30 marzo 2007

Y AHORA EL ANUNCIO MÁS PREMIADO

Cuando publiqué en este blog el que para mí es el el mejor anuncio del mundo, el de Aerolíneas Argentinas, recibí algunas críticas. Un creativo me dijo que era demasiado exagerado. De todas formas, cada vez que lo veo se me sigue poniendo la piel de gallina. ¡Soy así!

Ahora, como entramos en el fin de semana, os propongo otro. Dicen que es el más premiado de la historia. Su director es Michel Gondry, un director de cine francés que borda sus spots y videoclips.

Esta vez no os voy a adelantar de qué trata. Es mejor que lo descubráis vosotros mismos, aunque el spot tiene un mérito añadido ¡¡ es de 1991 !!

¡ Buen fin de semana ! ! Y mejores vacaciones !

29 marzo 2007

UN FOTÓGRAFO EN EL CALABOZO

Carlos, el fotógrafo, es un buen tipo, aunque un poco impulsivo. Si se mete en líos es, a veces, precisamente por eso. De hecho, no me extrañó nada cuando nos llamaron a la redacción del diario para decirnos que Carlos estaba retenido en una comisaría por intentar defender a unos inmigrantes africanos detenidos por la policía.

Por la tarde, en una concurridísima avenida. Unos policías de paisano tienen en el suelo a dos personas negras en una escena muy de película. Dos coches atravesados en la calzada con las puertas abiertas. Uno de ellos es un camuflado de la policía. Y la gente se amontona alrededor por pura curiosidad.

Y entonces aparece Carlos con su cámara en ristre y les suelta a los agentes: “¿Pero qué hacen? ¿Qué les hacen a esos pobres negros? Racistas, que son ustedes unos racistas”. Y claro, los policías se ponen nerviosos y le piden a Carlos que “circule”, que se vaya. Pero Carlos insiste y, al final, los agentes le detienen y se lo llevan a la comisaría, dicen que para evitar una reacción en masa del público.

Rescate en la comisaría

A medianoche, estábamos en el diario trabajando cuando una llamada nos avisó de la detención. Yo mismo telefoneé a un responsable policial para interesarnos por nuestro compañero y me contó que el altruismo justiciero de Carlos estuvo a punto de desbaratar una operación antidroga.

El director del diario decidió acudir esa misma noche a la comisaría de policía donde estaba Carlos. El comisario también acudió y comenzó la negociación. “Usted comprenda que él no sabía lo que ustedes hacían con los inmigrantes”, dijo el director.

"Pero usted debe saber también el riesgo que supone para los policías que un desalmado anime al público contra ellos cuando están realizando una detención”, contestó el comisario.

Olvidarlo todo

Al final, el comisario, consciente de que todo había sido un malentendido y que es mejor no llevarse mal con el cuarto poder, cogió el montón de papeles en los que se recogía el incidente y los rompió delante de Carlos y el director mientras decía: "Pues esto lo olvidamos y aquí no ha pasado nada”.

Y de repente, mientras todos esbozaban una sonrisa leve, de aquellas que se te dibujan cuando sales de un gran apuro, Carlos, muy serio, soltó: “De olvidar, nada. Ahora yo me voy al juzgado de guardia a denunciar esta detención ilegal”. Cuando la cara del comisario comenzaba a desdibujarse, el director le propinó una colleja al fotógrafo de los líos y le dijo: “Tú te vienes conmigo y olvidas todo esto pare siempre”.

27 marzo 2007

SINFONÍA DE PECHOS

Hay veces que es necesario dar un do de pecho. Pero otras, lo único que funciona es la sinfonía. Frente al reciente revuelo por el topless de Elsa Pataki y el machaque, de cara al verano, de las campañas de Corporación Dermoestética y similares, hay que reivindicar el trabajo del fotógrafo estadounidense Jordan Matter.


