el documento era de 199_. Y lo entendí todo. No modernizan ni los impresos.

El documentado precoz

Luego metieron las fotos y los papeles en una máquina, comprobaron absolutamente todo, me advirtieron de que si había algún error y no lo veía en ese momento, la responsabilidad sería mía ¡encima! hasta que, a las 14.15 horas (seis horas después de mi llegada), mis hijos y yo salimos sonrientes (es otro decir) de la comisaría con los pasaportes en el bolsillo.

En el mostrador vimos a un matrimonio jovencísimo que quería hacer el carnet a su niña ¡¡de un mes !!. Casi la ponen perdida al untar el mini dedo en tinta. Yo creo que los padres pretendían ahorrar a la pequeña el trámite de hacerse el documento de mayor.

Vamos, como cuando a las niñas les hacen el agujerito en las orejas nada más nacer. "¡Así de mayor no le dolerá!". Y la recién nacida, como no puede hablar, se limita a llorar y a intentar olvidar.

03 julio 2007

VUELVA USTED DENTRO DE CUATRO DÍAS



Hay cosas que nunca cambian, sobre todo en lo que respecta a la Administración. La semana pasada quise tramitar el carnet de identidad para mis hijos y comprobé que eso de la ventanilla única y el acceso online al todo poderoso Estado es una utopía.

En la comisaría de policía me dicen que para tramitar el DNI debo volver a las ocho de la mañana y coger número para ese mismo día. Imposible hacerlo de otro modo. Pruebo de cambiar de comisaría, pero en todas pasa lo mismo: están saturadas en verano.

Me explican que debo llevar dos fotos, un certificado municipal de empadronamiento y, ahora viene lo bueno, una "certificación literal de nacimiento" que tengo que recoger en el Registro Civil de la ciudad donde nacieron mis hijos.

80 personas delante

Al día siguiente, llego al Registro Civil dispuesto a despacharme el trámite en 10 minutitos de nada, pero descubro horrorizado dos cosas: que delante mío hay 80 personas esperando y que hay que presentar el Libro de Familia si se quiere pedir la partida de nacimiento.

"¿Libro de familia? Pero a mí nadie me ha dicho nada", le digo a la mujer que va delante y me muestra su libro azul toda orgullosa. "Pues lo tiene mal", me dice la señora mientras me señala uno de los múltiples carteles que empapelan la sala (uno de los cuales aparece en la foto superior).

Me resisto a marcharme y volver mañana, como Lara, y espero mi turno. Cuando llega, me abalanzo sobre la funcionaria, después de que ella y sus compañeras hagan un receso para firmar la tarjeta de felicitación para un compañero. Le suplico que me admita la solicitud, que no puedo volver otro día, y descubro entonces que el Libro de Familia no es obligatorio, aunque facilita las cosas. A ellos, claro.

Pido el certificado, pero la funcionaria me indica, con cara de tedio, que para recogerlo debo volver dentro de ¡¡¡ cuatro días !!!. En otro mostrador, claro.

Fotocopia con tampón

Me voy al pueblo y me resigno a regresar dentro de esos cuatro días. Cuando lo hago, me pongo en una cola distinta, la de recogida de partidas de nacimiento. Allí me entregan las dos fotocopias, pero justo después de que una mujer suplique que la deje colar. Explica a la única funcionaria, y a todos los que esperamos, que ha ido a la comisaria y le han dicho que su certificado-fotocopia no sirve, porque le falta el sello que indica que esa copia sólo puede ser utilizada para hacerse el DNI. No vaya a ser que a alguien le de por empapelarse la habitación...

Yo, asustado, escruto mis dos certificados y compruebo aliviado cómo los dos papeles llevan el minúsculo sello en tinta azul.

Ahora sólo espero no tener más problemas cuando los presente en la comisaría. Aunque no sé cuando será. Trabajo de noche, por eso soy Luciérnago, y dudo que pueda estar a las ocho de la mañana en la policía para coger número. Igual un día al salir del periódico. Hasta me podría llevar un saco de dormir y un termo con café...

