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04 mayo 2007

LA CUCARACHA QUE NO PODÍA CAMINAR


Sé que hay muchísimas personas que no soportan las cucarachas. Por eso he tomado hoy dos precauciones. Escoger una ilustración que no les provoquen náuseas (lo que me ha costado muchísimo) y avisarles de que este ‘post’ tiene que ver con ese insecto revulsivo y la comida.

Me ofrecieron hacer un reportaje para Informe Semanal sobre un joven que hace más de 20 años mató y descuartizó a su vecina en Cambrils (Tarragona). TVE envió un equipo de reporteros, a los que me tenía que unir.

Cuando nos dirigíamos hacia Girona para grabar imágenes de una prisión y hablar con gente que había compartido celda con el homicida nos pilló la hora de la comida. Como que yo era el anfitrión catalán, aconsejé al equipo que paráramos a comer en un restaurante de montaña en el macizo del Montseny. Pero era lunes y estaba cerrado.

Postre recomendado

Entramos en otro restaurante próximo, que sí estaba abierto. Primer error. Yo aconsejé a mis compañeros que pidieran platos catalanes: pan con tomate, butifarra con judías, etc. Y de postre, crema catalana o, mejor aún, mel i mató (miel con requesón).

Cuando degustábamos los postres (es un decir), vi cómo el cámara tapaba su vasito de barro con la servilleta. “¿Ocurre algo? ¿No te gusta?”, le pregunté. “No, nada, tranquilo”, me dijo. Como que yo insistía, quitó la servilleta de encima del recipiente y me lo pasó: “¡Mira!”.

Y lo que yo vi que yacía en el fondo, ligeramente cubierto de requesón, era una cucaracha tan grande que no cabía echada en la base de la tarrina y había tenido que apoyar sus patas superiores en las paredes de barro.

Indignado, llamé a la dueña, quien sin darle la menor importancia y, con un rostro emorme e impasible, se limitó a decir: “Ahora les traigo otra”. “De eso nada -repliqué yo-. Lo que nos va a traer es la hoja de reclamaciones”.

Encerrona con garrote

Al cabo del rato, la mujer volvió y me pidió que subiera al piso de arriba donde, en una especie de salón (el restaurante parecía ser también una vivienda) me esperaba el dueño del restaurante armado con un palo. “¿Con que me queréis arruinar el negocio metiendo una cucaracha en el mel i mató?”, me gritó. Menos mal que mis compañeros oyeron las voces y subieron a rescatarme.

Tuvimos tiempo y paciencia para rellenar la hoja de reclamaciones después de pagar la factura, que incluía por supuesto el postre con sorpresa. Después, me arrepentí de no haber gritado en medio del comedor: “¡Hay una cucaracha en mi postre!”. Pero es que entonces yo estaba más preocupado por el periodista que había descubierto el aporte proteínico extra en la cuajada que por provocar la evacuación en desbandada del local.

Curtido por experiencias anteriores

El afectado por el descubrimiento intentó tranquilizarme contándome que había comido insectos en otros países de África, Asia y América y que no le había impresionado nada el original hallazgo en el postre catalán. Y su sonrisa parecía sincera.

Al cabo de unas semanas, recibí una carta de la Conselleria de Comerç. Tras una inspección, habían obligado al dueño del restaurante a reformar las cocinas por su pésimo estado. También le cayó una multa.
Aunque yo todavía me pregunto cómo vertieron la cuajada en el vaso de barro sin ver que bañaban y ahogaban a aquella gigantesca cucaracha.