En la página web de Jordan Matter podemos deleitarnos con 100 fotografías de mujeres en topless en las calles de NuevaYork, una de las pocas ciudades de ese país en la que no es delito mostrar los pechos en público.

Las cien fotos muestran otros tantos pares de pechos de todas las formas, edades y tamaños posibles en un entorno urbano. Son retratos sin complejos que denuncian también esta sociedad de la buena imagen en la que nos ha tocado vivir.

El encanto de la diferencia

A los que tienen problemas de autoestima; a los que sólo valoran la belleza, siempre caduca; a los que se consideran superiores a los demás; a los que no valoran la diferencia e incluso la desprecian, espero que esta galeria fotográfica de Jordan Matter les agite la conciencia.

Y a todos los demás nos recordará, otra vez, que la vida es bella y que entre todos componemos con nuestras notas individuales la gran sinfonía global.

25 marzo 2007

DOS EXTRAÑOS Y UN LIBRO EN EL TREN


Trabajo en la redacción de un periódico y en turno de noche. Eso tiene algunas ventajas y también inconvenientes. El más surrealista, de los inconvenientes, claro, es que siempre llego tarde a recoger los libros que abandonan los compañeros de Cultura.

Todos los redactores saben que el material impreso de deshecho se deposita en unas cajas de cartón a las que los que devoramos libros nos dirigimos con frecuencia como buitres en busca de carroña. Siempre hay un listo que se adelanta y arramba con todo.

Eso explica que yo me tenga que conformar casi siempre con las sobras de las sobras. Y ahí están precisamente dos grandes géneros literarios: los libros de poesía y los de autoayuda. Con los primeros yo tampoco puedo, lo reconozco, pero los segundos me han deparado alguna que otra curiosa sorpresa.

Buen título

De entrada, lo que me atrajo en aquella ocasión fue el título, Sexo sabio, porque a su autor, el sexólogo Antonio Bolinches, no lo conocía. Un rápido vistazo al índice me insinuó que aquello podía interesarme para hacer menos tediosos mis viajes en transporte público.

El libro explica técnicas y consejos para mejorar la relación sexual y potenciar el enamoramiento en la pareja. Y aunque en un principio me pareció un pelín moralista, la verdad es que no pude dejarlo hasta llegar al final.

Pero la anécdota que me deparó aquel manual nada tiene que ver con el sexo, o al menos poco. Entré en un vagón de los Ferrocarrils de la Generalitat en Sant Cugat con destino a Barcelona y me senté. Mientras leía a mi desconocido terapeuta sexual, reparé que justo a mi lado había una mujer, de mi edad, leyendo ¡¡¡ el mismo libro !!!

No me pude reprimir (pocas veces lo hago) y le solté: "Estamos leyendo el mismo libro". Tras la sorpresa inicial por mi atrevimiento, la conversación fluyó hacia los diferentes motivos que nos habían llevado hasta las palabras de Bolinches.

Sola en la consulta

Ella me contó que su pareja pasaba muchísimo, que no colaboraba nada en casa, que el hombre decía siempre que estaba cansado, que apenas se interesaba ni por ella ni por la hija de ambos....
La mujer lo había intentado todo. Hasta acudía a una terapeuta de parejas, que precisamente le recomendó el libro. Ella iba sola a la consulta. "El nunca quiere acompañarme", me confió, triste.

Llegamos a la estación de Provença. Ella guardó el libro, se despidió y bajó del tren. Nunca supe su nombre, ni la he vuelto a ver. Tal vez aún espere que su pareja se anime a ir al terapeuta, o a lo mejor ya ha cogido a la niña y el libro y ha dado un giro definitivo a su vida.

Y aunque nuestro único vínculo fue la casualidad, el libro y una charla apresurada, deseo que haya vuelto a ser feliz.