20 junio 2007

ME EXPULSARON DE UN TAXI


Casi todo el mundo ha tenido alguna experiencia vital interesante con un taxista. Los hay que ejercen de psicólogos, de asesores financieros, de confidentes, de detectives, de kamikaces, de comadronas y hasta de policías. Seguro que habría muchísimas historias apasionantes que escribir sobre este colectivo. Pero también las hay cafres, como ésta.

Caía una tromba sobre Barcelona. El agua resonaba en el tejado de la redacción y el subdirector de información se puso nervioso. Como en otras ocasiones a mí me tocó salir a la calle y hacer un reportaje. Pretendía que recorriera toda Barcelona en pleno aguacero para explicar cómo sobrevivía la ciudad a semejante inundación.

Y es que una cosa es lo que se piensa dentro de la redacción sobre lo que sucede ahí fuera y otra muy distinta lo que uno se encuentra. Vamos, que llovía, pero tampoco era para coger una zódiac.

A por los peores atascos

Paré un taxi en la anchísima calle de Aragó, que estaba casi colapsada de vehículos a causa de la tormenta y del apagón inevitable de semáforos. Cuando me senté en el asiento trasero le solté al conductor mi increíble petición: "Hola. Lléveme por favor a los sitios donde haya más problemas de tráfico y de lluvia".

Yo creo que el taxista debió de pensar que yo estaba loco o que me había tocado el Euromillones y quería fundirme el premio en una interminable carrera de taxi.

Y justo antes de que enfilara hacia el instituto psiquiátrico hice algo que casi nunca hago por si las moscas y que es revelarle mi condición de periodista. "Verá -le dije- es que me han encargado un reportaje y por eso tengo que ir a los sitios donde haya más problemas con el agua. Pero no se preocupe por la carrera que se la pago igual".

La pregunta clave

"¿Y dónde me ha dicho que trabaja?", me preguntó el muy chafardero, con cierta malicia porque yo no se lo había mencionado ni pensaba decírselo. Pero acorralado por la pregunta le contesté el nombre de mi periódico.

¡Dios mío! Menudo frenazo. El vándalo frenó de repente en medio de la calle y me gritó: "Bájese ahora mismo de mi coche. Yo no llevo a nadie de su periódico".

"Pero, oiga, si está diluviando", le contesté justo antes de preguntarle por el motivo.

"¡Que te bajes!", me soltó.

"Pues tendré que apuntar la matrícula y denunciarle", le solté, pero él ni se inmutó.

Yo me quedé en medio de la calle, notando como el agua comenzaba a anegar mis tobillos y con la boca abierta por el alucine de un reservado el derecho de admisión en vehículos que desconocía. Hasta me miré los calcetines, por si los llevaba blancos, como en las discotecas.

60 euros de nada

Como soy un hombre de palabra, denuncié al taxista. Y al cabo de un tiempo recibí una carta en la que me informaban que le habían abierto un expediente. El tipo ni siquiera presentó alegaciones y tuvo que pagar una sanción de 60 euros.

Sobre las causas de aquel suceso, sólo he podido imaginarlas. Nuestro diario ha denunciado manipulaciones de taxímetros, abusos a turistas, cobros de comisiones en restaurantes y hoteles, mafias en el párking del aeropuerto... Y claro eso no le ha gustado a algunos.

"Pues menos mal que no te partió la cara", me dijo un compañero, ya en la redacción. Pues eso, menos mal.

16 junio 2007

¿QUÉ PASA CON LOS CUARENTONES?



Indignado. Perplejo. Conmocionado. Irritado. Enojado. Cualquiera de estos calificativos sirve para mostrar mi estado de ánimo después de que el otro día quisiera darme de alta en la web PubliTV, que ofrece la posibilidad de bajarte buenos vídeos de anuncios televisivos.