24 marzo 2007

SOLOS EN EL ANDÉN


Había oído hablar de los robos en el metro. Y también de la insolidaridad de la gente que presencia estos delitos. De hecho, puedes estar en un vagón repleto y, si intentan quitarte la cartera, es muy difícil que alguien salga en tu ayuda. Y esa pasividad siempre me ha indignado.

Por eso, cuando aquella tarde de domingo vi en un vagón de la línea 3 del metro de Barcelona cómo dos hombres jóvenes manchaban a posta la americana de un turista estadounidense, no dudé en sumarme a otro ocupante del vagón para gritarle a aquel buena fe que agarrara bien su cartera.

En busca de ayuda

Los carteristas se quedaron sin botín gracias a nuestras voces. Pero pensé que seguramente buscarían otra víctima. Por eso, decidí salir del vagón en la siguiente parada, Passeig de Gràcia, para avisar al jefe de estación y pedirle que alertara a la policía. “Tal vez pueden pillarlos en la próxima parada”, pensé. Para cumplir con mi deber ciudadano, memoricé la descripción de los cacos, desde su ropa a sus rasgos físicos.

Tan enfrascado estaba en mis ejercicios de memorización a lo CSI que, una vez en el andén y cuando el metro se alejaba, comprobé con espanto que sólo nos habíamos bajado tres personas: los ladrones y yo, los delincuentes y el ¿chivato?. Ellos empezaron a mirarme y hablar en árabe o en un idioma parecido. Parecía claro que yo iba a ser la próxima víctima.

Tenía dos alternativas: darles la cartera directamente o salir corriendo. Pero antes de decidirlo comprobé que había cámaras de seguridad en el andén. Aunque nadie llegue a tiempo de rescatarte, siempre puede ser un consuelo ver unos meses después el patético vídeo de tu propio robo en Youtube.

Un interfono en la pared

Luego, busqué inútilmente a algún empleado del metro o al jefe de estación. Ni tan siquiera había más pasajeros, ni en nuestro andén (seguíamos estando solos los tres) ni en el de enfrente. De la pared colgaba un intercomunidor que no me atreví a pulsar. Así que caminé a paso rápido hacia la primera salida mientras aquellos sujetos me imitaban.

Cuando llegué al vestíbulo, le pedí al jefe de estación que me dejara entrar con él en la taquilla blindada porque unos ladrones me persiguían. Pero el empleado me contestó que ya llamaría a la policía, pero que no me podía dejar pasar.

Al girarme vi a los dos delincuentes agazapados en la escalera e invitándome con la mano a que me acercara hacia ellos. Tal vez también confiaban en que el jefe de estación saliera a ayudarme. Pero no me esperé a comprobarlo.

No sé todavía si fueron segundos o décimas lo que tardé en huir. Sólo recuerdo que sentí en mi pecho el aire contaminado de la calle Aragó como un auténtico viento de libertad y alivio.

22 marzo 2007

SE FUE A BUSCAR TABACO Y ...

Puede parecer una leyenda urbana, pero no lo es. Yo mismo fui testigo casi en primera persona. David, entonces un buen amigo, le dijo a su mujer que iba a buscar tabaco. Una vez en la calle, y mientras se dirigía a un bar cercano, vio un paquete en la repisa de la cabina de teléfonos que había delante de su casa. “Estaba convencido de que alguien lo había olvidado y por eso lo cogí”, me explicó después.

Cuando salía de la cabina con el paquete bajo el brazo y sin haber mirado lo que había dentro, escuchó los gritos que jamás olvidará: “¡Alto! ¡Policía!”. Notó entonces que caía por el suelo rodeado de varios hombres. Uno le arrebató el paquete de las manos. Otro le puso las esposas. Y dos más le cogieron en volandas y le metieron en un coche camuflado de la Policía.

El coche se dirigió a la Jefatura Superior de Policía. Los inspectores le decían cosas como “ya te tenemos”, “¿no te lo esperabas ¿eh?” y “ahora te vas a enterar”. David no entendía nada. Intentó explicarles que iba a llevar el paquete a la comisaría de la policía local, a unos 300 metros de su casa, pero no le creyeron.