Hasta aquí todo bien. El siguiente paso, y ahí vino el problema, es el de registrarte. No es que pidan más datos de la cuenta (país, código postal, sexo, email, ocupación, sector (de la ocupación) y, tachán tachán, EDAD). pero es en ese último ítem donde comienzan los problemas.

Activas la pestañita y aparece un scroll con todas las edades ordenadas de menor a mayor y en fila. La primera opción es -17 (o sea, menor de esa edad). Después con el marcador azul y dirigido por la flechita del ratón vas bajando: 18, 19, 20, 21, 22 ... 32, 33, 34 ... y, de repente, llegas a 41 y después, requete tachán, +41.

Y es que no hay más. Los mayores de 41 años van a parar a la misma estadística. En PubliTV da lo mismo que tengas 42, que 64, que 78, que 86.

Algunos tienen ventajas

Es como aquello de los mayores de 65, quienes al menos por entrar en ese grupo tienen algunas ventajas por ser jubilados: no pagan medicinas, gozan de descuentos en museos y hasta tienen prioridad para sentarse en algunos sitios.

Yo, como ya habréis intuido, soy 41+. Y por poco ¿eh?. Nací en 1962. Por eso me parece totalmente injusto que arrinconen a los cuarentones al final de la estadística.

A lo mejor el administrador de PubliTV piensa que los mayores de 41 no accedemos a internet, o no somos representativos, o no contamos nada. Salvo años, aunque al parecer ya ni eso.

Al menos, dicho queda.

12 junio 2007

FUEGO EN EL CRUCE


Iba a clases de narración oral, o de contar cuentos, o de hablar en público, o de seducir con la palabra, o de atrapar con el verbo... Y la profesora, la experta narradora chilena afincada en Barcelona Numancia Rojas, nos propuso un ejercicio de observación humana.

Debíamos fijarnos en alguna de las personas con las que nos cruzáramos en la calle y mirar detenidamente sus gestos, sus rostros, sus movimientos para deducir quiénes eran y adónde iban, algo de lo que muchos a veces ni intuimos sobre nosotros mismos.

Estaba en la esquina de las calles Nàpols y Consell de Cent, en Barcelona. Eran las 8.45. Quedaban 15 minutos para subir al taller de narración oral y yo tomaba un café en la granja que hay en el cruce. Y entonces le vi.

Alto, fuerte, pelo largo, negro y algo rizado. Lo descubrió al quitarse el caso integral de su moto de gran cilindrada, que dejó sobre el asiento. Se sacudió la melena con la mano. Y miró el reloj mientras oteaba hacia un lado de la calle. Ese detalle me activó las alertas.

Esbelta, elegante, rubia

Pagué mi café y salí a la calle. El seguía allí, esperando. De repente, hizo un ademán un poco más brusco de lo que se podría considerar normal a esas horas de la mañana. Miré yo en la misma dirección que él y la vi.

Unos 40 años, esbelta, elegante, rubia. Caminaba como quien avanza esperando estrellarse con algo o alguien. El deseo emanaba de sus apresurados pasos, que a su vez trataba de contener con el cimbreado distinguido de su figura armónica. Pero las gafas de sol y la sonrisa comenzaban a delatar su pecado.

Ella se paró a apenas medio metro de él. No se besaron. Se sonrieron, eso sí. Sonrisa chivata de tanta pasión oculta. Se les notaba también en los ojos. Eran dos cuerpos ansiando fundirse el uno con el otro. La calle entera se paralizó. Como si el japonés de Héroes hubiera hecho de las suyas.

Ya tenía claro que eran amantes. Qué el iba de camino a su trabajo con la moto. Que ella acababa de dejar a los niños en el colegio. Que los dos iban directos a una cita clandestina.

El mueblé del barrio

Sólo tuve que seguirles. Yo conocía el mueblé del barrio, un hotel para parejas con habitaciones decoradas de los estilos más exóticos: África, Roma, Francia... La puerta del edificio es muy discreta (foto superior), pero todo el barrio conoce y envidia lo que pasa allí dentro.