Asalto al domicilio

En su casa, su mujer comenzó a intranquilizarse por su tardanza hasta que un par de horas después llamaron a la puerta. Los policías entraron en tromba en busca de la máquina de escribir supuestamente utilizada por su marido. Registraron el piso. También buscaban sobres y folios con los que David habría escrito los anónimos para chantajear a un empresario de la ciudad.

La mujer insistió en que su marido no era un delincuente y que había ido a buscar tabaco, pero no sirvió de nada. Fue entonces cuando ella me llamó, desesperada. Sabía que me dedicaba a las noticias de sucesos y confiaba en que yo aclararía de qué acusaban a su marido.

Me senté en el despacho del jefe de la Brigada de Policía Judicial y le hablé de David, de lo bueno que era, de las veces que me había ido con él de vacaciones, de lo bien que le conocía y le insistí en que en este caso se habían equivocado. Pero tampoco me creyó.

Incomprensión judicial

El pobre David, que había estudiado Derecho, pidió un habeas corpus, para que el juez le sacara del calabozo policial y le tomara declaración en seguida. Pero los saturados juzgados de la ciudad pocas veces cumplen con un trámite que piden casi todos los detenidos.

Tras dormir en una celda compartida en jefatura, e interrumpirle el sueño varias veces para interrogatorios de poli bueno y poli malo, David pasó a disposición judicial. El juez de guardia comprobó que la policía no tenía ninguna prueba de que David hubiera enviado mensajes a un empresario para extorsionarlo. Ni siquera pudieron relacionarlos, pues no se conocían de nada.

La única evidencia contra David fue coger el botín de la extorsión de una cabina en la que se habia pactado una entrega y situada ¡justo delante de su casa!. El juez le dejó inmediatamente en libertad sin cargos. El juicio nunca llegó a celebrarse.

David no se atrevió a denunciar a los policías. Y aprendió que jamás hay que coger un paquete abandonado. Me lo dijo cuando le expliqué, compungido, que yo también me lo habría llevado.

16 marzo 2007

TEJANOS QUE ARDEN

Después de tanto relato y experiencia personal periodística, llega el fin de semana y el merecido descanso. Por ello me he permitido buscaros otro anuncio de tejanos Levi’s, el de la campaña del 2006. ¡Ojo a la fotografía y a la música! Y a disfrutar…

15 marzo 2007

LA FARRA OLÍMPICA DE ALBERTO DE MÓNACO


La noche que conocí a Alberto de Mónaco quise cambiar de oficio. No era para menos. Lo que iba a descubrir con él valía su peso en oro para un periodista y ésa era una responsabilidad demasiado grande.

Julio de 1992. Como cada noche durante los JJOO, al salir de la redacción me dirigí al aparcamiento del COOB Barcelona 92 para coger un coche oficial. Estaba en la improvisada cafetería del párking esperando un servicio cuando nuestra jefa vino corriendo a buscarme. “¿Verdad que sabes inglés? Es que deberías ir a buscar a Alberto de Mónaco y llevarlo a dónde te diga”, me dijo.

¡Biennnn! Iba a compartir unas horas con un miembro de la realeza europea. Pero, ¿por qué yo? ¿Por qué ahora? “Es que su chófer voluntario está reventado. Lo recoge cada día a primera hora y no acaba con él hasta muy avanzada la madrugada. Por eso necesita un descanso”, me aclaró la responsable de los conductores voluntarios.

Saltarse las normas con coche oficial

Y ahí estaba yo, saliendo del carpool, con destino a la archifamosa y superchiq tortillería Flash Flash (nunca he entendido por qué a los famosos les encantan las tortillas). Al llegar, aparqué el flamante Seat Toledo olímpico en la puerta. ¡Qué gusto da llevar a alguien importante y saltarte las normas de tráfico! En seguida se acercó un policía de paisano que me pidió que esperara.