Ellos caminaron hacia esa puerta blanca de cristal traslúcido. Al llegar, se detuvieron en seco. Seguían sin tocarse, aunque se lamían con los ojos y el pensamiento. Miraron a uno y a otro lado, para comprobar que nadie les seguía. Tan rápida y nerviosamente que no repararon en mí. Y enseguida cruzaron el portal.

Yo sonreí. Por ellos, porque iban a sumergirse por fin el uno en el otro. Por mí, porque mi primera práctica de observación humana había sido un éxito, aunque los objetos a analizar habían intentado infructuosamente que nadie descubriera su infidelidad.

30 mayo 2007

UN LADRÓN EN LA REDACCIÓN

Creo que nunca he estado tan cerca de un ladrón como cuando hace muchos años trabajé en un pequeño diario de provincias. Y no es que el propietario o el director lo fueran. Ni mucho menos. Sino que tanto yo como mis compañeros periodistas y fotógrafos comprobábamos, con una frecuencia mensual, que nos desaparecía el dinero de algunas de nuestras carteras. Curiosamente el robo coincidía con el día de cobro (nos pagaban en efectivo).

Como no había forma de pillar al ladrón, se me ocurrió recurrir a mis contactos en la policía. De algo me tenía que servir acudir a diario a la comisaría. Me sinceré con los inspectores y enseguida me propusieron cómo capturar al ladrón.

Preparar la trampa

Tenía que conseguir un bolso y un monedero que actuarían como cebos. Para ello me fue de gran utilidad mi vecina jienense, que aprovechó para deshacerse de uno de sus bolsos más anticuados. El monedero fue más fácil de conseguir.

Y el dinero que había que poner en su interior... Bueno, ahí sí que arriesgué mis propios billetes, pero el objetivo final era loable y compensaba.

Rojo delator

Con toda la trampa preparada, volví la comisaría. Los agentes de Policía Científica (ahora conocidos como los CSI) cubrieron los billetes y los recovecos del monedero de un polvillo oscuro. Uno de ellos puso después sus dedos tiznados bajo el grifo y su mano se tiñó de un rojo sanguíneo, perpetuo, imborrable.

"Ahora pones el bolso donde el ladrón pueda cogerlo. En cuanto detectes que han robado, nos avisas y nosotros nos encargaremos de mojar las manos de todos los empleados. El que las tenga rojas es el ladrón", me explicó uno de los agentes.

Sólo cuatro personas

Pusimos la trampa en una percha de la redacción. Y a esperar. Sólo cuatro personas sabíamos de su existencia. Cada día, una guapa fotógrafa (que ya había sido víctima) ponía y quitaba el bolso en un perchero de la redacción.

Llegó el día de cobro y repetimos el ritual. Pero el bolso siguió intacto. Nadie abrió el monedero que había en su interior ni cogió los billetes chivatos.

De los cuatro que conocíamos el secreto, uno era la joven que se prestó a llevarlo consigo. Los otros dos eran el director y el subdirector. Y el cuarto era yo. Nunca aclaramos aquellos robos, que cesaron desde que pusimos el señuelo. El ladrón se esfumó tan rápido como la posibilidad de atraparlo.

Y si alguno de los 20 que trabajábamos en el periódico se lavó la manos y se asustó al ver cómo se teñían de rojo, nunca nos lo dijo.

26 mayo 2007

UN MUERTO EN LA AMBULANCIA



Sólo una vez le he visto la cara a la muerte. Y no me gustó. Me pareció triste. Hace 25 años y no lo he olvidado.

Era voluntario de Cruz Roja y estaba destinado en un pequeño puesto de socorro de carretera cerca de Barcelona. Un día gris y aburrido. No es que deseáramos que se produjeran accidentes de tráfico, pero un poco de acción servía para dar sentido nuestra tarea y acelerar un poco el reloj.

En Intensivos

Una llamada nos pidió que nos desplazáramos al Hospital Comarcal con nuestra ambulancia para hacer un traslado. Me pareció curioso que en lugar de llevar a un paciente o a un herido hasta el hospital, tuviéramos que hacerlo al revés. Y más me sorprendió cuando al llegar a Urgencias nos dijeron que teníamos que esperar un poco porque el enfermos estaba en la UCI.

"¿Por qué lo tenemos que llevar a su casa si está en Intensivos?", le pregunté a mi compañero, conductor y más veterano que yo. "Es que se está muriendo y la familia quiere que lo haga en su casa", me soltó sin darle importancia.

Era un anciano. Tenía la piel muy amarilla y la mirada perdida. Llevaba una mascarilla de oxígeno que conectamos a la bombona de la ambulancia. No decía nada. Yo creo que ni nos miraba. Le hablé, pero no parecía que oyera.

Adiós en silencio

A mí me tocó sentarme detrás, a su lado. Cuando iniciamos la marcha hacia un pueblo próximo, sin luces ni sirenas, él cerró los ojos. Oía el rumor del oxígeno, pero no así su respiración. No se movía. Al poco rato noté un olor desagradable. Se lo había hecho encima. Se lo dije a mi compañero, que me contestó: "Eso es porque ya se ha muerto". Dilatación de esfínteres, dicen los entendidos.

Se fue sin que nos enteráramos, como un suplo imperceptible. Cuando llegamos a la casa, su familia nos esperaba ya en la calle. El médico del pueblo también. Comprobó que había fallecido. La familia había preparado su dormitorio. Y lo llevamos hasta allí. Lo dejamos en la cama. Parecía dormido.

Nos fuimos de nuevo al puesto de socorro y el conductor retiró las sábanas y las puso a lavar. Yo preparé la camilla para el próximo servicio. Me sentía raro.

Tema de portada

A los pocos años, aquella experiencia fue el embrión de un reportaje periodístico en el desaparecido Noticiero Universal. El traslado de enfermos críticos a sus casas, para que pudieran morir con los suyos, era una práctica habitual, aunque de dudosa legalidad. Y eso era portada.

Destapamos el supuesto escándalo, pero no pasó nada. Es como cuando ahora a los pacientes críticos se les aumenta la medicación para que descansen en paz de una vez. Todos lo saben. Tal vez sea lo mejor. Aunque se tenga que buscar un resquicio en la a veces absurda ley.

23 mayo 2007

AL ACECHO DE UNA PRESA NOCTURNA


Mi padre nunca se cansó de repetirme aquello de que "de noche todos los gatos son pardos". Y creo que tiene razón. No es la primera vez que cuando salgo de trabajar, a las tres de la madrugada, me topo de narices con el suceso más inesperado, como el de la ciclista ensangrentada. A veces me pregunto si soy yo el que los atrae o si es la noche la que los multiplica.

Aquella madrugada, cuando me detuve en el semáforo de la calle Marina con Aragó (en el centro del gráfico), en Barcelona, me inquietó aquella imagen disonante. Una chica esperaba para cruzar (tenía el semáforo verde), pero no lo hacía. Parecía nerviosa. Miraba a uno y otro lado.

A tan sólo cinco metros, en el mismo paso de peatones, dos jóvenes no dejaban de mirarla y de cuchichear entre ellos. Pero ella, que no, que no cruzaba. Y yo, enseguida, temí lo peor.

Delante mío

Instintivamente, llamé a la policía y les pedí que vinieran. "No estoy seguro, pero me parece que van a atacar a una chica en el cruce de Marina con Aragó", les dije. Mientras hablaba con el operador del 091, la chica comenzó a cruzar a paso rápido. Pasó por delante de mi capó. Y los dos jóvenes, detrás.

Ella se dirigía ligera hacia la plaza de Pablo Neruda, un pequeño y oscuro parque urbano. Iba directa a la boca de lobo, pensé. Y ellos detrás, un poco más rápido. De repente, ella dio un giro rápido y cruzó la calle de Aragó, una avenida grande de seis carriles, y ellos emprendieron la carrera tras ella.