A los pocos minutos, se presentó el jefe de seguridad de la Casa de Mónaco y me explicó el plan a seguir. El príncipe Alberto, su secretario personal y dos amigas irían en mi coche. A mí lado, la asistente y traductora olímpica. Detrás, me seguiría un coche camuflado con dos policías españoles.

El emocionante viaje nocturno comenzó enseguida. El príncipe y su ayudante me saludaron, mientras las chicas, guapas y muy jóvenes, catalanas y con un impecable acento inglés, no paraban de reír y bromear entre ellas. Íbamos a viajar con un ligero overbooking, pero yo no debía poner trabas.

Vigilado y muy bien acompañado

El secretario me pidió que me dirigiera a la discoteca más in de la ciudad, Oliver and Hardy. Una de las chicas se sentó sobre las piernas del príncipe. Y la otra, junto al ayudante. Los 10 minutos de viaje nocturno en una ciudad desierta se lo pasaron todos diciendo chorradas y riendo.

Yo veía a los escoltas en el coche de atrás por el espejo retrovisor y por un momento deseé que algunos de aquellos taxistas que cada día nos cerraban el paso para fastidiar aparecieran ahora, que iba bien protegido. Así me podría reír un rato. Los taxistas creían que los conductores voluntarios olímpicos les hacíamos la competencia.

En la discoteca aprendí mucho sobre la protección de los famosos. Los dos guardaespaldas españoles y el jefe de seguridad monaguesco se sentaron mirando hacia la puerta de entrada de la sala. Veían así a todo el que entraba. Alberto de Mónaco, su secretario y las dos barbies saltaron a la pista, en la que apenas había una decena de personas, tan puestas, que ni siquiera advirtieron que junto a ellas se agitaba un cóctel de sangre azul.

Interrogatorio policial

Y dieron las tres de la madrugada. Aburrido, me senté con los escoltas que, no sé si por hastío o por perspicacia policial, me preguntaron sobre mis actividades como conductor olímpico, el horario que hacíamos, las medidas de seguridad... Yo, mientras, intenté buscar una respuesta a la pregunta que más temía: ¿”De qué trabajas?”. “Panadero, soy panadero”, les habría dicho sin pestañear. Era consciente de que un periodista no podía ser testigo de las noches locas olímpicas de una alteza real.
La fiesta acabó pasadas las cuatro de la mañana en el Hotel Princesa Sofia. El príncipe me regaló un pin de Mónaco y me tendió la mano agradecido, mientras las dos acompañantes tiraban de él para subir todos a la o las habitaciones. Yo me quedé al volante y me retiré.

Unas horas después, cumplí con mi obligación profesional, je, je, je, y conté los detalles de aquella noble madrugada en la primera y única crónica rosa que he escrito en un periódico.

13 marzo 2007

¿DÓNDE ESTÁN LOS CERDOS NOCTÁMBULOS?

¿Dónde está el camionero de los cerdos? Fue una madrugada de invierno. Pasadas las tres de la madrugada, me disponía a regresar a casa tras una frenética noche en el diario. Pero lo mejor aún tenía que pasar.

En la radio, Cristina Lasvignes intentaba espabilar a miles de luciérnagos desde Hablar por Hablar, el programa de testimonios de la Cadena Ser. De repente apareció la voz de un camionero indignado, que confesó que había cruzado España con su camión repleto de cerdos y que al llegar a Barcelona se habían negado a pagarle el transporte, tanto el que le dio los animales como el que tenía que recibirlos.

Vertido animal

El transportista no dudó en asegurar que iba a soltar los 300 cerdos en las Ramblas de Barcelona, en plena madrugada. “Si alguien quiere una mascota, que venga aquí y que la coja”, amenazó, antes de detallar como abriría la compuerta trasera en marcha para que fueran escapando los gorrinos.