"!Que vengan ya, que están a punto de tirarse encima!", grité al policía que intentaba confirmar si mis sospechas estaban fundadas.

Rodar por el suelo

En un segundo vi a la chica rodar por el suelo en medio de la calle, aferrada a su bolso, liándose a patadas con los dos ladrones. Bajé del coche y les grité: "¡Dejadla en paz!". Ellos me miraron y salieron corriendo.

Cuando me acerqué a levantar a la chica, se alejó de mí, asustada. Se pensaba que yo también iba a atacarla. Un frenazo en seco retomó la situación. "Alto, policía", gritaron dos tipos desde un Clio de cuatro puertas. Era un coche camuflado de la policía.

Los dos explicamos lo ocurrido. Los agentes recogieron a la joven y se la llevaron en su coche para tratar de localizar a los tironeros antes de que se toparan con otra víctima.

Yo volvía a mi coche, aún con las puertas abiertas. Pensé, sin ánimo de parecer un héroe, que si todos tuviéramos una actitud más vigilante y solidaria, ellos, los que están al otro lado, lo tendrían un poco más difícil.

18 mayo 2007

MI PRIMERA ENTREVISTA CON EL REY

La primera vez que hablé con el Rey, con Juan Carlos I, claro, fue hace 25 años. Era un crío y acababa de entrar a colaborar (no tenía sueldo) en el diario El Noticiero Universal, ahora desaparecido. Una noche me pidieron que a la mañana siguiente me fuera a la Academia de Suboficiales de Talarn (Lleida) porque el entonces joven rey iba a entregar los títulos a los nuevos mandos.

Recuerdo perfectamente que recogí al fotógrafo, César, en la Diagonal de Barcelona cuando apenas había salido el sol y nos fuimos con mi flamante Seat 850 a Lleida. Cuando quedaba poco para llegar a la base militar nos paró al Guardia Civil para identificarnos y preguntarnos a dónde íbamos. Nos pidieron la acreditación de prensa, pero no teníamos, ni siquiera un mísero carnet de nuestro periódico.

El penúltimo control

Me debieron ver la cara de bueno y jovencito, así como la bolsa del fotógrafo, no tan jovencito pero igual de bueno, y nos dejaron pasar. ¡Bien! Pero un par de kilómetros más allá, en la puerta del campamento, nos esperaba otro control, esta vez de policías militares:

-- "¿La invitación?"
-- "No tenemos. Verá, es que nos avisaron anoche y no ha dado tiempo".
-- "¿Carnet de prensa?"
-- "No, es que, mire, soy estudiante y no trabajo todavía en el diario..."

Miradas de perplejidad bajo los cascos, dudas, cuchicheos y, ¡milagro!, nos levantaron la barrera.

Aparcamos el coche y César y yo nos dirigimos a la gran explanada donde ya habían comenzado a desfilar decenas de jóvenes suboficiales, contemplados por cientos de familiares.

En la tribuna de prensa

Nos metimos donde estaban los periodistas con sus cámaras, blocs (que no blogs) y casetes hasta que comenzamos a ver que varios hombres muy bien vestidas nos señalaban nerviosos. Enseguida supimos que eran escoltas de paisano, que se acercaron a pedirnos explicaciones. No teníamos la credencial colgada del cuello (ni en el bolsillo, porque no teníamos nada que nos identificara como periodistas). Dimos nuevas explicaciones, que se creyeron, porque eran ciertas, y ahí nos quedamos.

Después, todo fue más fácil. Seguimos al séquito de personalidades y acabamos metidos en una sala repleta de oficiales. Yo, iluso de mí, me acerqué al Rey mientras tomaba un aperitivo y comencé a preguntarle sobre lo que le había parecido el acto. El, amable y simpático, me contestó atentamente mientras yo intentaba memorizar lo que me decía.