La sola imagen de los 300 cerdos corriendo por el centro de Barcelona fue suficiente para que diera media vuelta y fuera en busca del camionero porcino cabreado. Y no fui el único. Al intentar reconstruir la ruta probable de la piara móvil comprobé que en Mercabarna, donde se sacrifican los animales que engulle la urbe, había otros noctámbulos que esperaban el tráiler. E incluso cerca del puerto barcelonés y de la estatua de Colón patrullas de Guardia Urbana y Mossos estaban vigilando.

Las incógnitas

Pero pasaron las horas y el camionero no apareció. Ni tampoco sus cerdos. Me fui a dormir con la duda. ¿Fue un intento de leyenda urbana? ¿Le ahuyentó la presencia policial? ¿Dónde están los cerdos? ¿Cobró la factura por el transporte? ¡Que llame, por favor, y lo explique! Pero que no nos deje con la eterna duda porcina.

Los que no hayáis oído al chófer porcino, aquí tenéis la impagable entrevista:

09 marzo 2007

LA FALSA REDADA EN LA CASITA BLANCA


Conocí a Pablo en Tarragona. Era juez de instrucción. Unos años después nos encontramos en Barcelona. Como de vez en cuando tenía que hacer de juez de guardia, le propuse hacer un reportaje sobre todo lo que en 24 horas tenía que resolver: levantamientos de cadáveres, desahucios, órdenes de detención … Lo peor de la ciudad pasaba por su despacho, en uno de cuyos anexos tenía un completo dormitorio.

Como la noche era tranquila, el juez Pablo aprovechó para ir a ver un partido de baloncesto. Yo preferí cenar con mi padre en la otra punta de la ciudad. Quedamos en que si pasaba algo, el juez me llamaría y me pasaría a buscar con su coche oficial.

La aparición de un cadáver

El timbrazo rompió el tedio de la cena familiar. “Han encontrado un cadáver debajo del puente de Vallacarca. ¿Dónde te puedo recoger?”, me dijo el juez, mientras de fondo se oía la sirena del vehículo camuflado en el que se desplazaba a toda prisa con chófer, forense y secretario.

“Yo vivo muy cerca de Vallcarca -le dije-. Le espero en la esquina de Ballester con Hospital Militar”. Cuando colgué no había reparado de que en esa mismo cruce, a 50 metros del piso de mi padre, se encuentra la Casita Blanca, el mueblé (hotel para citas de parejas) más emblemático de la ciudad (en la foto).

Susto en el hotel
Cuando llegué a la esquina, ya era tarde. El coche del juez estaba metido en la entrada del párking de la Casita Blanca, donde parejas anónimas y muchas de ellas clandestinas apuraban los últimos sorbos de amor.

Los destellos azules del coche camuflado judicial iluminaban la entrada del hotel parejero, del que ya habían salido cuatro o cinco camareros con pajarita, asustados ante lo que aparentaba ser una redada policial.

El juez Pablo no tenía ni idea de lo que se cocía en aquel edificio. Se lo tuve que explicar. De todas formas, no era nada ilegal. Así que me subí a su coche y con el resto de la comitiva judicial nos fuimos a buscar el cadáver de un yonqui, uno más de los que de vez en cuando vierte la ciudad.

07 marzo 2007

CON LOS TEJANOS MUY BIEN PUESTOS

Hacía días que no os ponía un anuncio. La publicidad es como el post de un blog o un breve en un periódico. Hay que condensar toda la historia en muy pocas palabras, en el mínimo espacio posible. Esa capacidad de concisión puede ser todo un arte. Si además se despierta alguna sensación, chapeau!, se cierra el círculo. Un buen ejemplo es este espot de Levis para el 2007. El título de esta novísima campaña es Amistades peligrosas.