La ingenuidad del principiante

Cuando horas después llegué a la redacción, me puse a escribir mi entrevista con el Rey. Le pasé los folios a mi jefe, que comenzó a leer con cierta sorpresa e incredulidad. Tras unas risas, que no entendí muy bien a qué venían, me miró fijamente y me preguntó: "¿Pero a ti nadie te ha dicho que el rey no da entrevistas así como así? ¿No te han explicado que lo que dice en un acto informal no se puede publicar?"

Y me exclusiva real se fue al traste. Comenzaba a aprender mi oficio.

16 mayo 2007

EL ATROPELLADO Y LOS DOS SAMARITANOS


Me pasó en Tarragona. Normalmente, siempre llevaba en el bolso mi cámara Konica Pop, de color rojo brillante (nada discreta para mi trabajo). Y aquel día, cuando vi a un hombre tirado sobre el asfalto de la Rambla Nova no me lo pensé dos veces.

Primero acudí a ver si podía ayudar al herido, pero ya había dos personas, un hombre y una mujer, atendiendo al peatón atropellado. Y un buen número de curiosos arremolinados en la arteria principal de la pequeña ciudad.

Suceso poco frecuente

Así que opté por tomar unas cuantas fotografías. Trabajaba en el Diari de Tarragona y aquellas fotos podían llenar un buen espacio en las páginas de Local. No todos los días atropellan a alguien en una ciudad de 90.000 habitantes, en nada comparable a otras fagocitadoras de peatones y motoristas como Barcelona, Madrid, Sevilla, Valencia o Bilbao.

Llegué a la redacción con mi foto bajo el brazo. Bueno en realidad en la cámara, dentro de un rollo de negativo (entonces no existían las digitales), y la entregué a los compañeros del laboratorio para que la revelaran.

No había muerto

Salió en la sección de Sucesos. "Atropello en la Rambla", decía el titular. Era una noticia a pie de página. Una más, en un diario saturado de novedades. El atropellado no había muerto y eso, mal que nos pese, marca la diferencia en la extensión de la noticia.

Al día siguiente, cuando yo ya estaba metido en nuevas historias, me avisaron de que tenía una visita en la entrada de la redacción. Allí me encontré con una pareja indignada. Me dijeron que estaban dispuestos a denunciarme por la foto del atropello.

"¿Son familia del herido?", les pregunté. "No. Somos los que estamos ayudándole", contestaron. Y yo repliqué: "¿?" (estos signos significan la mueca perpleja de mi cara).

En el lugar equivocado

Y entonces, los dos comenzaron a explicarme que eran amigos, buenos amigos, muy buenos amigos... tanto que no podían salir juntos en una foto, porque ni uno ni otro debían estar allí en ese momento y muchos menos juntos. Aunque fuera realizando una buena acción.

Yo me excusé, aunque no sé muy bien porqué, pero les dije que ya no se podía hacer nada. No sabía que los dos estaban casados (cada uno con su respectiva pareja) y ellos estaban en la vía pública, en el epicentro de una noticia.

No volví a saber más de los dos infieles. Una pena. ¿Se rompió una de las parejas? ¿Las dos? ¿O tal vez las tres? ¿Tenían derecho a denunciarme?

Si os apetece, escribidme vuestra opinión, aunque os adelanto que tengo la conciencia tranquila.

15 mayo 2007

¡ ¡ ¡ ABRO NUEVO BLOG DE VÍDEOS ! ! !

Tengo el placer de comunicaros que estreno un nuevo blog.

Desde hoy reservaré este blog que estáis leyendo para contaros mis experiencias personales, que son muchas.

En el nuevo, Un vídeo cada día, os ofreceré precisamente eso. Bastará que el vídeo me haya hecho reír, emocionado, estremecido, conmovido, ilusionado...

Sólo si el vídeo consigue rozarme el corazón, lo que no es fácil, me animaré a compartirlo con vosotros.