Si os fijáis bien, además de que se quitan los tejanos como cebollas, los personajes cambian y evolucionan en el tiempo, desde los años 30 a la actualidad. Al principio el sonido que se cuela de la calle evoca el Lejano Oeste sin necesidad de enseñarlo. Otra de las guindas, a parte de la carga erótica, es sin duda la música. Para los curiosos, la canción es ‘Strange Love’, del último álbum de Little Annie.

Después de ver el espot, entran unas ganas tremendas de ponerse los tejanos y de ...

06 marzo 2007

LA NOCHE QUE HACIENDA PERDIÓ LOS PAPELES

Cada vez que suena un teléfono en la redacción de un diario puede pasar de todo. Es la gracia de este oficio. Lo único que hay que procurar al descolgar es pensar que esa llamada puede convertirte en el periodista del mes.

En aquella época estábamos todos enfrascados con la declaración de la renta. No era como las de ahora, en las que casi siempre te devuelven algo o pagas poco. Las rentas de entonces eran de infarto, aunque no te pillaran en falso.

Por eso, la gente estaba muy susceptible a finales de mayo, pensando en si tendrían premio de lotería en positivo (a de volver) o en negativo (a ingresar), aunque el + o el – en la casilla final significan lo contrario.

Sacos repletos de documentos

La voz que resonó a través del auricular destilaba indignación. Y no era para menos. El hombre había encontrado un montón de sacos repletos de papeles en medio de la acera delante de la sede central de Hacienda en Catalunya, en la plaza de Letamendi. Era la 1 de la madrugada.

En menos de cinco minutos ya estaba yo haciendo otra vez de basurero (ver post No somos nada). No hizo falta abrir aquellas enormes bolsas de plástico negras. El suelo estaba salpicado de declaraciones de la renta, del impuesto de sociedades y otros varios documentos oficiales de decenas, centenares de personas y empresas.

Los secretos de mi empresa

Me llevé a la redacción todo lo que pude y quiso la suerte que entre la montaña de papeles apareciera hasta la declaración de la empresa propietaria de mi periódico. Fue noticia bomba de portada. ¡Hacienda nos desnuda cada año y luego exhibe nuestras intimidades sobre las acercas!

El caso trajo cola. Hasta me entrevistaron en televisión. Ufffff. Pero lo más increíble no fue el vertido documental, sino la causa de todo aquel embrollo. Se habían acabado las bolsas de color en las que se guardaban los documentos caducados y que servían para identificarlos y facilitar su recogida por una empresa especializada en destrucción de documentos.

Ante la falta de bolsas alguien decidió coger las negras de la basura para guardar los preciados papeles confidenciales. Eso provocó que acabaran, como el resto de los desperdicios, junto a un contenedor repleto en plena plaza de Letamendi. De allí a la portada del periódico sólo fue cuestión de una eternamente agradecida llamada de teléfono.

02 marzo 2007

“TENGO QUE SUBIR EN ESE AVIÓN”, VOCIFERÓ CARLOS

Una de las habilidades de Carlos, mi compañero fotógrafo y cuyo nombre aquí es supuesto, es la de hacer ostentación de su condición allá donde va. Mientras que yo procuro pasar desapercibido, pues creo que la inserción disimulada en el conflicto ayuda a describirlo sin alterarlo, Carlos es otra cosa. Se hace notar, pase lo que pase.

Aquella tarde estábamos en la redacción como casi cada día cuando el teletipo que el conserje depositó en la bandeja de la sección de Sociedad activó el inicio de nuestra nueva y peculiar historia: el coche del ministro de Sanidad había atropellado y matado a una adolescente en un pueblo de Madrid.

El redactor jefe me interrogó con la mirada si estaba dispuesto a volar a Madrid. ¿Cómo no? El arrepentimiento vendría después. No por el escabroso tema a cubrir, sino por lo que iba a suponer aquel primer reportaje con Carlos, el fotógrafo.