Eso sí, será uno al día, para empezar el ídem con una sonrisa ;-)

14 mayo 2007

LOS CERDOS NOCTÁMBULOS (y 2)



Aquí lo tenéis. Es la voz del chófer que amenazó con soltar 300 cerdos en la Rambla de Barcelona. En un post anterior os conté cómo hasta yo mismo salí del periódico de madrugada y me fui a buscar el tráiler con los gorrinos.

Ahora acabo de encontrar en Youtube este documento sonoro impagable, la conversación que mantuvo el transportista con Cristina Lasvignes en Hablar por Hablar, de la Cadena Ser, el programa ideal para los luciérnagos como yo.

Dicen que al final el camionero consiguió que le pagaran y no soltó los cerdos. ¡Qué pena!

12 mayo 2007

MALDITOS ROEDORES...


Cuando me encargaron que hiciera un reportaje sobre ellas, no imaginé que me iban a fascinar tanto. No pensaba que fueran listas, sociales y organizadas. Sólo sabía que eran nuestras enemigas y que debíamos mantenerlas a raya.

Fue un veterinario experto en zoonosis y responsable de la lucha contra las plagas en Barcelona el que me contó algunas curiosas peculiaridades de esas temibles mickey mouse que viven bajo nuestros pies.

Tantas como habitantes

De entrada, cualquier gran ciudad, por muchas medidas que tome, tiene siempre en el subsuelo tantas ratas como habitantes. Y eso suponiendo que se coloque raticida para mantenerlas bajo control.

Pero con ellas no funciona cualquier veneno. ¿El motivo? Es que las ratas son tan espabiladas que si alguna de ellas ve a una compañera muriéndose mientras come un cebo envenenado, ya no se acerca después a esa comida tóxica.

Como el hombre es aparentemente más listo, inventó el veneno con anticoagulante. La rata come, y repite, y vuelve a probar, hasta que al cabo de un cierto tiempo, y ya lejos del veneno, empieza a encontrarse mal y se muere de una hemorragia interna. Sus compañeras no descubren el motivo del fallecimiento y prueban también el cebo.

Convivencia

Pese a todo, las ratas se reproducen tan rápidamente, que no hay veneno suficiente para matarlas a todas. Ni tampoco existe flautista alguno que se las lleve con la música a otra parte. El secreto está en conseguir una coexistencia digamos que tolerada. Mientras ellas no suban...

Este veterinario me contó también que nunca hay que plantarles cara. Normalmente, las ratas tienen miedo y huyen ante el más mínimo riesgo. "Si alguna vez te encuentras con una de cara, en una habitación por ejemplo, no la acorrales, ella debe tener siempre una salida", me contó.

Y para ilustrar el consejo recordó el caso de un empleado municipal que trabajaba en las cloacas que intentó dar una patada a una rata, pero ésta le clavó los dientes en su enorme bota de goma y se quedó enganchada. El drama fue conseguir librarse de ella...

Comida por el desagüe

También me explicó el porqué de tanta rata bajo las ciudades. Miles de personas las alimentan sin saberlo arrojando la comida por el desagüe y el inodoro. Ellas lo saben y se limitan a esperar y a comer.

Pero mientras sigan encontrando la comida allá abajo, no subirán a buscarla.

11 mayo 2007

HOY TIENE QUE SER UN GRAN DÍA



¿Estáis un poco depres? ¿Os sentís desgraciados? ¿Creéis que los años pasan demasiado rápido? ¿Habéis sido padres y sólo ahora comenzáis a entender a los vuestros?

La mayoría nunca nos planteábamos de jóvenes qué queríamos ser de mayores ¿Y ahora? ¿Nos da miedo el futuro? ¿Sentimos nostalgia por el pasado?

Echad un vistazo a este vídeo, fijaros bien en el mensaje, y disfrutad. Hoy, como mañana, puede ser un gran día.

Sólo hay que usar crema solar y tener algunas cosas claras. ¡Ánimo!


El texto de este videoclip es el de una columna de opinión publicada el 10 de junio de 1997 en el diario estadounidense Chicago Tribune por la periodista Mary Schmich y que podéis leer aquí.