Primer choque en el aeropuerto

La señal de alarma se me activó cuando llegamos al aeropuerto dispuestos a a coger el Puente Aéreo. El primer vuelo salía a los 10 minutos. Antes de que yo abriera la boca y cuando estaba tendiendo los dos billetes a la azafata de Iberia, el grito de Carlos resonó a mi espalda: “Señorita. Somos periodistas y tenemos que coger el avión de las 20.30”.

Y entonces la azafata, enfundada en azul, levantó la mirada y sin pestañear le soltó: “Pues yo soy azafata de Iberia y le aseguro que en el avión de las 20.30 no va a subir y ya veremos si sube en el de las 21.30”. Mientras en su frente, un neón inexistente decía: “¡No te me pongas chulo que te dejo en tierra!”.

Entrevista con el padre

Llegamos a Madrid tras superar varias peripecias, que mejor no contar. Pasamos la noche buscando testigos del accidente y visitando la discoteca a la que se dirigía la joven atropellada. A la mañana siguiente, fuimos a visitar a su padre. Nos recibió en su casa, compungido. Su hija aún estaba en el depósito.

Yo intenté ser amable y comprensivo. Le pregunté cómo había ocurrido el atropello y el hombre me dijo que su hija iba a la discoteca como cada viernes por la noche y caminaba por el arcén con unas amigas cuando el coche oficial la alcanzó y la mató.

El momento más crítico

Y entonces pasó. Carlos no se pudo reprimir y le lanzó al dolorido padre en su propia casa: “¿Pero a quién se le ocurre dejar ir a la niña andando a la discoteca?”. El hombre comenzó a balbucear. Yo saqué de la casa a Carlos y me deshice luego en disculpas con el padre. “Está nervioso. También tiene una hija., No ha dormido…”, le dije. Todo lo que se me ocurrió.

Volvimos a Barcelona ese mismo día casi sin hablarnos. No hubo más incidentes, aunque yo comencé a conocer con quién tenía que evitar compartir los reportajes de ahí en adelante.

01 marzo 2007

ENCONTRÉ A LA FAMILIA DE MARÍA


No podía seguir con la duda. ¿Las cosas de María estaban tiradas en la calle como consecuencia de una existencia indiferente? ¿Quién era ella, cuya foto de boda de principios de siglo apareció apoyada en un umbral junto al resto de sus recuerdos (ver post anterior)?

Primero tuve que acabar de identificarla. Y lo conseguí. Gracias a las necrológicas y, sobre todo, a la búsqueda por internet. Tenía 91 años cuando falleció en agosto del 2006. No tenía hijos naturales, pero si dos hijastras y un hijastro. Su marido se había casado con ella al morir su primera esposa de tifus cuando los niños tenían 14, 12 y 10 años .

Uno de las hijastras me explicó ayer que la cuidaron hasta el último momento. Que a María no le faltaron cariño ni recursos. Que la familia ha guardado algunas cosas de ella, pero no sabían qué hacer con todo lo demás.

La noche en la que aparecieron sus cosas tiradas, los familiares las habían colocado en cajas, como si se tratara de la última mudanza, y esperaban que el ayuntamiento las recogiera. De hecho, aquella madrugada tocaba retirada de muebles viejos en el barrio donde viven.

Pero los buitres que siempre merodean sin luz (y lo escribe un luciérnago que a veces se topa con ellos) no entendieron de recuerdos, ni de adioses, y abrieron las cajas y esparcieron su contenido en busca de un tesoro inexistente.

La hijastra de María me pide que destruya las cuatro cosas que cogí, pero yo le ruego que me deje quedarme con la libreta de ahorro de 1911 en la que la mujer, entonces una niña, o alguien en su nombre, ingresó cinco pesetas.

La cartilla (foto superior) en nada se parece a las de ahora. Tal vez ya no valga o quizás aquellas cinco pesetas sean ahora una fortuna. Para mí siempre será la huella de un recuerdo que se resistió a desaparecer asfixiado en un camión de la basura.